Literatura en estado químico puro para ser metabolizada por todo tipo de lectores. Una obra fascinante, magma salido de un volcán en plena erupción. Un libro para toda la vida y para todos, esto a pesar de lo que se dice acerca de que no todos los libros son para todos los lectores.
El libro está dividido en 4 partes que a su vez comprenden 51 capítulos en sus casi 800 páginas. La narración no es lineal, sino que va y viene en el tiempo, tanto cuando el autor aborda sus recuerdos, como cuando se instala en su vida reciente. El protagonista, un escritor frustrado que termina dando clases de Literatura, es una alter ego del autor rumano Mircea Cartarescu (1956).
Libro inclasificable. No es una novela, no es una ficción, no es un libro de recuerdos o un ensayo: se trata del diario de un iluminado o de una especie de memorias oceánicas del espíritu de un demiurgo, mediante el cual el autor trata de explicarse la realidad y el sentido de la vida.
¿De qué trata este libro? La obra tiene un poco o un mucho de todo, principalmente trata del mundo interior del escritor, quien quiera que sea éste, ya que su personalidad se desdobla en dos seres; trata de su convivencia con su terrorífico y solitario entorno y trata de su relación hermosa y plena con la literatura a través de la cual concibe, capta y vive el mundo, más que a través de sus sentidos. Todo esto lo despliega maravillosamente y lo sabe mezclar con buenas dosis de ficción la cual es insertada en la más pura realidad.
El autor nos da un paseo por las matemáticas, por la geometría espacial, por la biología, por la anatomía humana, por la poesía, por la metafísica y por muchos otros temas, todo impregnado por la soledad, por la sinrazón de la vida y por su visión de lo que es la realidad. Su prosa es multicolor, multidimensional y alucinante, derrochando una gran variedad de recursos, en especial un léxico que abarca todos los ámbitos del conocimiento.
Podemos decir que el mundo interior del personaje es una fantasmagoría y el mundo exterior es un conjunto de ruinas. Cartarescu concibe la realidad como fantástica y la fantasía como algo real.
Sin duda con esta obra el autor se consagra como un genio incontestable, como un artista profético, como uno de los escritores vivos de mayor importancia, explorando nuevos caminos en la literatura, rompiendo barreras y haciendo literatura del siglo XXI. A través del libro el autor nos asegura que él escribe para sí mismo, para explicarse su existencia y su mundo. Ese es el gran secreto de una literatura honesta y franca. Su prosa por momentos sublima nuestro espíritu y también nuestro intelecto al cual lanza un reto con sus inmensos conocimientos y sus disquisiciones y planteamientos que construye a la vez de manera intrincada y concienzuda sobre una gran variedad de temas.
Sorprenden los ilimitados recursos realistas-líricos-fantásticos-metafísicos de los que hace gala el escritor tanto para describirnos con ensimismada obsesión sus estados interiores, su visión del mundo, de la vida, de la muerte, de las razones para vivir, el destino humano, la resistencia a la muerte, el sufrimiento al que todos estamos destinados y la soledad abismal que nos invade. Todo esto atravesado siempre a lo largo de la obra por un ansia de trascender a nuestra limitada condición humana.
En cuanto a sus memorias, éstas las plasma con minuciosidad y nos conduce a través de su niñez, a su humilde niñez de cuando tenía 4 o 5 años, contándonos sus recuerdos con prolijidad y pulcritud, como si eso que nos cuenta le hubiese sucedido ayer. A este respecto, todos tenemos recuerdos muy lejanos atesorados en nuestro cerebro, pero no estoy cierto de qué tan reales sean éstos o con qué tanta fidelidad los conservamos y los externamos, por eso se dice que al final, nuestras vidas no son como las vivimos sino como las recordamos.
Bucarest es otro gran tema en el libro. La describe de mil maneras, nos hace llegar hasta sus calles, a sus plazas, a sus ruinosos edificios, a las deterioradas construcciones industriales, a la pobreza de sus habitantes, a la opresiva atmósfera que se respira “en la ciudad más fea sobre la faz de la tierra”; una Bucarest en la época del férreo y sombrío régimen comunista.
Además de pasearnos por los temas comentados, mención aparte merece su veneración por algunos escritores entre los que destacan Kafka, Pynchon, Borges, Nabokov, Dostoievski y muchos más.
Como se dijo el argumento que guía incesantemente esta obra de Cartarescu es su obsesión por trascender de nuestra condición humana, la cual se encuentra limitada por cinco sentidos y tres dimensiones y él desarrolla, de manera alucinante y en términos que desbordan el plano literario, alternativas para una encontrar una abertura hacia la huida de esta condición que alivie nuestras carencias, sufrimientos y desesperanzas.
Acerca de la búsqueda de la cuarta dimensión, el escritor sigue un hilo conductor que se inicia con la lectura de la novela “El Tábano” de Ethel Voynich y a partir de ahí la casualidad lo lleva a desmadejar una cautivadora serie de hechos.
De alguna manera cae en sus manos y en su intelecto el famoso “Manuscrito Voynich”, que el autor toca en varios capítulos y que se interioriza con otros temas en la vida del protagonista. Alrededor de este manuscrito orbitan hechos y personajes que forman un entramado por demás fascinante y que son desarrollados como sólo Cartarescu podría hacerlo. Los personajes a destacar en esta madeja son: Wilfrid Michael Voynich (1865-1930), bibliófilo lituano y quien fue uno de los propietarios del famoso manuscrito, incluso también es considerado como el presunto autor de éste; Charles Howard Hinton (1853-1907), matemático inglés quien nos descubrió la cuarta dimensión entre otras cosas; George Boole (1815-1864), matemático y lógico británico considerado como uno de los fundadores de las ciencias de la computación y Ethel Lilian Voynich (1864-1960), hija de George Boole y quien fue novelista y promotora de causas revolucionarias. Estos personajes y su pensamiento se encuentran asombrosamente relacionados entre ellos y de alguna manera ejercen un influjo especial sobre la obra del autor.
Concluyendo la lectura de este meteorito literario que me ha desbordado, ahora pienso que todo ese tiempo que ha transcurrido desde su inicio hasta su conclusión (casi dos meses) he estado en una especie de narcosis, ha sido una fantasmagoría verídica que ha modificado y ampliado mis horizontes de la realidad.
Por último, no podría dejar de mencionar el espléndido trabajo de traducción del Rumano al Español, efectuado por la gran traductora española Marian Ochoa de Eribe (1964) quien pareciera vivir bajo la piel del autor rumano. Su traducción parece desprender toda la fidelidad del manuscrito original, conservando todos o casi todos los méritos de su original.
En algunas partes del libro mi capacidad de comprensión e interpretación se ha visto rebasada, pero al leer el magnífico Posfacio del escritor Rumano Marius Chivu (1978), todas mis dudas e inquietudes se han aclarado de una manera increíble. Un reconocimiento a este escritor por su capacidad de interpretación y de comunicación para algunos despistados como yo.
Un siglo sucede a otro y de alguna manera podemos decir que el siglo XXI es hijo del siglo XX, y el XX lo fue del XIX. Cada siglo desarrolla sus ideas, su arte, su música, sus formas de gobierno, sus inventos, su concepto del ser humano y su literatura; y esas ideas, arte, música, formas de gobierno, son hijas de las anteriores que de alguna manera las procrearon. Así tenemos que, por ejemplo, Beethoven (1770-1827) no hubiese escrito su música tal y como la escribió si no hubiesen existido antes la ideas musicales de Bach (1685-1750) o de Mozart (1756-1791); Gustav Mahler (1860-1911) no hubiese escrito sus sinfonías sin haber escuchado antes a ese coloso llamado Beethoven o los desarrollos musicales de su espíritu tutorial llamado Richard Wagner (1813-1883); o bien Stephen Hawking (1942-2018) no hubiera elaborado sus teorías acerca de los agujeros negros o no hubiera podido encaminarse hacia sus aportaciones a la astrofísica, si antes no hubiese existido Newton (1642-1727) quien arrojó luz sobre el camino de Hawking.
Las torrenciales aguas de la literatura han seguido incesantes su devenir a través de sus cauces naturales que se van renovando perpetuamente y cada vez encuentran un nuevo lecho por el cual discurrir. Para llegar a la literatura del siglo XXI, necesariamente hubo que pasar por un proceso de siglos que involucró a grandes y diversos talentos, desarrollos literarios propios e ideas centenarias que han abierto periódicamente cauces nuevos. Así tenemos que el siglo XIX nos regaló grandiosos claroscuros, recreó para nosotros el día y la noche y nos las regaló en sus páginas llenas de pasión y en las cuales plasmó grandes epopeyas del intelecto y del espíritu humano.
El siglo XX nos arrojó un amasijo multicolor del cual aún nos llegan sus osados destellos y sus poderosas vibraciones, así como sus relampagueantes colores en toda su gama y magnitud. No hay que imaginar esta intensidad de colores puesto que se encuentran ahí, en las páginas que salieron del siglo XX y éstas continúan hechizando y deslumbrando al lector. Ahora las visionarias y oníricas aguas de la literatura, impulsadas conjuntamente por Mircea Cartarescu y por las Oceánidas, han llegado hasta nosotros, hasta estos tiempos, conducidas por formidables torrentes que se han nutrido por siglos, en su curso natural, por la corriente principal y por sus afluentes y que ahora deja atrás, encontrando ya en la primerísima parte de este siglo XXI un propio e inmenso lecho por el cual discurrir. Bienvenidos a la era Solenoide.