A pesar de que es una novela bien armada desde lo formal, para una persona que conoce bien la ciudad en la que se desarrolla la historia, Medellín, el relato tiene tantas imprecisiones tanto geográficas, como histórico temporales, que resulta incómoda la lectura cuando más allá de una licencia de la ficción, parecen ser descuidos editoriales que serían fácilmente corregibles sin afectar de ninguna manera la trama. Deja, entonces, la sensación de ser la mirada de una autora foránea destinada a lectores también ajenos al entorno.
La narración está construida con la voz de una mujer nacida en Medellín en los años 80, pero que se muda a Inglaterra cuando tiene ocho años, y regresa a la ciudad veinte años después, a reencontrarse con las memorias de su infancia y con su mejor amigo, la otra voz narradora de una porción del relato. Tanto los personajes como la trama fluyen con naturalidad, a pesar de las imprecisiones mencionadas antes; sin embargo, hay un elemento mágico, irreal, que parece destinado a rendir tributo al realismo mágico latinoamericano, pero que definitivamente no lo logra, queda como una rueda suelta sin significado ni propósito dentro de la novela, que con seguridad podría prescindir perfectamente de ese elemento y quedaría mucho mejor lograda.