Consideradas raras, locas, excéntricas o, cuando mucho, mujeres ociosas entregadas a un mero pasatiempo, signadas algunas por apellidos ilustres que las habilitaban hasta cierto punto, las artistas argentinas generalmente han padecido el ocultamiento y la invisibilización no solo de sus contemporáneos, sino de la propia historia del arte.
Mencionadas en un registro lateral del canon —androcéntrico, porteño, de clase, blanco—, minorizada su experiencia, a lo sumo sujetas a la lógica de la cuota de género, pero siempre directa o indirectamente subestimadas en sus valores, las artistas han sido menoscabadas por la herencia patriarcal que signa nuestras sociedades.
La mujer ha existido en la historia del arte principalmente como objeto de la mirada del varón. Sin embargo, su presencia ha ido volviéndose visible de forma progresiva debido a la persistencia, pero sobre todo, no pocas veces, a la alta calidad estética de las obras realizadas por mujeres.
El recorte que propone Georgina Gluzman en El canon accidental permite asistir a la emergencia paulatina de las artistas plásticas en un período que conoció grandes jornadas de lucha por la reivindicación de la mujer. En el apenas más de medio siglo que explora la muestra (1890-1950), se constituyeron los primeros movimientos feministas, que fueron cobrando potencia al abarcar diversos grupos sociales hasta lograr la adquisición de plenos derechos ciudadanos, lo que abrió un nuevo panorama.