Como persona que ha pasado por una depresión y que actualmente se halla escribiendo una novela que gira en torno a mi experiencia con la misma me acerqué a este libro con una curiosidad doble: vital y literaria.
Tengo que admitir que desde el principio me costó muchísimo conectar con la autora: los dos primeros días en que me senté a leerla estuve planteándome seriamente abandonar la lectura. Sin embargo, no era porque me pareciese pesada, al contrario: tengo que reconocer que el libro no es aburrido en ningún momento y que las sesiones de lectura han sido compulsivas, casi hipnóticas: tal vez tenga que ver la distribución de los capítulos, que son cortos y temáticamente independientes entre ellos, lo que a mí por lo menos me predispone a la voracidad lectora.
Por tanto: el libro no es un suplicio de leer, nada de eso. Se lee bien, con ganas, con interés incluso. Creo que lo que falló conmigo fueron las expectativas. Supongo que me esperaba una historia más universal sobre la depresión y me encontré con lo opuesto: un testimonio personal, intimista. La autora se retrotrae a la infancia, rescata algunos de los episodios que más la han marcado a lo largo de su vida, indaga en su significado, reflexiona sobre ellos desde la lucidez de la tristeza. Porque si algo tengo que reconocerle a la tristeza es su pasmosa y prodigiosa lucidez.
El formato del libro, compuesto, como ya he adelantado, de capítulos cortos de carácter anecdótico, me ha proporcionado una sensación de superficialidad. El libro contiene ideas que son lugares comunes de la depresión en las que me he visto reconocida, pero han sido pequeños fogonazos que no han iluminado del todo las sombras de la enfermedad. Me hubiera gustado que hubiera buceado en ellas a una profundidad mayor. Le reconozco, sin embargo, un agradable y oscuro sentido del humor que ofrece un retrato más real y no romantizado de una enfermedad como la depresión, que a menudo se equipara a una tristeza grave, solemne, cuando también cabe en el ella el absurdo, lo ridículo.
En cuanto al estilo de la autora: tiene personalidad, carácter, de eso no cabe duda. Sin embargo, de nuevo, tengo una opinión controvertida en este punto: me ha gustado mucho en ocasiones y en otras me ha sacado del hilo del relato. Me explico: he notado una influencia surrealista en su prosa. Había ideas expuestas de forma, para mí, confusa, en la que empleaba adjetivos que me descolocaban, que en lugar de acercarme al concepto me alejaban de él intentando aprehenderlo. Tal vez sea su sello personal, tal vez en ello radique su riqueza prosística, tal vez yo sea una ignorante, no lo sé, pero lo que sí sé es que a mí me ha sacado varias veces del flujo de lectura para intentar descifrar lo que me quería decir. Tal vez tenga que ver en esto la influencia de los fármacos antidepresivos bajo los que afirma haber escrito el libro, no lo sé.
En conclusión: es un libro que en definitiva no es para mí, pero que no obstante tiene calidades que me empujan a rescatar a la autora. No cierro la puerta entre nosotras y estoy abierta a leer otra obra futura suya.