Tremendo viaje ha sido este libro. No se me ocurre cómo reseñarlo si no es desde las tripas, porque así es como está escrito y así te deja al terminar, con el estómago encogido.
Asedio animal me ha parecido un texto brutal e inclasificable. Londoño nos adentra en la región rural del norte de Colombia y nos obliga a mirar por la ventana de las páginas el abandono que sufren las personas que viven allí, expuestas sin ninguna protección a la violencia que se cebó con las áreas más remotas durante los convulsos años que han estado décadas manchando de sangre la historia del país. Guerrilleros, paramilitares, autoridades locales corruptas y crueles, depredadores de ciudad que roban sin parpadear a los más débiles, ya sean sus tierras, su sustento, su inocencia o su dignidad. Todo el horror que condiciona las vidas de los olvidados y que estos no tienen más remedio que ir sorteando para sobrevivir en la medida de lo posible.
La novela se divide en cuatro capítulos, y en cada uno acompañamos a un personaje diferente que nos va narrando fragmentos de su historia y de sus pérdidas. En todos ellos, la mutilación física es una constante, utilizada también como reflejo de la «mutilación espiritual» que provoca la pérdida de los seres queridos, del hogar, del modo de vida o de la autonomía. A estas personas no solo les amputan piernas, brazos o la lengua, no solo las dejan ciegas o las violan o las ejecutan directamente; también aparece siempre de fondo el robo de sus tierras en favor de las grandes fortunas, que destruyen plantaciones locales sostenibles para arrasar con sus campos de macro producción o sus fábricas contaminantes, dejándolos en la miseria y destruyendo sus hogares. Ya sea por la violencia física de las guerrillas o por la violencia indirecta de las corporaciones, la gente se ve obligada a huir y convertirse en desplazados, siempre a la espera del próximo revés que vuelva a sacudir sus vidas.
Aunque los capítulos que me han parecido más potentes son los dos primeros, el cuarto ofrece un cierre muy interesante, con una protagonista que desanda el camino recorrido por todos los demás, conectando las tres historias previas y asumiendo en su carne de algún modo sus pérdidas también, además de la mutilación propia. El único pero que le encuentro es el tramo final, las últimas dos o tres páginas, con un cierre apresurado y algo caótico que no creo que haga justicia al resto de la novela, aunque tampoco desluce el conjunto.
En cuanto al estilo, la prosa de Londoño es espectacular. Se sirve del stream of consciousness para meterse en la piel de cada personaje, que nos cuenta su historia con la misma familiaridad que si estuviésemos sentados juntos compartiendo confidencias. Sus discursos saltan de un recuerdo a otro, yendo hacia delante y hacia atrás hasta conformar la imagen completa. Y todo fluye TAN bien, todo es tan inmersivo, que es como estar a su lado en esos lugares, presenciando esos horrores; y al llegar al final y cerrar el libro, me sentí yo misma como si estuviera emergiendo de la selva colombiana. Hacía tiempo que no leía algo con esta calidad literaria y me lo he devorado, a pesar de que la temática era dura de narices y no suelo tener estómago para este tipo de historias. Eso es quizá lo que más me impresionó: que, a pesar de la violencia omnipresente en la novela, en ningún momento sentí que se estuviera regodeando en ello por morbo o se marcara una pornografía del sufrimiento. Creo además que tiene la longitud justa para que no llegue a saturar ni a hacerse cuesta arriba (apenas llega a las 100 páginas).
En conclusión, me ha gustado muchísimo más de lo que esperaba. No creo que sea una lectura fácil ni para todo el mundo, pero la recomiendo a quien esté interesado en la perspectiva de las víctimas de este oscuro capítulo de la historia colombiana, aún tan invisibilizado internacionalmente, y a quien tenga ganas de disfrutar de una prosa sobresaliente.