Descubre hasta qué punto la industria publicitaria influye en tus decisiones, tus acciones y tu forma de ver el mundo.Puedes intentar ignorar la publicidad, pero la publicidad no te ignora a ti. Cientos de miles de compañías invierten miles de millones en comunicación comercial cada año. Esto, para la gran mayoría, se queda en un incesante bombardeo de información irrelevante, pero hay muchos detalles para la mirada atenta. En este libro revelamos cómo la industria de la publicidad y las relaciones públicas han marcado el curso del siglo XX, y cómo muchos aspectos de tu identidad, gustos, inseguridades e ideas se fabricaron hace mucho en alguna agencia.
El autor es un licenciado en Comunicación por la Universidad Complutense (y actualmente un youtuber de éxito que comenta videojuegos) que dedica un libro entero a explicar lo mala que es la publicidad porque intenta influir en las personas para que compren algo. Reflexiona sobre lo mala que es la práctica profesional, las agencias, los profesionales (unos explotadores), las campañas... Uno lee este libro y concluye que la publicidad es un invento maligno del siglo XX destinado a dominar nuestra atención y nuestras mentes, generar necesidades y obligarnos a comprar cosas que no necesitamos. Las redes sociales nos dominan con su big data. Los periodistas engañan con fake news. Con datos, las empresas lo saben todo sobre nosotros para generar opiniones sesgadas. Un relato muy infantil, trasnochado, asambleario, muy anti-globalización, un cuento oscuro de un mundo woke lleno de injusticias y de conspiraciones y malvadas empresas de relaciones públicas encubriendo las prácticas delictivas de las empresas.
Lo que no entiende el autor es que su libertad para escribir este panfleto infumable, los ingresos que haya obtenido por su profesión o subvenciones y el dinero que pueda ganar se sostiene en una economía de mercado donde la gente trabaja, gana un sueldo, invierte, paga sus impuestos y prospera y en gran parte gracias a la comunicación publicitaria. La publicidad sirve para vender, sí, gran verdad, y las empresas están para esto porque así pueden crecer, innovar, desarrollar nuevos productos, emplear a gente y ganar dinero para sus accionistas. Que el fin de la empresa sea ganar dinero no es algo moralmente reprobable. Quien ve mal una economía de mercado quizá se sienta más cómodo en otros sistemas sin publicidad: seguro que en Corea del Norte, o Cuba, por ejemplo, no le bombardean a uno con anuncios. Spoiler: no funcionan: las economías se empobrecen y la gente sufre la mayor falta de libertad, que es poder prosperar. Estuve en algún país comunista antes de la caída del muro: la única comunicación publicitaria es la constante propaganda estatal. El paraíso de la pobreza, la falta de incentivos para prosperar, el estancamiento.
Por supuesto que hay farsantes, vendedores de aceite de serpiente, fake news, campañas de green-washing o claims publicitarios que no se ajusten a la verdad. Pero es que sin publicidad no hay ventas, no hay competencia, no hay empresas, no existe una economía de mercado. Basta ejercer la profesión para entender el rol clave que tiene una buena campaña y una buena planificación estratégica y de medios para impulsar un producto, pero si el producto no es bueno, la gente no es tonta, no lo comprará. Y del éxito de una buena acción publicitaria dependen la vida, los sueldos y el bienestar de mucha gente.
Buena suerte en la promoción de este libro o de su canal sin publicidad.