Enciclopedia de pequeños placeres.
Hace un mes no sabía quién era María Folguera. Hoy la considero una escritora muy prometedora de la que he leído una novela que he disfrutado mucho, como esos pequeños placeres de escritoras que la protagonista pretende recoger de forma enciclopédica. Entre estos dos momentos ha ocurrido algo maravilloso que lleva sucediendo varios años en Logroño que se llama "Cuéntalo; festival de narrativas". Con ocasión del festival, Esta autora estuvo conversando el pasado viernes 12 de noviembre con Jesús Carrasco, autor del que sólo he leído Intemperie, un libro que me fascinó. Y la charla, cuyo tema principal fue el de la familia, fue moderada por un periodista de gran altura, Óscar López, director y presentador de Página 2, de TVE. Fue un momento delicioso de esos que tanto disfrutamos los amantes de la literatura. Y María Folguera brilló a una gran altura, demostrando un capacidad única para hilar ideas y un manejo asombroso del vocabulario. Para asistir con todas las armas de la atención a esta charla, me leí el libro que ahora, tras tanta introducción, pretendo reseñar.
Hermana Placer tiene dos ejes narrativos. Uno, que a mí personalmente es el que más me ha gustado, es el de la pretensión de la protagonista de elaborar una Enciclopedia de Placeres de las escritoras. Otro es el de la amistad de dos amigas, la protagonista y otra mujer. La primera es una persona, digamos, tradicional, monógama, arraigada en Madrid. Es escritora de novelas, directora de escena y dramaturga. La otra es una perfecta antagonista, no tiene pareja fija, no es tradicional, es extravagante y alocada. Es actriz de teatro y, creo, algo diva. No es un eje narrativo que me haya fascinado y es por eso por lo que baja la nota que le pongo a esta novela. Pero, escuchando luego a su autora, todo cobra sentido y estoy convencido de que Folguera hará grandes novelas y relatos cortos en el futuro.
Sobre la trama que me gusta, he aprendido mucho acerca de autoras españolas del siglo XX. Me ha resultado de sumo interés el afán de la protagonista (y de la autora) por superar el imaginario martirológico de las autoras e intentar rebuscar en sus escritos, e incluso leyendo entre líneas, esos momentos de placer que es seguro que tuvieron... pero de los que, a menudo, se sintieron culpables.
Desfilan por la novela grandes nombres como los de Elena Fortún, Carmen Laforet, María Lejárraga, Matilde Ras, Carmen Martín Gaite, Zenobia Camprubí, Ana María Matute y llega hasta a Elvira Lindo, de quien hace una reivindicación de su carácter disfrutón.
También hace una reivindicación de la literatura infantil como gran literatura. Me ha asombrado este hilo argumental porque yo mismo me he dado cuenta de lo que suelo menospreciar la literatura infantil. Y no. Yo le debo buenísimos momentos a la colección Altea Juvenil, a los Mummins, a Tintín, a la escuela de Bruguera, a Leo Leo, al Barco de Vapor. Ellos me forjaron como lector. A María Folguera la forjó Elena Fortún. Y, con gran sinceridad, ella reconoce que no ha hecho pública l su iinfluencia hasta que la crítica ha empezado a poner en el centro a las escritoras en general y a las escritoras de literatura infantil en particular:
"Me preguntaban por mis mentores artísticos y tenía entonces que improvisar una manualidad, un collar de macarrones con purpurina, y bautizar cada macarrón: éste se llama Chejov, éste se llama Melville, cada cuenta del collar un nombre prestigioso y aceptable en un entorno serio. No era tan fácil con escritoras de literatura para niñas; no antes del año 2016 o 2017, cuando se popularizó la revisión feminista de la cultura general, y de repente las librerías empezaron a vender bolsos donde ponía: Yo-corazón-Gloria Fuertes. Ante de esto había uqe ser muy original y muy libre para enarbolar una autora infantil como principal influencia cuando las autoras infantiles eran simplemente eso, cuestiones menores(...) Y yo nunca he sido libre, y siempre me ha importado más dar buena impresión que ser original".
Pero la búsqueda de esos buenos momentos es ardua. Las escritoras no se han permitido muchos placeres. O eso parece. O se los han permitido y se han tachado de egoístas. Me resulta esclarecedor lo que hace Folguera, comparando un texto de Zenobia Camprubí con otro de su marido, Juan Ramón Jiménez, en la misma página. Hablan por sí solos de la visión masculina y femenina, una visión de género y cultural, sobre el placer:
ZENOBIA: "Me acuerdo con nostalgia del maravilloso balcón del hotel, en el que se podía uno dar baños de sol con las cortinas corridas y mirando el Atlas allá a lo lejos, cubierto de nieve. Parece mentira la impresión que le puede a uno hacer un lugar que solo se ha disfrutado uno o dos días. Me parece uno de los recuerdos más deleitables de mi vida aunque en ese lugar especial sea egoísta y solitaria”
JUAN RAMÓN: “Cosas así son las que yo hago a diario: amo a una mujer, salgo a la naturaleza, campo, mar, jardín, plaza, ando por las calles, leo, veo pinturas, oigo música, viajo lo que puedo y sé que puedo estar solo cuando quiero”.
Y esto ligado a lo que siente María Lejárraga en un viaje que hizo con su marido por Europa pero en el que él tuvo que regresar a España antes de tiempo y ella se quedó sola unas semanas en Bélgica:
MARÍA LEJÁRRAGA: “Puede afirmarse, en cierto modo, que allí empezó a nacer mi egoísmo (…) el paisaje era no sé si decir de cuento de lobos o de opereta vienesa; es uno de los gratos recuerdos de bienestar y paz, formado por el goce de menudísimas sensualidades ¡Cómo agradece el espíritu al cuerpo las suaves sensaciones que recordadas hacen sonreír y sirven de alivio, andando años y penas, en tantas horas duras de pasar!”
Entiendo este libro como una manera de reivindicar ese derecho de las escritoras y de todas las mujeres a tener no ya un cuarto propio sino unos momentos propios. A no considerarlo egoísta sino necesario para el desarrollo del espíritu. Necesaria reivindicación en un tiempo en el que hombres y mujeres debemos recolocarnos y repensar nuestros tradicionales papeles. Que lo que Juan Ramón veía como un derecho quizá era un privilegio. Que lo que Zenobia veía como egoísmo quizá era un derecho. Debe de haber un sitio en el que converjamos.
Por estar maravillosamente escrito y por ser tan reveladora esta novela merece la pena leerse. Tiene además un estilo desenfadado y casi disfrutón. Quizá no he entendido el otro eje narrativo, el de la relación de las dos amigas, no le veía el encaje en la historia de la búsqueda de los pequeños o grandes placeres de las escritoras. Y aún así, recomiendo muchísimo su lectura.