"Es cierto que eras un niño inocente, pero mucho más cierto es que también fuiste un ser diabólico. Y por lo tanto escucha lo que te digo: ahora te condeno a morir ahogado".
Existen momentos estelares en la vida de los escritores. Momentos mágicos y únicos que rara vez vuelven a suceder. Instantes en los que la inspiración llega a raudales y se queda para que el autor logre plasmar lo que tanto anhela en poco tiempo y con niveles de perfección que rara vez vuelvan a pasar.
Eso mismo le sucedió a Franz Kafka entre las diez de la noche del 22 de septiembre de 1912 y las seis de la mañana del 23. Ese suceso de creación artística se había instalado en su cabeza y tomando parte de una narración llamada “El mundo urbano” que había escrito en sus Diarios (situado entre las fechas del 21 de febrero y el 26 de marzo de 1911) se dispuso, máquina de escribir mediante, a teclear durante ocho horas sin comer ni descansar las ciento diez páginas este relato tan perfecto y auto biográfico; tal vez el que más hablaba de él y que involucraba lo que ya le sucedía en la tensa y conflictiva relación con su padre codificado en uno de los personajes más entrañables de su obra: Georg Bendemann.
Tan extasiado estaba Kafka cuando terminó de escribir este relato, que anotó esa misma mañana el mágico y místico momento que había tenido durante su escritura: «Esta historia, La condena, la he escrito de un tirón durante la noche del 22 al 23 entre las diez de la noche y las seis de la mañana. Casi no podía sacar de debajo del escritorio mis piernas de estar tanto tiempo sentado. La terrible tensión y la alegría a medida que la historia iba desarrollándose delante de mí, a medida que iba abriéndome paso por sus aguas», para luego agregar: «Cómo empezó a azulear delante de la ventana. Pasó un carro. Dos hombres cruzaron el puente. En el momento en que la criada atravesó por primera vez la entrada, escribí la última frase… mi tembloroso entrar al cuarto de mis hermanas. Lectura. Antes, desperezarse delante de la criada y decir: “He estado escribiendo hasta ahora”. El aspecto de la cama sin tocar. Solo así es posible escribir, solo con esa cohesión, con esa total apertura de cuerpo y alma».
Necesitaba imperiosamente leer el relato a sus hermanas como descargo y a modo de someterse a la rigurosidad crítica que él creía que emanaba de ellas. También se la lee a su amigo Oskar Baum o como no podía ser de otra manera a Max Brod.
El 11 de febrero del año siguiente explica que esa historia «que como un auténtico parto, ha salido de mí cubierta de suciedad y mucosidades y yo soy el único cuya mano es capaz de llegar hasta su cuerpo y tiene ganas de hacerlo» porque sabe que este relato que es su creación, tiene posibilidades claras de ser publicado y así sucederá: primeramente se publicará en la revista Arkadia en 1913 y luego será editado en formato libro por Kurt Wolff en su editorial de Leipzig hacia 1916.
Como se hace notar previamente, las características auto referenciales de Kafka impregnan todo el texto; son varias, notorias y hasta él mismo se encarga de aclararlas luego de corregir La condena en una carta que le envía el 11 de febrero de 1913 a su prometida Felice Bauer acerca del nombre del personaje principal Georg Bendemann y el de su novia Frieda Brandenfeld: «Georg tiene tantas letras como Franz. En el apellido Bendemann, mann es solo un refuerzo de Bende, de posibilidades todavía desconocidas de la historia. En cuanto a Bende, tiene el mismo número de letras que Kafka, y la vocal e se repite en los mismos lugares que la vocal a en Kafka. Frieda tiene tantas letras como F. y la misma inicial. El apellido Brandenfeld tiene la misma inicial que B. y a través de la palabra Feld también mantiene una cierta relación con el significado.»
El mismo juego de palabras sucederá con el apellido de Gregor, Samsa, en La metamorfosis. Kafka le dedicará este libro a Felice: “Para F.” También le cuenta que para el personaje de Georg se inspiró en un amigo de su infancia apellidado Steuer y también en aspectos de su tío soltero Alfred Löwy, que vivía en Madrid. A todo aquel que podía le enviaba esta historia de la que estaba tan feliz y orgulloso, ya que por primera vez no había habido obstáculos para su consecución.
Algunos años más adelante intentará disuadir a Kurt Wolff de publicar lo que «podría constituir un buen libro» como admite Kafka, titulado Los hijos (Die Söhne) y que incluyera las tres narraciones que involucran las relaciones padre-hijo, es decir, La condena, El fogonero, y La metamorfosis. Lamentablemente y aunque Kafka insistió varias veces y más allá de que Kurt Wolff le prometió en reiteradas oportunidades hacerlo, nunca cumplió, aunque Kafka tuvo la satisfacción de ver publicadas estas tres historias como libros independientes.
Los encontronazos y discusiones entre Kafka y su padre se hacían cada vez más frecuentes. El funcionamiento de la fábrica de asbestos cada vez era peor y Hermann culpaba a su hijo de no prestarle la debida atención tildándolo de vago por ocuparse de la literatura como función principal o de acostarse a dormir la siesta en vez de atender la empresa.
Eso lograba que Kafka escapara aún más de tan odiosas obligaciones utilizando sus Diarios a modo de catarsis, hasta eclosionar todo esto finalmente varios años después cuando escribe su famosa Carta al padre en 1919 y de la que se comentará más adelante.
La historia de La condena ocupa uno de los puntos más cruciales que atraviesan la vida de Kafka y que es la Ley, sea filial (Carta la padre), tácita e invisible (El proceso y Ante la Ley) o divina (El castillo). Aquí, en La condena al igual que en otro emblemático relato del autor llamado En la colonia penitenciaria, prima la del castigo ejemplar, que el acusado debe asumir con total sumisión.
El otro asunto que mortificaba a Kafka y que el transportaba a sus escritos es el de la soltería si tenemos en cuenta que hace muy poco tiempo que acaba de conocer a Felice Bauer. Para la tradición judía ser soltero significa casi un pecado, una alteración de lo que esa religión establece. Kafka es muy duro consigo mismo confirmando la sentencia talmúdica de que «Un hombre soltero no es un hombre completo». Hay una necesidad, una preocupación, un objetivo primordial: encontrar una mujer como sea, formalizar una relación y casarse; situación que lo descontrolará aún más a partir de los casamientos de sus hermanas Valli y Elli.
El estilo de vida de soltero de Kafka por aquellos años puede notarse en que casi todos los personajes kafkianos son solteros (Karl Rossmann, Gregor Samsa, Georg Bendemann, Joseph K., K.). Hasta escribe un relato llamado Blumfeld, un solterón entrado en años o como con el personaje central de “Ser desdichado”, incluido en Contemplación y obviamente en este relato, la lucha de Georg es la misma que de la de Franz: acabar con el celibato e intentar casarse.
Prácticamente toda la acción del relato se desarrolla en la habitación del padre de Georg (mismo caso para La metamorfosis que ocupa gran parte de la trama en el cuarto de Gregor Samsa). Comienza con Georg contemplando el río de su ciudad. Prontamente se enfoca en su asunto, que es comunicarle a su padre que ha decidido casarse con su prometida Frieda Brandenfeld, pero previamente y tal vez por una cuestión de confianza, elije confiarla a su amigo que tiene en San Petersburgo escribiéndole que se va a casar con ella y prefiere posteriormente contárselo a su padre, previa discusión con su novia.
Georg trabaja con su padre, pero últimamente no come ni pasa tiempo con él ya que su madre ha muerto unos años atrás. Él ya tiene una de las tres cartas que le envió a su amigo a modo de evidencia para la charla con su padre e ingresa en la habitación. En este momento, puede notarse que Georg tiene una imagen o concepto de su padre que lo atemoriza, cuestión ya enraizada en la traumática relación empírica del autor con su propio padre.
Nótese como la percepción de Georg va cambiando a medida que vamos leyendo el cuento y Kafka desarrolla un juego de opuestos que va cambiando sobre la marcha, pues cuando Georg ve a su padre un tanto débil y muy senil cuando lo lleva en brazos hasta la cama pero igualmente admite «mi padre aún sigue siendo un gigante». Su padre, como si fuera un niño, juguetea con la cadena del reloj de Georg. Él lo acuesta y en ese momento su padre pregunta dos veces «¿estoy cubierto?», hasta que se rebela contra su hijo y posteriormente profiere el grito atronador «Tu quisieras cubrirme, lo sé», en alusión a enterrarlo en una tumba.
Comienza una fuerte discusión en torno al amigo de Georg de quien el padre desconfía. El mismo Kafka se encarga de explicarlo en sus Diarios: «Georg no tiene nada. El padre expulsa con facilidad a su novia, esta solo vive en la relación que guarda con el amigo, es decir, con el nexo común».
El padre enfurecido trata de mujerzuela a Frieda acusándola duramente: «porque ella se levantó así la pollera, esa inmunda cochina». Cree que ella ha mancillado el buen nombre de su esposa, para rematar diciendo que él mismo se cartea con el amigo de Georg.
La imagen del padre se invierte para Georg. Ahora lo ve tan enorme que casi toca el techo. Georg está aterrorizado. Esto nos lleva a pensar que Kafka ya tenía una visión de su padre que lo atemorizaba (recordemos que la línea inicial de Carta al padre comienza con la frase «Queridísimo padre: no hace mucho preguntaste por qué afirmo tenerte miedo. Como de costumbre, no supe qué responderte…», mientras que en otro pasaje Kafka recuerda cuando su padre lo llevaba a bañarse en un balneario: «Yo, flaco, débil, poca cosa; tú fuerte, ancho. Yo no siquiera necesitaba salir de la caseta para sentirme un guiñapo, y no solo ante tus ojos, no solo a tus ojos, sino a los del mundo entero, pues tú eras para mí la medida de todas las cosas.»
Imposible disociar lo biográfico de lo ficcional en este relato, pues si uno como lector intenta leer pasajes de la Carta al padre antes de leer La condena notará que este detalle es casi imposible de pasar por alto.
El padre de Georg, ahora transformado en un monstruo fuera de control, le dice a Georg que él mismo se ha estado carteándose con su amigo de San Petersburgo (elemento disruptivo en el entramado del relato) y con la furia de sentirse engañado por el hecho de que Georg le ha ocultado su compromiso. Georg siente que el mundo se le desmorona, ya no queda para él resquicio alguno y su padre ha dictado la sentencia más cruel: «Yo te condeno a morir ahogado».
Georg es expelido de la habitación, confuso y derrotado. Solo le queda cumplir la condena que su padre le impuso que es nada màs y nada menos que salir corriendo, previo choque con la mucama y salir a la calle, treparse al puente y de un salto tirarse al río.
El final del cuento es atroz: «Ya se prendía con fuerza de la baranda, como un hambriento a la comida… Exclamó en voz baja: “Queridos padres, a pesar de todo siempre los he amado”, y se dejó caer».
Esta terrible frase final pareciera ser el comienzo de una carta anterior al relato que estamos leyendo, pero es determinante en el efecto que logra al terminar la lectura del relato y más aún lo es la frase final («En ese momento comenzó en el puente un tránsito interminable»).
La condena inicia la sentencia de la muerte como destino final de los personajes kafkianos: Georg Bendemann se suicida ahogándose, Gregor Samsa muere sólo y de inanición en su cuarto convertido en un insecto y Joseph K. es ajusticiado con dos ejecutores retorciéndole un cuchillo en el corazón. Al parecer, el agrimensor K. de El castillo muere también según lo que Brod dice que Kafka le dijo. Solamente Karl Rossmann de El desaparecido, aunque esa novela tampoco está terminada es supuestamente condenado al destierro.
Lo cierto que es que en La condena Kafka termina de introducir un elemento clave en su obra de ficción: el de su propia vida.