Dos ficciones del gran narrador y ensayista Ezequiel Martínez Estrada. "Marta Riquelme", es el nombre de la misteriosa autora de un manuscrito indescifrable y laberíntico perdido en la imprenta. "Juan Florido, padre e hijo, minervistas", es el relato de dos Juan Florido, dos dolores de cabeza, dos obreros gráficos, dos muertos, dos velatorios, dos maneras de sobrellevar la pobreza. A ambos relatos los atraviesa la imprenta, la caótica vida de conventillo, la picaresca, el misterio y este libro.
Ezequiel Martínez Estrada, (n. San José de la Esquina, Santa Fe, Argentina, 14 de septiembre de 1895 - Bahía Blanca, Buenos Aires, Argentina, 4 de noviembre de 1964) fue un escritor, poeta, ensayista, crítico literario y biógrafo argentino. Recibió dos veces el Premio Nacional de Literatura, en 1933 por su obra poética y en 1937 por el ensayo "Radiografía de la Pampa". Fue presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) de 1933 a 1934 y de 1942 a 1946.
Dos cuentos, dos estilos y temáticas tan diferentes que no parecen obra de un mismo autor.
“Juan Florido, padre e hijo, minervistas” retrata la vida en el conventillo Palacio Bisiesto, pero lo hace a través del cruce de dos mundos que conviven en él. Por un lado, están Juan Florido (que acaba de morir) y su familia, que lo está velando en sus cuartos, y, por el otro, un vecino que cambia de nombre todo el tiempo (ese día, sus nombres comienzan con B) y que, a pesar de ser un desconocido, es el único que se acerca al velorio. Pero lo hace con el afán de conseguir algo de la ropa del difunto y, de paso, algo para comer y beber, ofreciendo a cambio una serie de historias insólitas y llenas de humor.
“Marta Riquelme” simula ser el prólogo de un libro (ficticio) que —según relata el prologuista en su texto— corre el riesgo de no ser publicado porque el original desapareció de la imprenta. Se trataría de un libro de memorias larguísimo, escrito por una joven y desconocida Marta Riquelme, cuyo manuscrito tuvo que transcribir el prologuista a lo largo de tres años, buscando el lugar más apropiado para ciertas páginas sueltas que le cambian el sentido, entre otras peripecias editoriales. El cuento es un juego metaliterario destinado a despertar la curiosidad sobre un libro del que, sin embargo, nunca va a leerse nada más que los pocos fragmentos que el prologuista cita de memoria.
Dicen que Martínez Estrada es más conocido como ensayista, pero si sus cuentos tienen este nivel, no me imagino lo buenos que deben ser sus ensayos. Me encantaron el ritmo imparable y los diálogos en el primer cuento, y la inteligencia para la simulación en el segundo, y, sobre todo, del sentido del humor (tan diferente) en ambos.