Disparates geográficos como «el puerto caribeño de Veracruz»; «San Vicente Chimalhuacán» —no Chicoloapan; Xochimilco, una ciudad ubicada al sudoeste de Tenochtitlan —a la que invariablemente se llama «Tenochtitlán»; el canal «Toltec» y la ciudad de «Tlacopán»; Cortés dedicado a edificar la Tepeaca española —Segura de la Frontera— en un monte. Tonterías léxicas del tamaño de «tabascano», «cempoalenses» o «tepeacanos». Imprecisiones que mueven a risa, como españoles que eran «armados caballeros», soldados que soportaban temperaturas «de hasta noventa grados», extraños «higos silvestres» llamados «tunas», curas que «gestionaban» tamplos y capillas o encuentros bélicos llamados «guerras florales». Todo ello se encuentra en un solo libro, Conquistador, de Buddy Levy. Un libro tan malo que ni siquiera debería merecer una reseña en este espacio.
Lo dicho en otras ocasiones en torno a lo que sale de la pluma de los escritores que se meten a manosear la historia —bodrios auténticos, nada menos— es perfectamente perceptible en este caso. No sé qué tanto conozca Levy acerca de la historia de España, o de la historia de la conquista, o incluso de la historia de Mesoamérica. Vistos sus errores, podría decirse que su conocimiento es cercano a cero, o se limita a aquello que le brindan las fuentes más elementales que ha podido pescar. Fuentes de las que toma una serie de datos básicos, mismos que integra a su relato y que adereza con una serie de conceptos por demás torpes, anacrónicos o, en el mejor de los casos, equivocados. El autor —que, a juzgar por el apellido, es judío, cosa que le impide comprender de qué va el catolicismo y, peor aún, de qué va el catolicismo de un español que vive en el siglo XVI— jamás consigue desprenderse de su contexto ni, por ende, de sus prejuicios. Cierto es que, en repetidas ocasiones, deja ver la admiración que siente por Cortés y su portentosa empresa, tanto como por los indígenas a los que somete, y que habían desarrollado una civilización de alcances inimaginados para los que se aprestaron a someterlos. No obstante, esa admiración no le condujo a documentarse, no le llevó a ampliar sus horizontes ni a tratar de entender qué era lo que sucedía en aquel entonces, ni cuáles eran las causas que lo movían. Su historia, entonces, es un relato de españoles que cometen atrocidades con toda naturalidad, pero que al mismo tiempo se espantan ante las atrocidades que llevan a cabo los indígenas. Tal cual. Una historia de atrocidades. No de seres humanos impulsados por una cultura que normaliza lo que se hace, sino de individuos hipócritas que se espantan porque el de enfrente hace cosas menos peores que las que ellos mismos realizan. Ignorancia pura. Ignorancia, además, alimentada por el hecho de que Levy decidió, por razones desconocidas, no leer ninguna de las biografías de Cortés que hay en el mercado, ni la del autopublicista Duverger, ni la del chabacano Miralles, ni mucho menos la exquisita obra de Martínez. Nada de eso. Prefirió tomar un libro de José López Portillo que le aportaba mucho menos que estos y hacerse bolas con él. Los resultados están a la vista.
La ignorancia supina de Levy está presente a lo largo de todo el texto. El autor no entiende por qué los españoles se niegan a empuñar los remos de los bergantines y lo achaca a que ello «es impropio de su rango militar». No se entera de lo que era la hidalguía, ni de las trabas que la misma imponía al comportamiento de los sujetos. Tampoco entiende que el hecho de que unos indígenas combatieran a otros no se traducía, necesariamente, en la existencia de una «guerra civil», lo que supondría que todos los indígenas pertenecían a una sola entidad política. Menos aún entiende los elementos religiosos que gobiernan la vida de unos y de otros; si acaso, sabe que ciertas cosas tienen un fondo religioso. Pero, más allá de ello, nada. Tampoco comprende —quizá ni siquiera lo pensó— los cambios habidos en el paisaje y en el clima de la región que aborda en su libro a lo largo de los últimos quinientos años. Levy, muy ufano, explica en la introducción de su obra que se subió a una camioneta y que, a bordo de ella, hizo el viaje entre Cholula y Paso de Cortés, lo que encontró sumamente enriquecedor. De igual forma, es posible que, al seguir los pasos de Cortés, haya realizado buena parte de su recorrido en camión, desde el cual tomó nota de los distintos tipos de clima y de paisaje presentes entre la costa y el Altiplano, mismos que se apresuró a poner por escrito en su texto, repito, sin pensar. Para él es lo mismo lo visible hoy que lo visible hace centurias. Así, luego de dejar atrás una parte de la sierra, se adentró en un altiplano árido, lo que posiblemente sea el valle de Puebla-Tlaxcala. Si uno lo mira hoy en día —máxime si efectúa tal observación entre noviembre y mayo—, el valle es algo más que seco. Hoy. Quinientos años después de que se transformó el paisaje, se talaron los bosques, se insertaron zonas de cultivo y extensos potreros. Hoy. Hace quinientos años el calor era menor, había más humedad y, por consiguiente, más vegetación. Todo ello le pasa de noche al asombrado autor, que una y otra vez trata de trasladar el clima a su texto, lo que medianamente consigue al estar en la costa —cosa que no es difícil, al tratarse de calor, humedad y más calor—, pero que le representa un escollo monumental en cuanto se adentra en las tierras altas y las temperaturas varían.
El libro tiene, no se crea que no, un lado humorístico. De puro humorismo involuntario, pero muy simpático a fin de cuentas. De entre los innumerables episodios que podrían considerarse como tales, seleccioné dos que, si se les mira bien, son hasta tiernos. En el primero, según Levy, Cortés atravesó una quebrada que separa al Ajusco de las estribaciones del Popocatépetl. Una quebrada. Menos mal que no se le ocurrió decir «atravesó en un santiamén», o «de un salto», porque la quebrada a la que se refiere el autor, como puede imaginarlo cualquiera que habite estas latitudes, tiene cerca de cincuenta kilómetros de extensión. Menuda quebrada. En tanto, el segundo es solo un error de atención. Decir que los mexicas —a los que el tipo, neciamente, llama «aztecas» a lo largo de todo el libro— dependían de un acueducto que corría por Chapultepec es ser inocente en grado sumo. O bobo. O distraído. Si quería indicar el dato, bastaba con decir «el acueducto que arrancaba en Chapultepec», no más. Pero indicar que el acueducto corría por Chapultepec —y solo por ahí, lo que hacía que no llegara a Tenochtitlan— es un error elemental.
Entonces, si el libro es tan malo, ¿por qué le confiero una calificación de dos estrellas? Porque hace más que muchos otros libros que abordan el mismo tema: narra. Entretiene. Quiere que se le lea. Eso, para mí, vale mucho. Valdría más si la obra fuera mejor pero, en este caso, al haber información buena y útil en medio de tantos absurdos, el texto se salva de la quema. No es, de ninguna manera, un ejemplo a seguir en cuanto al procesamiento de los datos o incluso en cuanto a la argamasa narrativa empleada. Sí lo es, en cambio, en cuanto al deseo explícito de contar la historia, de hacerla inteligible, de lograr que se entienda, se apropie y, quizá, se le tome el gusto. Que de eso se trata esto de escribir historia, a final de cuentas.