Baudelaire es uno de mis escritores predilectos. Un maestro, una influencia, un destino que siempre elijo, cuando necesito airear la mente y volver a mis origines, aquellos que poseen su propia mitología nostálgica. Del vino y el hachis es una investigación que, dentro de mi país, precede en su mayoría a las ediciones de Los paraísos Artificiales. Sin embargo, hace unos meses la editorial Alquimia saco el reducto de esta investigación en solitario, poniendo la traducción a cargo de una poeta que admiro muchísimo, María Negroni. Lo que no solo me entusiasmo, me enloqueció, sino que me hizo volver a leer tan maravilloso texto, esta vez, circundado por la voz de una poetisa inigualable, capaz de sostener la atmósfera que induce cada palabra y la tensión lírica, tan fundamentales en Baudelaire.
Suele cometerse un error singularmente paradójico con Baudelaire. Quien no lo ha leído, pero si escuchado sobre el, tiende a relacionarlo con el movimiento romántico. Error fatal, de cierta genealogía del equivoco que lo compara con autores como Nietzsche, cuando sus pseudo lectores se adscriben al nihilismo, con ignorancia entusiasta. Baudelaire intenta, mediante su escritura, derribar toda la mitología romántica. Y dos de sus textos son fundamentales para estos propósitos. Uno, consejos a jóvenes escritores, demuestra la necesidad del trabajo dentro de la tarea del escritor, y devela, tambien, otras costumbres ímprobas de ciertos contemporáneos ya dueños de cierta fama (es legendario el episodio que narra sobre Balzac). El otro es este opusculo. En el, demole la creencia de que ciertos estupefacientes poseen un carácter casi mágico, capaz de invocar a las musas fugaces de la intoxicación. Para el nada hay mas lejano que esto. No solo los estupefacientes no pueden despertar aquello que no existe ya dentro de uno, si no que dilatan las pasiones sin discriminacion alguna, volcando súbitamente a las almas pesarosas a la desesperacion, a las reconcosas a la ira, a las mediocres a la estupidez desmedida. Raramente reproducen las circunstancias propias de la creación artística, esto es, la introspección y la sinestesia. No son sino medios para develar lo oculto- siendo esto, en los mayores casos, algo que tiene razón de ser escondido. El verdadero artista no necesita otra droga que no sea la del trabajo. Corre peligros, corre riesgos, pero dentro del mundo individual que le abre su escritura.
Las descripciones, las mediaciones en las voces de testigos imaginarios, le dan al texto una fuerza tan poética como irónica. Tanto la confesión del burgués, como la del poeta o la dama nos remiten a la intención de baudelaire de reproducir ciertos registros, ciertas creencias, ciertas percepciones. Anuda la percepción de cada uno según una clase social, según una aptitud, según un oficio, lo cual reafirma el carácter indagatorio de la pesquisa, y le otorga un testimonio con el fin de justificarla.
Es un libro bellamente escrito, muy cuidado, en el que Baudelaire rechaza uno de las creencias que fundan al movimiento romántico, esto es, la espontaneidad y la luz que supuestamente otorgarían ciertas drogas. Puede ser leído como un manifiesto, un contraataque, y, en ciertos pasajes, una mínima apología, una miniatura de apología. En donde cede el poeta, nace el hombre.