Podría considerarse un cruce entre la gauchesca y el realismo mágico, una reelaboración (más) del viejo tópico de civilización y barbarie que logra no caer en lo estereotipado y darle una estética nueva, actualizada y atractiva (a la vez que inquietante y por momentos repulsiva).
Gauchesca porque pone en juego la explotación del trabajador, el sometimiento del que vive de su tierra, aunque sumándole la parte femenina. Pero en los finales aparecen escenas propias del realismo mágico que recupera el pensamiento mítico como forma de comprender la realidad en los espacios ficcionales en los que transcurren las historias. Se recuperan los relatos míticos (hay incluso una reescritura de la historia del minotauro) en su versión más bestial que, al aparecer en espacios terrenales, abrumando a personas, impacta, choca, escandaliza. El deseo aparece como algo que circula, explota, arrasa, se desborda sin ningún tipo de límites ni morales ni sociales. Fascinante en la misma medida en que inquieta.
Sin embargo, nunca deja de existir una referencia a la realidad: puede leerse como una especie de alegoría patriarcal, la exacerbación de un mecanismo de pensamiento y de un funcionamiento de control que es discursivo a la vez que físico. Así resulta un panorama completísimo que abarca todos los aspectos: el campo, el trabajo, la ¿cultura?, la familia, la religiosidad. El espacio ficcional diseñado pieza por pieza termina poniendo en ridículo los discursos sobre lo que pasa ahora y no pasaba antes: el aborto, las identidades trans y la homosexualidad, la transgénesis.