Este es el primer poemario de Enrique Bunbury y, antes de abordar la crítica del texto en sí, hay un aspecto que hay que tocar.
Que un autor llegue con su primera obra en una editorial como La Bella Varsovia solo puede significar dos cosas: o que el texto es estupendo —cosa que, desafortunadamente, no ocurre en este caso— o que debido a otras circunstancias —su talento como cantautor, su presencia escénica, su carisma, la renovación del rock español al frente de Los héroes del silencio, etc.— que sí, algo tienen que ver con la literatura, lo haya conseguido.
Sin embargo que este —y no algo de Carmen Jodra Davó, Luna Miguel o Bibiana Collado Cabrera, autoras del catálogo de la misma editorial— haya sido el primer libro que se distribuye en México, me dice que sí, había que ir a la segura y que la presencia de Enrique Bunbury en La Bella Varsovia es, más que nada, para vendernos libros (y está bien... Ya uno decide si los compra o no).
Ahora el texto: celebro que este poemario sea fresco, desenfadado, irónico a veces, y que no parezca una tesis donde el autor explora “poéticamente” algún tema de su interés (o del de el editor). Hay alusiones a la cultura pop, imágenes sencillas y directas que hacen muy fácil transitar por los versos de este libro. En algunos instantes, hay auténtica poesía; pero, lamentablemente, en otros no:
“El turismo, fortalecido,
sentirá emociones incontrolables
e indescriptibles en la naturaleza,
y experiencias con soluciones
de tecnología de asistencia digital
en lugares remotos, con experiencias
más auténticas y dinámicas
de entretenimiento interactivo y Futurama”.
(De El ‘Economist’ (III), p. 99).
Este párrafo —¡perdón, estrofa!— no es sino prosa cuyos cortes versales vienen dictados por la tecla ‘enter’. En otro poema (Las sirenas, las sirenas, p. 90-93) tenemos más de dos páginas completas de paja: el poema empieza en: “El pasado miércoles nos despertó/ un ladrón o un asesino” y de ahí, hasta el final del poema, tenemos verdadera poesía: hay una exposición y un verdadero descubrimiento poético por parte del “yo lírico” que habla en esta composición.
Más delicados son otros asuntos que tiene el libro: hay poemas con compromiso social: Fallo del sistema (pp. 75-78) es uno de ellos. En él, el autor nos muestra el paisaje de las personas en situación de calle en Los Ángeles, y termina diciendo:
“Un simple giro del destino,
tropezar y caer;
quien no tiene un amigo con sofá
verá rodar la moneda
por la orilla del callejón
de la soledad y la miseria.
Nadie puede hacer nada,
o nadie quiere hacer nada,
o nadie sabe realmente qué
hacer
contra este fallo del Sistema”.
(P. 78).
Pero en Bellini Drive (pp. 81-84) leemos:
“Después de cien años de sobriedad,
pone a prueba mi compromiso
con la rehabilitación y me planteo,
muy en serio, la suscripción vitalicia
a la Compañía de Vino
Natural y Ecológico del Valle de Napa,
para leer —mientras atardece—
a William Carlos Williams,
saboreando una botella de Zinfandel
del noventa y dos”.
(P. 83).
¿Cómo conciliar la distancia, real o aparente, que separa a ambos poemas? Parecería que no hay suficiente trabajo autoral (o reflexión o compromiso social o empatía) detrás de Fallo del sistema y Bellini Drive para evitar el entre líneas que nos dice: “no tengo responsabilidad alguna al interior de este Sistema. Lo único que busco es una casa con terraza —leitmotiv que, nos advierten desde la cuarta de forros, es el que empuja la obra—donde podamos habitar mi hedonismo y yo”.
¡Claro! Me dirán que el héroe (o antihéroe) que está detrás de estos poemas es un ser de contrastes y claroscuros —¡como todos!—, pero entonces el libro se vuelve superficial y su mensaje lírico podría resumirse en el pasaje entrecomillado del párrafo anterior.
En suma, Exilio Topanga es un libro primerizo, con mucha paja, a cuyos poemas en apariencia les faltó tallereo, relectura, reescritura, acompañamiento por parte de otros autores y humildad.