“Había un momento divino cuando ponía mis manos alrededor del cuello de las niñas y observaba cómo se iba apagando la luz de sus ojos”.
En la triple frontera de Colombia, Perú y Ecuador, “el monstruo de Los Andes” se ufanó de haber asesinado a más de 300 niñas, humildes nativas de entre 8 y 14 años, aunque solo 57 muertes fueron probadas.
Capturó a esas pequeñas inocentes y vulnerables, las mancilló y las estranguló a la luz del día para verlas morir y poder gozar. Probablemente 100, 200 o 300 criaturas fueron enterradas por sus enormes manos. Sin embargo, solo cumplió una mísera condena y quedó libre. ¿Cómo se condujo la Justicia para que un criminal como este se trasladara libremente de un país a otro? ¿Vive en la actualidad o fue víctima de la ejecución de quienes buscaron hacer justicia por mano propia?