Rebeca recibe la extraña llamada de Peggy, su octogenaria tía que vive desde hace años en Inglaterra, informándole que está pronta a morir y que desea pedirle un favor: que esparza sus cenizas en el desaparecido poblado de Santa Lucía, ubicado en alguna parte al este de Iquique, y que, en la década de 1920, fuera el centro de la actividad salitrera. Esta llamada no solo despierta en la protagonista una inusitada nostalgia por su historia familiar, marcada por el inexplicable alejamiento de su madre en su temprana infancia, por los intentos de su padre Eddie por brindarle una relativa estabilidad económica y emocional, y por la fuerte presencia de esta tía-abuela en su juventud, sino que también le permite acercarse al pasado de Peggy en la salitrera a través de las cartas que hereda, todas ellas escritas a su amiga Dora, de quien su tía se tuvo que separarse después de un trágico accidente. Rebeca es, entonces, el punto desde el cual se cuenta la historia de tres generaciones, siempre atravesada por el relato epistolar que, a la vez que nos acerca a Peggy y Dora, también nos permite vislumbrar las costumbres del Chile de 1930, la decadencia de la industria calichera y de la clase social que prosperó a su alero.
Esta es la historia de Rebeca y tía Peggy. Dos mujeres de distintas generaciones que se ven unidas en sus dolores, pérdidas y la sensibilidad ante el paso del tiempo. Una novela a dos tiempos y a dos registros, el presente de Rebeca y el pasado de Peggy a través de unas cartas a una amiga que no le contesta de vuelta.
Me gustó mucho la novela por la emoción que transmitía la prosa, por la facilidad con la que pude conectar con los sentires que rodean el texto y por el talento para crear diálogos muy muy muy verosímiles, parecía como si fueran sacados de una transcripción de audio. Me impresionó para bien este primer acercamiento a la literatura de Carolina Brown.
Se trata de una película en papel. Todo es inefablemente visual. Las historias tejidas tienen un propósito claro. Nada sobra. Quisiera haber conocido más sobre los personajes, pero eso sería pedirle a Carolina que escriba en otra clave. Lo suyo son los tiempos bien administrados.
Carolina vuelve a demostrar que maneja a la perfección las líneas temporales y los diálogos. Logra también dosificar con mesura la información que va entregando, la cantidad suficiente para querer seguir leyendo y al mismo tiempo no descubrir los cierres de los arcos narrativos antes de tiempo. Asimismo, nuevamente evade con éxito lugares comunes y clichés, apelando a una emotividad más íntima —difícil de retratar en películas y libros— una que conmueve no por lo que se escribe en palabras sino por aquello que se adivina en los gestos e intenciones de los personajes que habitan sus libros.
Una lectura muy rápida y entretenida. Lo leí estando en San Pedro de Atacama y creo que eso me hizo más fácil entender todo el tema de la nostalgia porque los paisajes son hermosos y se extrañaran. Que ganas de haber ido a las minas y ver esas ciudades salitreras. Sobre la historia misma, disfrute mucho la narración aun cuando me faltó desarrollar más algunas ideas y personajes.
Rebeca recibe la llamada de su tia Peggy, una viejita que vive en Inglaterra y le pide que al morir esparza sus cenizas en el desierto de Chile en un poblado "Santa Lucia" donde ella vivió su infancia en pleno auge de la actividad salitrera. Un libro de fácil lectura.
Son apenas 160 páginas que se leen de un tirón, pero no siento que me haya dejado algo más que una leve sensación de descontento. Me pareció un poco plana, no es mucho lo que pasa, y si bien tiene todos los elementos para contar una historia más que interesante, mi sensación es que se queda a medio camino; ni el argumento tiene algún giro sorprendente, ni los personajes lograron cautivarme más allá de ciertas características personales que en principio los hacía atractivos y que permitían avizorar algo más que el tedio que al final me produjeron.
Los ingleses Rupert y Eunice se instalaron junto a sus hijos en la oficina salitrera Aurora, al interior de Iquique, a principios del siglo XX, y viven el auge y caída del salitre hasta la desaparición de la industria. Peggy, la hija, cuenta su historia a través de cartas que le escribe a su amiga Dora —un chico que, a escondidas de su padre, viste de mujer—, causante de la tragedia de Peggy. Esta es la narración del pasado.
Rebeca, por otro lado, cuenta la historia del presente y tiene la misión de llevar las cenizas de su tía para dejarlos en el lugar en que estuvo la oficina salitrera. Rebeca ignora muchos de los secretos familiares y su personalidad en gran medida responde a ese desconocimiento. Viaja al norte con su padre en un viaje de descubrimiento y reconocimiento.
Tanto Rebeca, como su padre, Edward (Eddie), y su tía-abuela, Elizabeth (Peggy), son personajes con dificultades para comunicarse, baldados, ariscos, siempre visitando el pasado y con ello, el recuerdo de una época que terminó por desaparecer sin dejar más huellas que el viento y el polvo del desierto.
La historia de Dora no abunda en detalles, pero parece bastante cuestionable que su condición no haya generado algún alboroto mayor en los años 20s en una oficina salitrera donde todos se conocen. Me pareció un hecho tan desusado para el entorno y sus tiempos que hubiese esperado bastante más que solo la caída de un cigarro por la sorpresa de un fotógrafo al descubrirla y que luego se dedica a tomarle instantáneas; una madre que le permite trasvestirse y de la que no se sabe mucho o un padre que la humilla y luego la envía a estudiar afuera. Todo eso se podría entender si la historia tuviera algún desarrollo, pero como no lo tiene, uno llega a preguntarse si eso es todo, ¿no hay nada más que contar de ella? Frustrante esa resolución.
Al final varios nudos se desatan, pero a esas alturas ya da lo mismo. No funcionó para mí.
“Por algún motivo volvía siempre a los mismos recuerdos, en el desierto, la tenían atrapada.”
Pags: 156
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» Una novela preciosa, entrañable y entretenida.
» A través de los pensamientos y recuerdos de Rebecca uno va armando pieza por pieza la historia de una familia pequeña y bastante atípica, descendiente del grupo de inmigrantes ingleses que llegó a Chile para dirigir y administrar las oficinas salitreras del Norte del país alrededor de 1900.
» En paralelo, por medio de las antiguas cartas de Peggy, la tía abuela de Rebecca, nos trasladamos en el tiempo a la época de la decadencia de las salitreras, en los años 20, específicamente a la oficina “Aurora”, ubicada entre poblados en medio del desierto, de los que actualmente quedan ya solo los radieres y estructuras en la arena.
» ¡Me encantó la pluma de @carobrowna! Es que, además de que la historia es entretenida, intrigante y bonita, el libro está muy bien escrito y se nota un profundo trabajo de investigación. Es una novela vívida y fresca, en la que todo fluye perfectamente. Las imágenes se vienen solas a la cabeza, como si uno estuviera viendo una película, y los personajes son excelentes, de esos que se quedan con uno después de cerrar el libro.
» El libro lo leí en tres tandas, y cuando no lo estaba leyendo, pensaba en él. Eso para mí es una gran novela. Concuerdo absolutamente con la @chio en que es de esos libros que necesitas seguir leyendo (porque quieres saber qué fue lo que pasó), pero a la vez no quieres que termine.
Quizás por muchas expectativas, terminé un poco decepcionado por el libro de Carolina Brown. Si bien la lectura es ágil y entretenida y la idea de los líneas de tiempo está bien lograda, siento que cada personaje tiene una serie de "temas" que no se resuelven no por virtud de la obra, sino que simplemente porque eran ingredientes para que la historia tuviese algo más de sabor, en especial aquellos que no se refieren a Peggy (y a Peggy en específico, porque el tema de las cartas me pareció logrado pero inconducente). Le daré más vueltas porque algo debe estar escapándose frente a tan buenas calificaciones y recomendaciones.
Una novela de esas que se quieren. Con personajes nostálgicos y entrañables a la vez. Cada palabra pinta un paisaje, que por lo menos para mi, resulta tan familiar: el desierto, las salitreras, el norte. Un libro coral que nos hace transitar entre dos historias separadas por el tiempo pero que de una u otra forma se unen en los sentimientos y emociones. Lo único que me hubiera gustado es conocer aún más la historia de algunos personajes. Una novela súper recomendable, ágil, entretenida y rápida.
Me gustó muchísimo. Demasiado cautivante, con personajes que te hacen querer avanzar, adentrarse en sus vidas. Siento que está súper bien construido el relato de las dos lineas temporales, ya que a pesar de ello, no se pierde el hilo de la historia. Lo recomiendo absolutamente.
Me da la impresión que Carolina Brown llega en este libro a una madurez escritural. De lazos familiares, secretos y despedidas, es una historia atractiva y bien narrada. Fluye con facilidad y también emociona.
Carolina maneja muy bien el uso del tiempo y me gusta el cambio de estilo entre la “novela” como tal y la parte epistolar. Me agrada el contraste entre una historia emotiva y un escenario árido. Muy linda.
Me quedé con gusto a poco con el tema de las salitreras y quedé con la duda si fue intencional o un error de la edición que no apareciera el capítulo 20.
Buen relato, pero no tan atrapante. Siento que la historia fue un poco plana para mi, me faltó más desarrollo dramático de algunos conflictos con los quedé con gusto a poco. Cumple.
Que buen libro! Primera vez que leo a esta autora y quedé gratamente sorprendida con su forma de escribir. Es muy vívida, tanto al describir los lugares, como al contar los hechos e incluso las emociones presentes en los personajes, sin ser excesivamente descriptiva. Me encantó la forma en la que van conversando las historias de Peggy y de Rebeca a lo largo de todo el libro, sin que nada de lo relatado estuviera de más, sino que encontré que todo era preciso para conocer la historia de estas dos mujeres. Es un libro que con una historia íntima, entrañable, permite conocer lo que fue vivir en las salitreras del norte de Chile.