Esta novela, basada en una anécdota real, es una denuncia de la indefensión de la infancia en los conflictos armados y el drama que convierte a los niños en soldados.
Cuando se impone la dictadura del miedo, las ventanas no sirven para dejar entrar la luz, para ver, se convierten en ojos que nos vigilan.
Finalizada la guerra, un grupo de hombres armados detiene inesperadamente a los padres y tíos de Bruno y Silvina. Cuatro niños y un bebé se quedan solos e indefensos en la casa que comparten sus familias, abandonados a su suerte en una ciudad hostil en la que los ciudadanos se vigilan unos a otros desde las ventanas.
Bruno y Silvina, acompañados por el fantasma de la pequeña Alicia, desaparecida en un bombardeo, luchan por sobrevivir, cuidar del bebé, de sus primos pequeños y encontrar a sus padres, pese a que la cobardía de vecinos, allegados y desconocidos los va empujando a un callejón sin salida.
La falta de solidaridad hace de los débiles un blanco fácil. Basta un paso en falso para reducir nuestras expectativas de la vida a la estrechez de la mirilla de un fusil.
Paloma González Rubio nació en 1962 e inició su travesía en Madrid. Ahora vive entre la montaña y los puertos del Mediterráneo. Desde su infancia, sus dos pasiones fueron la literatura y la música, por este orden. Se licenció en Filología semítica, fue solista del cuarteto de música sefardí Simane y escribió letras de canciones en los años 80. Ha trabajado en el mundo editorial como correctora, traductora y editora. De tanto insistirle en que sería escritora, dejó de escribir, hasta que descubrió que solo a través de la literatura podía expresar lo que de verdad le importaba. En 2007 recibió el premio de relato José Saramago. Ha publicado dos novelas para adultos: Epitafio (2010) y El delito de la lluvia (2014). En literatura juvenil se estrenó con su participación en el crossover colectivo Aurora o nunca (2018) incluido en la prestigiosa lista White Raven. Con los cronistas de Aurora también ha publicado Aurora y en la hora (2021). Con João ganó el premio Alandar 2018, y también es autora de las novelas Antípodas (2019), Ventanas (2021) o Dead Boys (2022).
Chusmitos, estamos ante otra de las joyas que he descubierto este año de pura casualidad y me he llevado un tesoro, sin ir más lejos. Nos encontramos ante una historia bastante dura, a pesar de ser juvenil. La autora tiene una manera de narrar que me ha parecido exquisita, una sensibilidad para hacer de la decadencia algo hermoso con las palabras.
Me ha gustado mucho el significado del título y de como en cada capítulo las ventanas que van apareciendo tienen un significado y una manera distinta de reflejar la realidad. Me ha parecido una metáfora brillante, al igual que desgarradora.
Hay que tener mucho tacto para escribir temas como este, de como los niños que se han quedado desamparados en zonas de guerra y como son obligados a convertirse en soldados a temprana edad para poder sobrevivir. Lo duro de la guerra, pero visto todo desde una perspectiva infantil que hace que se te derrita el corazón con las conclusiones y cosas que tienen que vivir estos pequeños.
No miento cuando digo que acabé el libro con lágrimas en los ojos. De pura impotencia, de tristeza, de empatía. Y si a esa sensación de decadencia y oscuridad le añadimos que tenemos un poco de magia entre líneas, un fantasma ante los ojos infantiles de la esperanza, hace que el libro sea perfecto en sí. No necesitamos que una historia tenga magos y brujas para que cale hondo. Yo seguramente me acordaré mucho del pequeño Bruno cuando vea una ventana.
Es una anécdota basada en hechos reales, una crítica hacia los niños que no tienen infancia y que se convierten en soldados a la fuerza. Cuando la dictadura del miedo atenaza los corazones, por las ventanas ya no entra luz.
Qué prodigiosa la estructura de la novela. Sigo fascinado con la sencillez de poner las ventanas en el centro de la narración, encabezando cada capítulo, y mostrando la doble vertiente que tienen: la de permitir que la luz pase y la de dejar a la vista las vidas privadas de las personas, en tiempos totalitarios en los que no es posible cubrirlas. Pero no solo existe un tipo de ventana: a partir de las diferentes ventanas -no es lo mismo una claraboya que un óculo o un respiradero- la narración describe la mucha o poca luz que dejan pasar. El relato coloca a los protagonistas en contraste con una ventana distinta en cada capítulo: se convierten en soportes emocionales del estado de los personajes.
Y me gusta mucho la sensibilidad con la que se pone del lado de los desamparados, de los niños obligados a convertirse en soldados ante la impasibilidad de la sociedad. La forma que tiene la narración de seguir a los personajes tenía algo de magia, me recordaba a Max Aub por la sencillez y dirección narrativa, pero también a El laberinto del fauno por lo cercana que es a la visión infantil.
El milagro se produce cada día un poco más temprano, a la caída del sol, cuando los rayos inciden en los cristales de la parte posterior del edificio en un ángulo determinado: todas las ventanas se incendian y, por un instante, la escombrera tras la casa de Bruno refulge como si su suelo estuviese sembrado de diamantes.
No esperaba nada lo que me encontraría en este libro pero ¡qué doloroso! He sufrido muchísimo viendo a esos niños completamente solos, sin ayuda de nadie, con miedo, incertidumbre, hambre, frío...
Cada vez que lo recuerdo se me ponen los pelos de punta. Lo peor de todo, que son historias totalmente reales. Si no lo habéis leído, hacedlo porque no os dejará indiferente.
Desde que conozco a Paloma, tengo varias certezas sobre ella, entre las que destaco dos: es buena persona y es buena escritora.
Lo primero lo supe desde siempre, más aún cuando me llegó por parte de una persona a la que adoro, ni más ni menos que Beatriz Osés. En cuanto a lo segundo, si bien ya había leído algo, he tenido que esperar (más de la cuenta, sí) a leer un libro suyo para asegurarlo con la boca bien grande.
Y qué bien escribe… Qué corrección, qué limpieza, qué perfección en cada frase… Leer a Paloma González Rubio es sinónimo de calidad (no, no siempre ocurre), pero, además, leerla es ir, también, más allá de las típicas historias que se encuentran con facilidad en la literatura juvenil. Porque los temas que trata Paloma duelen porque son reales; porque hablan de personas desamparadas que existen en realidad; porque nos traen el horror que muchas personas experimentan durante su vida, ya sea por guerras, como es el caso de este libro, o por cualquier otro motivo. Y claro que otros temas tienen que tratarse en literatura juvenil, solo faltaba, pero me encanta que haya autores y autoras que nos regalan esos otros temas menos “comerciales” y permiten que los jóvenes (y los no tan jóvenes) puedan descubrir, también, esa parte menos amable de la humanidad. Paloma es una de esas autoras, y se me viene a la cabeza otra autora que me tiene enamorado como Chiki Fabregat. No os la perdáis, tampoco.
Este “Ventanas” es un libro duro, sí. Difícil, diría yo, pero precisamente por eso, por la dureza, porque está tan bien narrado que es imposible no empatizar con sus personajes, sufrir por y con ellos, querer meternos en la historia para poder ayudarlos. Además, sabiendo que la guerra sigue existiendo (algo que me alucina y me espanta, eso de no aprender de los errores del pasado, de matarnos los unos a los otros) y que la tenemos tan cerca, ¿cómo no pensar en todos esos niños que sufren por ella?
Quizá, si muchos jóvenes leyeran estas historias donde la guerra se ve como lo que realmente es, sin motivaciones ni argumentaciones a favor, la sociedad de mañana trataría de impedir que nuevos combates continúen desgastando el mundo.
Gracias, Paloma, por regalarnos esta historia tan dura como real.
Lo que más me ha gustado: además de leer, por fin, a Paloma, eso que os digo, descubrir libros juveniles menos “alegres”, pero tan, tan necesarios. Lo que menos me ha gustado: saber que, como casi todo en la literatura, esta historia ocurre, esos niños ocurren.
“Es el resplandor de un fuego que calienta”. Ventanas, Paloma González Rubio
Para empezar, le doy 5 estrellas y no le doy más porque no se puede.
Un libro con una escritura impecable, con una perspectiva perfecta tratándose de niños como protagonistas.
Una historia que te engancha desde la primera página, donde el lector se llega a sentir tan cercano a los personajes y a la historia que la vive como propia.
Creo que es un libro y una autora demasiado poco leídos para la maravilla que es. Tanto para lectores juveniles como más adultos.
No mentiré si digo que no me esperaba este final. Podía imaginarme muchas cosas, pero es un final muy, muy doloroso, pero no por eso deja de ser brillante. Todavía le da más valor a la historia este final, por cómo está enfocada y transmitida en todo momento.
Pero me ha gustado. La atmósfera, opresiva y lúgubre. Me ha parecido terrible lo que viven los niños durante la historia, y la situación del país. El estilo, la autora escribe muy bien. Los temas que trata, aunque de manera breve, pero bastante concisa. El epílogo ha sido doloroso, la verdad. La única pega que le pongo es que es bastante corto. Me hubiese gustado que profundizase un poco más en la guerra, pero extrañamente el libro funciona pese a tener tan pocas páginas.