Terror al más puro estilo H.P. Lovecraft.
LOS COJONES.
Me calmo. Ya sabemos como de deshonestas pueden ser las sobrecubiertas de algunos libros, como de ruines las estrategias para vender como caviar esferas de Magnetix. Pero esto es otro nivel de desvergüenza, una obra de marketing tan minuciosamente diseñada que casi hace pensar que Nicholas Binge no es un autor sensu stricto, sino una IA a la que la editorial ha cogido cariño: el libro, nada más ser publicado, se traduce inmediatamente a todos los idiomas posibles, y estoy seguro de que alguna productora ya se habrá hecho con los derechos para llevarla al cine o, peor aún, a serie.
Una montaña más grande que el Everest aparece en mitad del océano Pacífico. Nadie sabe que hace ahí, su naturaleza es incomprensible y desconocida y la orogenia que la ha generado ajena a las leyes físicas de nuestro planeta. Como seres humanos que somos, nuestro cerebro de polilla nos obliga a coronarla. Para ello, se recluta a un equipo científico compuesto por un físico, un químico, un geólogo, una bióloga, un antropólogo y varios militares, entre ellos, un experto escalador encantado de conocerse. Conforme la expedición vaya ascendiendo irá sufriendo no solo los rigores propios de la altura, el frio y la escasez de oxígeno, sino una serie de alteraciones de la percepción provocadas por las singulares propiedades físicas del orógeno.
A priori, la sinopsis es muy interesante. El misterio es sólido, queremos saber más de la montaña y todo lo que la rodea: quién o qué la ha puesto ahí, por qué esta ahí, qué efectos está produciendo sobre los protagonistas y qué secreto se oculta en la cima. Pero son muchos los obstáculos a los que nos vamos a enfrentar como lectores: el ascenso de los personajes es complicado, pero nadie va a aplaudir nuestros esfuerzos por llegar al final de este pedazo de ficción especulativa de parvulario. Permitidme que enumere los principales problemas que han convertido esto en mi peor lectura del año:
-El horror cósmico son los padres: toda la historia se nos cuenta a modo de manuscrito encontrado: el hermano del narrador, tras décadas sin tener noticias de él, descubre que éste no solo no estaba muerto sino que llevaba años recluido en un asilo psiquiátrico después de una perdida de cordura masiva. El narrador, como decía, mantenía una correspondencia unilateral con su sobrina en la que relata todas sus vivencias como miembro de la expedición, toda su aventura, todas sus miserias; no sirve solo como cuaderno de bitácora, el narrador usa las cartas también como una terapia de exégesis, y a su sobrina como confesora. Es decir, menuda chapa le da a la pobre cría. Este recurso es algo muy propio de Lovecraft. Recordemos, por ejemplo, la primera línea de Dagón: Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir . El solitario de Providence gustaba de usar este recurso para reforzar el momento en que el protagonista se sume en la locura ¿Cuál es el problema de este recurso? Cuando lees Dagón de adolescente su desarrollo y final te estremecen, cuando vuelves años después el cuento te produce ternura: qué hace ese narrador psicótico, acechado, según el, por criaturas anfibias que desafían nuestra comprensión, escribiendo cómo está siendo acosado por dichas abominaciones en vez de salir por patas. Es bastante ridículo. Puedes perdonarle este recurso a Lovecraft en su calidad de pionero y por el buen resultado que obtiene con el crescendo final. Pero en esta novela, que un tío esté narrando toda la acción en forma de carta, diálogos incluidos, que incluso se permita en algunos momentos marcarse un Dagón, esto es, escribir como le están atacando lo que sea que le está atacando en ese mismo instante, hace que toda la historia resulte artificial, increíble y falsa. Si al menos tuviéramos un narrador no fiable, si al menos las cartas se volvieran más ininteligibles e inconexas, reflejando ese descenso a la locura conforme más cerca de la cima se encuentra el narrador, podría aplaudir esta decisión estilística, pero es que esto jamás ocurre; si acaso al final se observa esta pretensión, en el que el autor se permite introducir una serie de pasajes delirantes, con mucho brilli-brilli, colores psicodélicos y fractales (por que, si para Lovecraft el terror innominado carece de forma, para Binge el horror absoluto es un salvapantallas del Windows 98). Pero no en el resto de la narración, el resto de la narración esta contada como lo estaría cualquier historia con un narrador protagonista, llena de descripciones concisas, con secuencias coherentes y diálogos perfectamente transcritos. Es imposible creerte no ya la portentosa memoria del narrador para plasmar todo lo vivido en un día sometido a un estrés constante tanto por las implacables condiciones meteorológicas como por las muchas amenazas tentaculares -ya llegaremos a eso-, sino que utilice las cartas a su sobrina como ancla que le conecte con la realidad, pues en ningún momento, como digo, se nota la perdida de control o la merma de sus facultades mentales. De hecho, es el propio narrador el que, de manera explicita, nos comparte que está perdiendo sus facultades mentales, pero como lector nunca lo percibes en su escritura. En resumen, si no aprovechas las fortalezas de un recurso tan limitado, criticado incluso en autores más consagrados y mejores que tu, para qué lo pones siquiera.
"Julio, pero es que una novela de ciencia ficción, nada de lo que estas leyendo es real". Que te pires.
Otra cosa: ¿Qué es el horror cósmico? Os comparto la definición estándar y consensuada del concepto, bastante subjetivo y siempre polémico. Dice así: el horror que el ser humano siente al reconocerse insignificante dentro del gran mapa de la existencia intergaláctica, una especie más sin importancia cuya vida dura lo que un parpadeo y susceptible de desaparecer por cualquier hecho contingente ¿Hace referencia esta definición a los tentáculos? No. Entonces, ¿por qué carajo cualquier pastiche pretendidamente lovecraftiano, por el hecho de tener criaturas cefalópodas y tentaculares, se lo adscribe a este género con tanta ligereza? Es el club más inclusivo del mundo. Por supuesto, en esta montaña hay chopitos asesinos de otra dimensión ¿Es spoiler? No, es lovecraftiano. Pero no solo hay criaturas. Recordemos que los personajes, conforme avanzan, van ganando en conocimientos que resquebrajan todas sus preconcepciones e trastocan su percepción de la realidad. Estos conocimientos constituyen la ciencia ficción del libro, y si tuviera que definirlo sin destripar el """"sorprendente"""" final del libro diría que son un coctel extraño entre Aniquilación de VanderMeer, relatividad general y otros elementos que no mencionaré. Los temas de ciencia ficción de la novela son casi de parvulario, tratados de manera tan superficial que llega un momento en que no tienen peso real en la trama. Por ejemplo, el origen de la montaña se despacha como si tal cosa en un momento del libro, o la vida basada en el ARN -que aunque aquí digan que los ARN virus no son seres vivos lo son, teóricamente- que funciona brevemente como misterio accesorio a la ya misteriosa naturaleza de la montaña pero que apenas se desarrolla ni explica. Todos estos elementos científicos buscan producir ese vértigo cósmico, intentan relativizar al máximo la existencia humana y limitarla a un grumo de protoplasma, siendo la conciencia un accidente fortuito, o no. Pero es un engaño, un trampantojo, pues el final Binge deja bastante claro que el ser humano no es insignificante en absoluto. Y me voy a callar aquí. Solo diré que hay más horror cósmico en ciertos pasajes de El origen de las especies y en las ecuaciones de Heissenberg que en cualquier párrafo de esta novela.
-Mi mamá me ha dicho que soy muy guapo y muy listo: nuestro protagonista es un genio. Su hermano lo reconoce como genio, todos los que están a su alrededor alaban su inteligencia, tal es su destreza en el campo de la medicina que se le queda pequeño y decide hacerse físico teórico, campo en el que, por supuesto, también sobresale. De hecho, el intelecto del narrador es tan portentoso y único que su mirada destila inteligencia, que sus relaciones interpersonales son limitadas porque nadie puede acercarse a su brillantez. Bien, no veréis nunca al personaje hacer algo inteligente en la novela, ni un acto ni una deducción brillante que no se le haya revelado antes o que cualquiera con dos dedos de frente y mínimos conocimientos científicos podría hacer. Solo hay una acción brillante que hace, y ni siquiera te explican cómo la hace, simplemente sabes que es tan inteligente -porque recordémoslo, es un genio- que te crees que pueda hacerlo, aunque no se te explique. Como todos los personajes que son lumbreras absolutas, tienen que tener un ligero componente autista (porque Una mente maravillosa ha hecho mucho daño), componente que, como ocurre con su inteligencia, explicita constantemente el narrador y el resto de personajes, pero que nunca detectas en sus interacciones con el resto de personajes, ni en sus cadenas de razonamientos, ni en sus reflexiones ni en su forma de redactar. Más que un componente autista, lo que parece es un gilipollas. Eso sí, un gilipollas con demonios debido a la, y cito textualmente, "conmovedora historia de amor" que mantuvo con uno de los miembros de la anterior expedición que trataron de coronar la montaña. No voy a entrar en ella, pero digamos que esa "conmovedora" historia de amor la has visto mil veces si tus padres duermen la siesta con la película alemana del domingo por la tarde de fondo.
Con este punto solo pretendo reivindicar el muy manido principio de "muestra no cuentes": no me digas que tu personaje es muy inteligente, muéstrame esa inteligencia con sus acciones. Si no lo haces me obligas a pensar dos cosas: uno, que no eres lo suficientemente inteligente y creativo para escribir personajes inteligentes o, dos, me estas tomando por idiota. Y no te culpo por hacerlo, pues bien imbécil he sido de terminar el libro.
El resto de personajes no tienen tampoco un mejor desarrollo que el narrador. Si ni el protagonista está desarrollado cómo lo van a estar los secundarios y los comparsas. Entre todo el género de carnaza destacaré al escalador australiano, veterano de guerra retirado, escalador avezado y gilipollas profesional, que ves comportándose desde el minuto uno como un ídem pero no como una persona arrogante, pese a que todo el mundo solo señala este rasgo secundario de su carácter como el más llamativo del mismo (quizá la novela intenta comunicarse sutilmente con nosotros, quién sabe...); Naoko, médico, expareja del narrador y única superviviente de la anterior expedición, que actúa como cicerone enloquecido durante la subida y anima al protagonista a exorcizar esa gran transgresión que cometió en su pasado; Thomas, el geólogo (o químico, se me ha olvidado) que cree en Dios, porque la fe también es muy importante en esta novela (igualito que en Lovecraft, muy conocido por su religiosidad); y el Guardian, el organizador de la expedición, un tío tan intenso y ridículo que se pone alias como si fuera el protagonista de un fanfic escrito por un chaval de 14 años. Hay más personajes, por supuesto, todo un surtido Cuétara de víctimas que importan tanto como sangrientas sean sus defunciones.
Ese esteta llamado Dan Brown: Aquí quizá estoy siendo cruel de manera gratuita; no como antes, por supuesto. La escritura de Binge es aburrida como pocas, plana, insípida, funcional en la acción y pedagógica cuando toca explicar los pocos científicos que aparecen. La voz del narrador no varía ni cuando esta tranquilo en la cabaña, desnudando su alma, ni cuando está delirando a causa de la montaña y los monstruos que en ella se ocultan. Ni siquiera se percibe ese toque autista en la escritura al que el resto de personajes siempre hacen referencia cuando hablan del narrador. Es el estilo descafeinado, para tontos, propio del bestseller más convencional y fabricado. Por compararlo con dos novelas de ciencia ficción que leí antes y después de ésta, Ray Nayler consigue imprimir mucha fuerza y originalidad a la hora de abordar qué es la conciencia en La montaña en el mar, y Swanwick da a Atrapados en la prehistoria ese toque gamberro necesario para hacer convincente toda la serie B que rodea a su trama. Binge no tiene ninguna personalidad. Y, ojo, enseña literatura en la universidad, así que imagino que escribir sabe escribir. Aunque, desde luego, este libro no sea el mejor ejemplo.
Una videorreseña realizada por una famosa booktuber que no mencionare, pero cuyo criterio respeto enormemente, añade como subtitulo a su video un suculento "Lovecraft estaría orgulloso". Por mi parte, lo dudo mucho. Lovecraft hubiera reaccionado a este pastiche como reaccionaba a las creaciones de sus seguidores más jóvenes, como Barlow o Bloch, con paternalismo y cierta condescendencia, el orgullo silencioso de un padre que alaba el talento artístico de su hijo de cinco años, aunque los gatos no tengan tres patas y los seres humanos no sean tan altos como los árboles. Porque Lovecraft podía ser un racista, sí, pero ante todo era un caballero, y un caballero no dice nunca a la cara que tu trabajo no vale y que no entiendes su filosofía del terror. Lovecraft nunca aceptó la cosmogonía maniquea en que August Derleth convirtió los Mitos de Cthulhu -leñe, si ni siquiera aceptó la existencia de los Mitos como una mitología-, no me creo que fuera a aceptar que el ser humano fuera la especie predestinada a la excelencia como hace Binge. Para Lovecraft la conciencia era un accidente del proceso evolutivo, no un logro. Esta novela es un bestseller con toques de ciencia ficción y terror, y como buen bestseller, ninguno de sus elementos está lo suficientemente desarrollado como para que resulte un desafío para el potencial lector.
No os recomiendo leer Ascensión. Es probablemente el peor libro que he leído este año. Que coño, ES el peor libro que he leído este año.