Fernando Chulak cuenta la historia de una fabulación, del poder que las fabulaciones pueden llegar a tener. Pero no el poder de persuadir, encubrir, engañar, sugestionar. Sino un poder mayor: ese que hace que la fabulación, aun develada, quiera pese a todo mantenerse. Mantenerse precisamente así: como fabulación. La novela de Chulak fascina porque se impulsa con el motor de la propia literatura.
Tres meses; un año, es su tercera novela y fue publicada en 2023 por Beatriz Viterbo.
En 2021 se editó Tilde, tilde, cruz, ganadora en 2019 del Premio Gombrowicz de Novela y finalista en 2022 del Premio Fundación Medifé Filba. Publicada por Beatriz Viterbo.
En 2018 publicó Jauría, por Aquilina Ediciones.
Además, con un libro de cuentos inédito fue finalista del Premio Provincia de Córdoba 2017 y Primera Mención en el concurso del Fondo Nacional de las Artes en 2014.
Me pasó algo raro con este libro. Hasta la página 98 me venía diciendo "¡Qué gran personaje narrador!", "¿Cómo no se le había ocurrido a nadie antes situar una historia en Villa Epecuén?", "¡Qué bien escrito, qué buenas ideas!". Pero en esa página 98 me hice una nueva pregunta "No me digas que esta es otra de esas novelas donde se exponen personajes y situaciones y no pasa nada". Por suerte un par de páginas después, las cosas empiezan a pasar y entra en una carrera que dura hasta el final.
Entonces, la única crítica que le haría a esta novela es que tarda 100 páginas en entrar en clima. Pero no es grave, porque aun así es muy buena. Tiene todo lo que dije en el párrafo anterior más algunas líneas buenas como tuits o punchlines de una sitcom.
Es una de las 10 preseleccionadas para el premio Filba de este año. De las dos que llevo leídas, es mi favorita.
==
Si te gustan mis reseñas tal vez también te guste mi newsletter sobre libros que se llama "No se puede leer todo". Se pueden suscribir gratis, poniendo su mail en este link: eepurl.com/hbwz7v La encuentran en Twitter como @Nosepuedeleert1, en Instagram como @Nosepuedeleertodo y en Facebook.
Me encantó esta novela. Me la recomendaron en un stand de una feria, la compré a pura apuesta y la disfruté muchísimo. Cuando me preguntaron algún libro de referencia para saber qué recomendarme dije: "las primas" y la librera entendió todo! Es de esas historias que te atrapan, de las que te metés en ese mundo y quedas ahí, incluso cuando quisieras salirte por la incomodidad que estas sintiendo. Novela familiar, con momentos de humor y pero sobre todo de tragedia, escenas cotidianas, absurdas, en los márgenes. Una prosa sencilla, con un ritmo que fluye. Me pareció muy muy bien logrado el personaje de Laurita, la protagonista.
" los que se olvidaron de jugar siempre tienen mucha vergüenza de volver a hacerlo"
Espectacular. Compré este libro de casualidad en la Feria del Libro de Rosario, en el stand de la editorial, un stand chiquito de los últimos pisos, y me lleve una hermosa sorpresa. Desde el primer momento sentí que el escritor me estaba planteando algo nuevo y me intrigaba mucho. A medida de que pasa el libro va dejando ver que algo le pasa a la narradora y eso intriga mucho. esta muy bien, disfrute mucho de esta lectura
Soy su editora. Me llegó este libro por email. Había ganado el premio Gombrowicz de novela. Martín Kohan y Ariana Harwicz me lo recomendaron. Aún así lo evaluamos y fue unánime y rotunda la idea de publicarlo.
De esos libros que no sabés hacia donde van y tenés que seguir leyendo sin parar para ver qué es lo que pasa. Atrapante, magnético…la construcción del personaje me pareció simplemente sublime.
Atrapante. Narrado en 1ra persona, la protagonista logra una forma de contar que es difícil para el lector determinar qué grado de realidad tiene lo que relata. Laurita, genera sentimientos encontrados.
Una novela hecha con las palabras que no podemos rechazar, las que vienen a la cabeza cuando no la controlamos y hacen aparecer lo que no podemos aceptar, aunque vengan desfiguradas para que podamos aceptarlas. Toda la novela es la efervescencia discursiva de una narradora que hilvana recuerdos distorsionados y la proyección de un deseo a partir de la muerte del padre a quien cuidó durante su enfermedad. Es un discurso a través del cual intenta (auto)engañarse y fingir una realidad que no puede soportar. Sin embargo, inevitablemente, en un gesto constantemente sintomático, esa verborragia se desliza hacia la muerte, la enfermedad de la madre, las costumbres deplorables del padre, lo que hacen otros y no puede soportar. Hay un intento de erradicar del mundo la muerte como fantasía que obviamente no funciona. Porque, a la vez que niega todo lo que puede desestabilizarla, es una voz que mira al mundo desde la neurodivergencia: es alguien que no puede aceptar las reglas del juego, lo que es necesario callar. Entonces, la novela registra una doble falla: se muestra cómo se mantiene callado lo que no debe ser dicho y lo expone, la desestabilización de lugares comunes y de frases hechas; y se muestra el fracaso de la verborragia, que en la novela se extiende al cuerpo, se retuerce para sostenerse. Lo más interesante es cómo progresivamente se revela la verdad. Porque el lector, al principio, parece estar en el lugar de Laura, su narradora: asume las cosas como ella las cuenta, hasta puede sentirse identificado con la necesidad de negar la muerte del padre y por el maltrato de los hermanos, a pesar de lo inquietante de sus prácticas. Pero, progresivamente, el lector parece darse cuenta (¿solo?) de lo que niega, eso que Laura no puede asumir ni siquiera a través de la anagnórisis. La literatura emerge de esa reelaboración, no como la reelaboración sino con el sentido que produce, es lo que está detrás de todas esas voces que intentan controlar la realidad. Es la mayor declaración de poética de la novela: frente a un presente en el que no se acepta ningún tipo de reelaboración, donde todo tiene que ser concreto y directo, la novela está permanentemente dándole una vuelta más sin negar la realidad, porque todo en ella es sintomático. En tal sentido, quizá el mayor acierto es el escenario: Así como Laura actúa en su casa como si el padre estuviese vivo, la novela imagina que en Epecuén tampoco sucedió la tragedia, que la vida sigue como en un pueblo cualquiera y fantasea. Chulak hace con Epecuén lo que Laura hace con la muerte del padre: negarla, resignificar los recuerdos, seguir viviendo como si no hubiese sucedido