"Un ser humano. Un cuerpo. El recuerdo fugaz de otro cuerpo. Sobrexposición. Yuxtaposición. Me acerco a él entonces, me siento junto a él sobre la cama ampulosa y le doy mis manos. Él las toma, las besa despacio. No habla. Me acaricia dentro del titubeo de los recuerdos. Tiemblo. Vamos a hacer la bienvenida, a saludarnos con el cuerpo para no herirnos. Tendremos que cerrar los ojos, sumergirnos en la oscuridad, invitar al placer para que se nos cierre la memoria. Debe existir alguna manera para detenerla, para esconderse ante su avance, para no dejarse arrollar por su torrente. Para detenerla existe el cuerpo, el presente se difumina en la carne y en el tacto: así se logra la proeza. Pero es temporal. Después del último beso, ya en el momento en que se acabaron los sarcasmos y empezamos a sonreírnos sin el tacto, la memoria destruye la muralla de arena que había edificado el cuerpo."
Los cuentos reunidos aquí, son, entre otras cosas, alegatos en contra del amor. La autora en su prólogo nos da un gran DETENTE, pues eso avisan los relatos. Que vayamos con precaución. Se trata, siempre, de una trampa: el amor a la familia, el amor al hombre, el amor a la mujer, el amor a dos o tres, el amor colectivo y el amor solitario. La condena: tener un cuerpo. Ser sólo uno. Inexorablemente. La salvación: no existe, ¿no ves que la guerra no importa porque ya la perdimos al nacer? Apesadumbrado y rabioso, sin ofrecer escapatoria alguna, el libro se nos abre para mostrar que, sin embargo, compartimos una cotidianidad y, luego entonces, una memoria juntos. Traicionar esa memoria, escapar de esa memoria, reconstruir esa memoria, desplomarse dentro de esa memoria, arrastrar esa memoria parece ser el sino de nuestras vidas; nuestra posibilidad y tal vez nuestro mismo límite.