Hay autores que una vez que terminas de leerles sientes unas ganas tremendas, al menos en mi caso, de tenerlos como tíos o tías, o ya por lo menos como vecinos; que te dan unas ganas tremendas de tenerlos cerca para poderles escuchar o preguntar una y otra vez. Pues con Fernando Vallejo, pasa precisamente todo lo contrario. Suficiente tengo ya de porquerías y actitudes cascarrabias con el hermano de mi hermano, como para tolerar a otro amargado en la familia. Es por eso que les agradezco a todos los dioses —existentes e inexistentes— que me limite sólo a leerlo. Así, de lejitos, la cosa está muy bien. Hasta se disfruta.
La Rambla paralela es un libro totalmente vallejesco de Vallejo. El que no haya leído a Vallejo con este libro puede darse idea de cómo va lo que le fue a Vallejo; y quienes ya le conozcan reconocerán la pluma vallejesca de inmediato. Y es que Vallejo no sólo es un manojo de improperios ante el Papa y sus pinches compinches, ante la política paralítica y los vicios sucios y necios de la humanidad; Vallejo en su prosa nos envuelve no sólo con sus polarizadas y subversivas ideas, sino que también se fía de un juego fonético de la lectura, algo peculiar en su escritura. Juega con los verbos, con los gerundios, con los adjetivos, con los sustantivos, con todo. Y al mismo tiempo que juega con todo eso, juega de pasada con el ritmo de la lectura. Véase un ejemplo digno de vallejismo en el párrafo de la p. 106 de La Rambla paralela (Ed. Alfaguara, 2002). Ah, todo eso, mientras nos platica de su desagradable visita a Barcelona, a una expo-libro donde el país invitado fue Colombia. Y todo eso mientras nos cuenta de su pasado, de su presente (que ya pasó) y su futuro. Y de la relación que hay, de todo ello, con la muerte.
El libro muy bien podría haberse llamado Las jornadas de un viejo escrutador.