Dice Margarita Cuéllar en este libro que «una cosa es construir casas y otra es hacer hogares». Poco después cita a Lousie Bourgeois: «la memoria es una forma de arquitectura». Entre medias, afirma la autora que, a las mujeres, quizás lo que les interesa no el proyectarse en la casa, sino habitarla. Y yo supongo que ahí, en ese hueco entre la memoria y el hogar, está este maravilloso libro.
Geografía doméstica nace a partir de la claustrofobia pandémica. Cuatro paredes y una familia de la que cuidar (porque, seamos sinceras, el trabajo doméstico, lejos de redistribuirse, sigue machacando las manos femeninas) vician el aire y engendran una ansiedad que cristaliza en la huida. Es entonces, en una casa ajena, cuando la autora decide tejer un tapiz que cuenta toda una vida en retazos. A través de los objetos más cotidianos, Margarita Cuéllar avanza y retrocede en una historia que ni comienza ni acaba en un punto concreto, se parece más a una madeja de lana desordenada que va cobrando forma de manta caliente y suave a medida que un par de agujas y unas manos diestras y maestras articulan movimientos para organizar el caos. Una maquina de coser, unas ventanas, una vitrocerámica, todo cuenta una historia, todos los objetos y rincones de un hogar tienen sostienen la memoria de algo (por eso se caracteriza un hogar, ¿no?). Es a través de ellos que la autora presenta temas como la maternidad, la construcción de la feminidad en torno a actividades comunes (y su rechazo posterior por querer desvincularse, precisamente, de esa feminidad impuesta como acto de rebeldía), los vínculos familiares, el duelo, el amor inacabado pero ya irrealizable, el suicidio. Un mapa de una casa se convierte, de repente, en el mapa de una vida, en un paseo por los huecos del recuerdo, incluso de aquello parecía fuera del alcance. Creo que lo más impactante, lo que mejor puede leerse entre líneas, es esa defensa férrea sobre la necesidad de tejer una red de apoyo que nos sostenga en los momentos de debilidad. Porque todo en esta vida se teje y todo en esta vida se parece al tejer: cuidado, paciencia, compañía o soledad, frustración, desesperación, satisfacción, belleza. También ocurre eso con Geografía doméstica.
Leer este libro se siente como escuchar a una mujer mayor, llena de experiencia, ella en el sofá haciendo punto y tú, una persona muy pequeña, sentada en el suelo mirando hacia arriba con la vista fija en su rostro y con mucho miedo a perder algún detalle del cuadro del que te sabes parte; una mujer mayor que te cuenta historias y a ti no te queda más opción que callar cuando toca, preguntar cuando se de la oportunidad y, sobre todo, ver cómo resuenan sus vivencias en ti. Y cuestionártelas. Es entonces, creo, cuando una acaba dándose cuenta de la universalidad de las experiencias femeninas vinculadas a las tareas domésticas. Ahora han adoptado otra forma, pero tras el cristal traslúcido se esconde el mismo polvo de siempre. Margarita Cuéllar descorre las cortinas para enfrentar a todos los lectores ante ese polvo.
Leo a mujeres porque en ellas me encuentro en pasado, presente y futuro. Escribo sobre mujeres porque a ellas les debo parte de mi voz.