Escritora, periodista y docente universitaria boliviano, reside en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) desde 2005. Fundadora, coordinadora y profesora del Diplomado en Escritura Creativa de la Universidad Privada de Santa Cruz (UPSA), es autora del libro de entrevistas Mujeres de Costado (Plural, 2010), del libro de cuentos La composición de la sal (Plural, 2014) con el que ganó el Premio de cuento García Márquez 2015 y su primera novela El sonido de la H, con el cual ganó el Premio Nacional de Novela 2014 (Santillana Bolivia).
Acabo de terminar de leer este libro y la sensación que me generó fue de empatía, ¿pero por qué? Por el horror de la cotidianidad. El dolor es uno de los sentimientos más puros y poderosos que un ser humano puede generar y cada cuento logra crear una especie de conexión, un vínculo con la angustia que viven los personajes en situaciones de duelo, desesperación, pérdida y muerte.
Quisiera enfocarme más en el perfil de cada personaje, porque siento que Magela logró describir cada uno con mucha precisión y profundidad, recordándome un poco a Hemingway y Capote, haciendo que estos transmuten, cobren vida y salgan de las páginas del libro dejando perplejo al lector por su crudeza poética.
Cada cuento es como una herida abierta, latente, que palpita notoriamente, que demuestra que está viva porque siente, porque sangra y porque ese dolor que cala hasta los huesos, funciona como una catarsis, cómo una purificación para el alma que a veces se resigna a dejar ir para poder seguir.
Las pinceladas de melancolía me hacen recordar la fragilidad de la vida, que somos un suspiro que fluye en una corriente que no para, que jamás se detendrá, que desgarra nuestra alma hasta dejarla desnuda y vulnerable pero a su vez, deja una cicatriz invaluable que nos recuerda cómo hemos aprendido de cada situación.
Un libro compuesto por diez cuentos, atravesados, en su mayoría, por las relaciones filiales. Familias rotas y en duelo, pactos entre primos, hijos incomprendidos, maternidades difíciles, etc. Me hace recuerdo a Tolstoi cuando dice: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». Es esta infelicidad de la que escribe Magela, lo íntimo, lo que no se dice, pero debería ser dicho. Somos testigos, también, de la fragilidad de la memoria y esa desesperación por recuperar los recuerdos.
Hace evidente que el monstruo es humano, que no acepta, que castiga porque no comprende al otro; la eterna dicotomía de lo civil versus lo barbárico está presente en “Se escribe con V”, por ejemplo. La dificultad del ser madre de este monstruo y sentir que aún así ahí todavía existe el amor en “¿Qué vas a hacer ahora, Madre?”. Sólo por mencionar un poco de los cuentos.
En lo particular, Magela me ha llevado a casa, a la infancia, a lo que no decimos dentro el núcleo, a los rituales que describe, en suma, a la sensibilidad de los nuestros.
En todos estos cuentos hay muerte, pero lo que importa son las heridas que esas muertes dejan en los que quedan. Son heridas que se esconden en el llanto no derramado de una familia, en ojos que han visto demasiado, en una palabra que se escribe con V e incluso en el cariño. Baudoin escribe con una variedad sorprendente de voces y registros que remiten a tiempos y geografías diferentes. Escribe con la sutileza que la caracteriza, con ese talento que tiene para que el corazón de sus historias sea un hilo de agua que se escurre entre los dedos. Sus cuentos están hechos para leer con mucha atención, pero no solo a lo que dicen, sino las sensaciones que dejan tras su lectura.
Mis favoritos: “Solo vuelo en tu caída”, “Ajayu”, “Los chicos Manara” y “Delirio en rosa”.
Es el libro de cuentos más impresionante que he leído porque normalmente al leer cuentos de la misma autora se vuelven algo repetitivos en el estilo, pero no es el caso de Magela Baudoin donde todos sus personajes tienen maneras diferentes de narrar y corresponde con lo que es el personaje. Me gustó que en Se escribe con v, Delirio en rosa y Ajayu se notara la narración desde el punto de vista de una niña, un gay drogadicto y una indígena, mientras que en Vendrá la muerte y tendrá tus ojos se descubre a una mujer estudiada que ha viajado mucho. Todos los cuentos son diferentes y la cantidad de personajes delimitados por sus propias historias son maravillosos.
Una grata sorpresa leer estos cuentos. En todos está la muerte, pero no es la protagonista sino los vivos que deben lidiar con el entorno y con los suyos y con la muerte.
Me gusta mucho la variedad de registros que utiliza y esa delicadeza para narrar que envuelve al lector.
Me gustó, sobretodo por que son historias de duelo cotidiano de la vida del día a día, todos nuestros días contienen cierto duelo en nuestras historias.
Se debería de editar más a Magela Baudoin. Es una gran cuentista. El eje del libro es la muerte, desde diferentes lugares, pero siempre con ese sabor inquietante.