Manuel Buendía fue militante panista en su juventud. Ello le dio una primera visión, desde dentro, de las agrupaciones políticas conservadoras en nuestro país. Al paso del tiempo, su evolución ideológica lo condujo a examinar de manera muy crítica la función de la derecha mexicana, en donde sobresale la que se expresa a través del Partido de Acción Nacional. Pero su preocupación mayor -porque percibió las diferencias de la oposición leal y la ilegítima- a este respecto estribó en el análisis de las organizaciones de extrema derecha, que desde 1965, cuando dirigía el semanario Crucero, fundado por él, atrajeron poderosamente su atención. A partir de entonces, Manuel Buendía no se apartó de ese fundamental interés, desde la inequívoca convicción de que: el periodismo es una forma de acción política, una manera de tomar posiciones en la sociedad civil. Con frecuencia se oye a periodistas dedicados a la política, pretendiendo justificar una neutralidad que sólo existe en sus conciencias, que periodismo y política son actividades ineludiblemente vinculadas. La diferencia entre quienes lo saben, y asumen las consecuencias de tal ligazón -y quienes se rehúsan a aceptar esa realidad- consiste en la mayor certidumbre con que abordan los temas relacionados con la política. Por esa razón, entre otras, el trabajo de Manuel Buendía como columnista político fue especialmente notable y provechoso para México. No se identificaba su tarea en los tres últimos decenios con ningún partido político, pero eso no significó que estuviera ausente de compromiso. Como lo revelan las páginas contenidas en este libro, Manuel Buendía practicó de manera cotidiana una forma de periodismo que era combativa, no como resultado de una deformación psicológica, sino de una visión política, de nuestro país y de sus pobladores más necesitados: aquellos cuyo destino busca ser cegado por el pensamiento y las acciones de la ultraderecha.
Si existe una profesión de riesgo genuino en nuestro país es la del periodista, los números estremecen. Así como hay guías sobre la variedad de venenos que usaba Agatha Christie para los asesinatos en sus ficciones, también deberían hacer una funesta lista sobre los diferentes métodos de ejecución contra los periodistas, valga decir, mucho menos rústicos los que suceden por acá que en otras latitudes. En parte porque la mayoría son perpetrados por el crimen organizado o el Estado, muchas veces confundidos el uno con el otro, o bien, el primero una extensión natural del otro o el segundo un obediente sirviente de los intereses del primero, o mucho más sencillo el asunto: los dos, sin importar su atroz relación, como enemigos naturales del dinámico y comprometido hombre de letras.
El ilustre Manuel Buendía vuelve a estar en las novedades por un documental y, como sucede en estos casos, su figura pasó a erigirse en leyenda y su poderoso vínculo terrenal, a pesar de las intenciones, se simplificó junto a su densa coyuntura histórica. Lo que desde entonces ha sido normalidad es la derecha respingona, atávica y violenta que tenemos. Un decenio y medio después de su asesinato el PAN entraría triunfal a Los Pinos barriendo con su llegada muchos proyectos e ilusiones nacionales, terminando de asentar el neoliberalismo y la implantación absoluta del Terror que, hasta la fecha, azota cada rincón del país, y a Buendía podríamos definirlo como una de las víctimas fundacionales del mestizo Realismo Narcocapitalista. Nuestra realidad cotidiana.
La prosa juguetona de Buendía contrasta con los datos fríos que suelta en sus párrafos. Ilustraban -y lo siguen haciendo- sobre la presión que el clero y los grupos empresariales, en flagrante connivencia, realizan sobre la opinión pública. Data de 1966 la primera columna, donde ya se deja ver de qué pata cojean estos extremistas: casi siempre se trata de poner la bomba en la casa, la oficina o el negocio de un "comunista", de un "masón" o de un "judío"; las tres encarnaciones de Satanás, según las reglas del club. Lo que, a su vez, deriva en una lucha encarnizada contra la "conspiración judeo-masónica-comunista", en esencia, la misma que los conspiranoicos del siglo XXI ven al panorama del COVID-19, la historia siempre se repite: ku-klux-klan vernáculo, criptocomunistas, buenos samaritanos del puñal, muerte por 'intoxicación plúmbea', verdadero rostro del fascismo con mariachis, fascismo criollo.
En el artículo "Racistas", fechado el 23 de febrero del '68, se lee que esa enorme capacidad de las masas para ser motivadas si la propaganda es persistente parece sustentar el planteamiento de Mark Fisher casi cincuenta años después cuando asevera que si hay algo que la derecha entendió es el poder encantador de repetir un simple mensaje hasta el cansancio: la política como programación neurolingüística. Asimismo, su acción podía palparse desde las cenizas de la sociedad alemana, pasando por Argentina y España hasta llegar al benemérito Cinturón de Castidad, conformado por Jalisco, Colima, Michoacán, Guanajuato -Ah, el Bajío, cuna del sinarquismo-, Querétaro y Puebla. Bastiones de la región central de Mochotitlán. Los cuates de la Providencia.
La globalización criminal, la propedéutica del Terror impartida por agentes americanos se extiende hasta los carteles, las tácticas se heredan. Uno de los mejores artículos es "¿Cuáles fascistas?", 25/02/75/, donde se toca el tema de la banalización de sobremesa del fascismo. Un fascismo sin rostro del que se sabe pero jamás se pronuncia, pues nosotros, pueblo simulador(sic) por excelencia, hemos llegado a convenir tácitamente el no hacerlo. Es un monstruo amorfo que ora sataniza vacunas, ora se lanza en cruzada contra libros de texto, un cacerolismo de rumores donde están inmiscuidos panistas, ¿suena familiar, verdad?
Intentos de desestabilización contra los gobiernos en turno en base a una finísima estrategia de rumorología, subvencionados por industriales del norte con sucursales empresarialmente ideológicas en Puebla y Guadalajara. En "Cacerolismo en acción" del 25/04/75, Buendía explica con lujo de detalle estas agrestes embestidas. Con el pasar de las columnas, nos enteramos del carácter reaccionario de las facciones agresivas contra otras facciones agresivas, y ahí relucen con luz propia los Tecos, o sea, la UAG, unos de los mayores centros fascistas de Latinoamérica, en palabras de Buendía. Libelos salvajes, asesinatos entre adoradores de la cruz, Opus Dei cargada a la izquierda, papas judíos, en suma, variopinta fauna poscristera en medio del clima de la Guerra Fría.
Buendía también se encarga de tundir a la fracción extremista que nace del fondo y a la izquierda. Las relaciones causales que hay entre fútbol y fascismo, y grupos Pro Vida y fascismo se exploran, brevemente claro, en las columnas de principios de los ochenta. El plano de las conexiones derechistas es vasta y abrumadora, queda claro que al final de sus días, se acrecentaba los ataques frontales contra la UAG y su misión de enlace de intereses criminales de la CIA y el antisandinismo. Y poco antes, ya nos decía del irrespirable aire de Jalisco, el tufo narcocapitalista que sigue imposibilitando el bienestar en el estado.
Žižek en sus escritos durante los conflictos balcánicos, aseguraba que la neutralidad ya implicaba tomar partido, justo de la manera en que por acá algunos se afanan en el mítico mantra mesocrático del ni de izquierdas, ni de derechas. Ignorar lo que sucede a la vuelta de tu casa no lo desaparecerá ni te hará menos culpable, pero bueno, después de todo, nunca se sabe, ¿verdad que no? ¿Verdad? ¿Verdad?