"Al andar se hace camino, / y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar..." Este poema de Antonio Machado, enorme en su simpleza, es el mayor epígrafe, el mejor leit motiv para una novela como ésta. No en vano su título procede de ese verso, que encierra, resume y sustenta todo el contenido de esta obra.
Una ficción de la no-ficción. Así podría definirse esta novela del colombiano Juan Gabriel Vásquez, que toma la biografía del cineasta y compatriota suyo Sergio Cabrera y la de su familia, su padre el actor y director de teatro Fausto Cabrera, su madre y su hermana, y le da la forma que una historia tan rica y llena de Historia (con mayúsculas) merecía. Y es que la vida de Sergio Cabrera es cinematográfica y novelística. En sí parece una ficción inocurrible, pero ocurrió.
Por estas páginas se narra la historia de una familia comprometida al extremo con la ideología marxista -originada en Fausto, el padre- y lo que el adoctrinamiento y la fe ciega pueden llevar a hacer a una familia común, a un hombre o a una mujer corrientes. Exiliado de España tras la guerra civil española, Fausto se marcha hacia Colombia con su familia, en donde luego de varias peripecias conoce a su esposa con la que tiene dos hijos. Su talento para la declamación, con el que se empieza a ganar el pan, pronto le llevan a la actuación y del teatro a la televisión, siendo uno de los pioneros de la televisión colombiana. Estando en ello, y ya siendo militante del partido comunista, recibe una invitación como profesor en la China socialista de Mao. Allí llega con su familia (Sergio siendo un niño de diez años) a hospedarse en el Hotel Amistad (así, orwelliano), el refugio burgués de los extranjeros funcionarios en China. Pero esa vida de comodidades y aburguesamiento no es del agrado de Fausto, ni de ninguno de los miembros de su familia, que rápidamente empiezan a pensar igual... que su padre, que los propios habitantes chinos sumisos y convencidos del Régimen y de su semi-dios Mao.
Y así, de las comodidades del Hotel Amistad, Sergio junto con su hermana pasan al vacío Hotel de La Paz (también orwelliano), ahora solos, pues sus padres han decidido regresar a Colombia a hacer la revolución (en pleno surgimiento de los grupos armados irregulares) y que sus hijos se formen en China. Allí, aunque por su insistencia ya que al parecer el gobierno o sus funcionarios no querían extranjeros metidos muy adentro de su sistema, trabajan en el campo, en una fábrica de relojes y llegan a ser guardias rojos, en donde aprenden tácticas de guerra, manejo de armas y de explosivos. Todo esto antes de cumplir la mayoría de edad. Esto, con el beneplácito de sus padres que en Colombia realizan otras acciones clandestinas.
Lo que sigue es un relato impresionante sobre la incursión de ambos hermanos en la guerrilla colombiana, su madre como agente secreta (que consigue muchas cosas gracias a su propio origen burgués), y el choque de bruces contra la realidad de la lucha armada y los adoctrinamientos. Una asombrosa vida vivida por pocos, de la que no ampliaré para no arruinar la lectura a nadie.
Pese a todo lo que cuenta, esta novela no es un mea culpa, ni una larga confesión de arrepentimiento, ni un recuento de los daños, ni una epifanía o la tan esperada revelación del arrepentimiento de un revolucionario o ex-guerrillero que expía sus culpas. No, no tiene ese tono que sí tienen otras novelas contemporáneas con temáticas y estilos que podrían considerarse análogos (Por ejemplo, El hombre que amaba los perros, de Padura, o El olvido que seremos, de Abad Faciolince). Su tono más bien es neutro, casi neutral, de no ser porque las consecuencias de todas esas guerras, regímenes y luchas armadas marcadas por las ideologías marxistas son conocidas por todos. Ciertamente la China de hoy no es la de aquella época de la Revolución Cultural (sesentas y setentas) pero ya la Historia ha revelado lo que ocurría casa adentro en esos años, y en este libro también se muestra una parte de ese absurdo orwelliano, una vez más.
Esta es una historia de familia, pero también es la historia de la Humanidad del Siglo XX marcada por las utopías fallidas y las consecuencias que acarreamos de aquello hasta el día de hoy. No obstante, este es un libro que trata de ser objetivo y respetar la naturaleza de las cosas y de la acción, por lo que narrativamente tiene pocos o ningunos intentos de analizar, calificar, o usar herramientas moralizantes o de moraleja alguna. Su narrativa es límpida por esa causa, el lenguaje claro y conciso, fluido y sin florituras ni vericuetos. Salvo su estructura que incluye justos y precisos avances y retrocesos en el tiempo (la novela está contada en dos tiempos, el "presente" y el "pasado", al que se vuelve la vista atrás), toda la narración es aristotélica, sin pretensiones, completamente honesta y clara.
Realmente una gran lectura, muy recomendable.