Fini, una joven vienesa cuyas convencionales aspiraciones de vida se ven modificadas por los distintos hombres que van apareciendo ante ella, es la protagonista de “El espejo ciego”, una breve narración (con “altos registros líricos” y aderezada con “la ironía más punzante”, dicen los editores) del magistral Joseph Roth, de una “belleza sorprendente, tanto por su estilo retórico cargado de imágenes evocadoras, como por el argumento”, como aseveran en “El Diario Montañés”.
Los tres hombres, que llegan, justo es decirlo, después de que Fini “está ya mala” (es decir, de que llegó su primera menstruación), son Ernst, un joven pintor que despierta la ilusión del primer amor en nuestra protagonista; Ludwig, un violinista ya mayor, quien la seduce prometiendo un cariño inconmensurable, con quien termina casada aunque en un matrimonio desahuciado desde el inicio; y Rabold, un revolucionario con quien Fini huye, sin importarle las catastróficas consecuencias de este hecho.
Además, como es usual en Roth, de trasfondo tenemos el conflicto bélico: el padre de Fini vuelve de la guerra; vivo, sí, pero ya no es el mismo: ha perdido, como todos los que de alguna forma u otra padecieron las hostilidades, esa chispa vital, que los vuelve muertos en vida.
El título del relato procede de un fragmento, en el cual Roth dice: “Pero quien, como nosotras, sale de una casa estrecha y crece en una habitación en la que cuelga un espejo ciego, durante toda su vida sigue siendo una persona pusilánime e insignificante”. Una cruel reflexión sobre el sentimentalismo y la imperturbabilidad de carácter que algunos manifestamos durante toda nuestra existencia.