Edward Hopper ha sido un tema recurrente en las obras anteriores de Jeremías Gamboa y tal vez sea por eso que esta novela también me lo ha recordado. Ya en el primer párrafo se describe una escena que me llevó inmediatamente a imaginar un cuadro de este pintor. No digo que ese cuadro exista, sino que la descripción que hace el narrador perfectamente podría ser de un cuadro de Hopper. Y ya sabemos que hablar de Hopper es hablar de soledad, es hablar de lugares en que la presencia de personas no basta para evitar la opresión que causa el aislamiento, la incomunicación y el peso de las estructuras en el ser humano. ¿Se valida esta impresión una vez que se avanza en la novela?
Todo el relato transcurre en una noche. Un estudiante peruano, de treinta y algo, contesta un aviso de un estudiante gringo de su universidad para intercambiar conversaciones que los ayude a este en su inglés y a aquel en su español. Poco a poco, esta relación de mutua conveniencia se profundiza al tener ambos la literatura como un interés común. Una noche, Nate lo invita a ir con él para reunirse con unos amigos y así comienza este periplo nocturno por una ciudad universitaria tan pequeña que ni siquiera se ponen de acuerdo en decidir si es o no una ciudad.
En este recorrido nocturno, nuestro protagonista, cuyo nombre no se menciona hasta casi el final, vuelca sus impresiones, sus temores, sus inquietudes, en reflexiones y conversaciones con aquellos estudiantes a quienes apenas está conociendo. En gran parte de su extensión, la novela aborda la vida interior de este grupo que apenas se conoce, pero especialmente del protagonista quien, se entiende, está en una permanente huida de una vida anterior, de un país que ha dejado profundas cicatrices que no sabe cómo sanar.
En principio de nuestro protagonista no sabemos casi nada, solo que viene de Sudamérica y de a poco uno se va enterando de otras cosas: que su salida de su país se debió, tal vez, al terrorismo de Sendero Luminoso, aunque esa idea no queda tan clara; que posiblemente haya sufrido discriminación racial en su país; del choque cultural que le produce el vivir en un país tan distinto al suyo.
Animales luminosos es una novela corta, poco más de 200 páginas, pero en su sencillez, resulta bastante compleja y hasta se adivina algo de autobiográfico. No es una novela que supere a la anterior, pero veo en ella una forma distinta de narrar un mundo que, si bien conocemos, adquiere una forma literaria que hace que la historia salga de lo común.
Observaciones:
Página 12
"le gustó porque queda cerca a su casa"
> El adverbio "cerca" forma grupo con la preposición "de", no "a".
Página 72
"camisetas que pretenden desaliño"
> En español el verbo "pretender" no significa simular o aparentar.
Página 99
"se enrosca cobre el cuello"
> sobre
Página 102
"Está algo lejísimos de casa"
El uso de dos adverbios donde uno indica "poco", "no muy" y el otro está en grado superlativo absoluto, resulta una construcción extrañísima, contradictoria y difícil de entender.
Página 207
"ha visto la ascua relumbrar"
> el ascua
Trivia
La escena con la familia de la chica que comienza en la página 181 es muy similar a la que se relata en el capítulo 2 de Contarlo todo.