El Neolítico ha sido considerado uno de los momentos claves de la historia de la humanidad. El paso de una economía basada en la caza y la recolección, que había pervivido durante centenares de miles de años, a otra fundamentada en la domesticación animal y vegetal, produjo cambios revolucionarios que no solo afectaron a los productos consumidos, sino también a nuestra forma de organizarnos socialmente, a los modos de vida y sus efectos sobre el paisaje, a la tecnología, a las creencias, etc. Este libro ahonda en aquellas primeras comunidades neolíticas, que surgieron en Próximo Oriente y que se expandieron por toda Europa en pocos siglos, de las que somos sus directos herederos.
Juan F. Gibaja es científico titular de la Institución Milá y Fontanals del CSIC. Su investigación se centra en la transición mesolítico-neolítico en el Mediterráneo. Asimismo, dirige y participa en numerosos proyectos de divulgación científica. Juan José Ibáñez es investigador científico en el grupo de investigación Arqueología de las Dinámicas Sociales, de la Institución Milá y Fontanals del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Trabaja en el estudio de los orígenes del Neolítico en Próximo Oriente hace más de 25 años. Millán Mozota trabaja como colaborador de I+D+I en arqueología y divulgación en el CSIC. Su tesis doctoral abordó las sociedades neandertales y sus herramientas en hueso en el Pleistoceno superior de la península ibérica, y en la actualidad trabaja en la arqueología neolítica y en numerosas iniciativas de divulgación inclusiva.
Muy buen acercamiento al período Neolítico. Atiende a todos los factores que intervienen: agricultura, ganadería, enterramientos, creencias, utillaje, … Desde el Natufiense en Próximo Oriente pasando por el Mediterráneo y el centro/norte de Europa. Alguna mención a los comienzos del Neolítico en Asia, África y centro/sur de América, pero circunstancial. Centrado en Europa con especial atención en La Marmotta (cerca de Roma) y el noreste español (Cataluña).
Me ha gustado porque está bien explicado, accesible, comparando con la última etapa mesolítica de cazadores-pescadores-recolectores para analizar esos cambios, y considero que bien organizado temáticamente.
La transición de la humanidad hacia el Neolítico se produjo, en primer lugar, en Próximo Oriente, aunque pronto se unieron otras regiones en cascada, en Asia Oriental, Centro y Sudamérica o África subsahariana. Pero ¿por qué se produjeron estos cambios?
Se ha descubierto que ni las sociedades cazadoras-pescadoras-recolectoras (c-p-r) eran tan miserables como se pensaba, ni la vida de los agricultores y ganaderos era tan opulenta. De hecho, la vida de los c-p-r había sido, hasta cierto punto, más saludable que la de los segundos, quienes sufrían regulares periodos de hambruna por las malas cosechas y se veían afectados por las epidemias, fruto de su vida en comunidades y su cercanía a los animales. Tenían más horas de trabajo y, a medida que aumentaba el tamaño de los poblados, había espacios más reducidos para cada persona.
El aumento de la violencia se inicia con las primeras prácticas agrícolas y pastoriles, llevándose a relacionar con el aumento demográfico y el control de recursos, territorios y riquezas, es decir, con la propiedad privada. Así mientras las comunidades del Paleolítico y Mesolítico basaban su organización social en la cooperación y alianzas, los del Neolítico se caracterizaban por sus antagonismos, conflictos y propiedad privada.
Pero nunca nada es blanco o negro. Al empezar a cultivar los campos y cuidar el ganado aparecieron otras necesidades, que generarán desarrollos tecnológicos de todo tipo (cerámica, transporte, silex, obsidiana…). Las funciones económicas, sociales y religiosas de las personas se fueron diversificando y especializando. Los yacimientos nos dan pruebas de conocimientos farmacológicos e incluso medicinales y quirúrgicos que tenían aquellas comunidades: opio como anestésico, alcohol para evitar infecciones y como narcotizante, hongos para bajar la fiebre, cirugía para trepanaciones…
En el pasado nómada, basaban su hogar en estructuras bastante efímeras. El tipo de asentamientos dependían del tiempo de ocupación y las actividades que iban a realizar. El Neolítico supone el enraizamiento de las comunidades a un territorio, a un hogar.
Las comunidades neolíticas desarrollaron un trato cercano hacia sus difuntos. Se cuidaba la muerte con vistas quizás a una vida en el más allá. Con edificaciones destinadas al ritual y al culto, se produce un cambio en la iconografía y el mundo de las creencias. Las representaciones de animales y seres abstractos son dejadas atrás poco a poco frente a la nueva soberanía del ente humano. Esto refleja una nueva mentalidad colectiva de autoafirmación con respecto a la naturaleza, que comenzaba a ser dominada mediante domesticación.
Durante el proceso de domesticación, los seres humanos escogieron entre las poblaciones de diversas plantas y animales a los individuos que mejor se reproducían de acuerdo con sus necesidades.
Para entender la neolitización debemos evaluar cada uno de los escenarios a nivel regional. No se movían en intervalos o distancias regulares, lo hacían cuando era necesario, circulando a pie o con embarcaciones (hacia lugares seguramente desconocidos).
El establecimiento de una red de intercambios fue fundamental para la transmisión de productos, animales y experiencias, asegurando el éxito y la consolidación de las nuevas formas de vida neolíticas.
Los años pasaban y todo fue transformándose: nuevos territorios, contactos entre grupos, nuevos materiales, avances tecnológicos, modelos de asentamiento, tipos de casas, grado de sedentarismo, transmisión de conocimiento… Unos cambios que ni son globales ni suceden a la vez, producidos de forma arrítmica.
Pero viendo cómo se produjo la transición, debemos contestar a la pregunta, ¿Por qué?
Se han propuesto diferentes piedras filosofales para explicar el porqué del Neolítico: la ley del progreso, el aumento poblacional, el cambio climático, el interés de la riqueza individual, la generación de excedentes, la nueva religiosidad…
No hay un motor único. Las sociedades prehistóricas no apercibían la dimensión de los cambios que estaban aconteciendo. Parece entonces que la transición fue posible porque las sociedades estaban preparadas para protagonizarlo.
El Neolítico marca, en definitiva, el punto de inflexión en la historia humana, donde dejamos de ser meros habitantes de la naturaleza para convertirnos en sus transformadores. Este proceso, más que una revolución repentina, fue una adaptación paulatina a nuevas realidades, nacidas tanto de la necesidad como de la oportunidad.
Es curioso pensar que los seres humanos, en su constante búsqueda por mejorar su supervivencia, acabaron creando nuevas estructuras que no solo garantizaron su permanencia en el tiempo, sino que también configuraron nuevas formas de interacción, poder y conflicto. La invención de la propiedad privada, la especialización y el sedentarismo trajeron consigo ventajas incuestionables, pero también tensiones que nos acompañan hasta hoy.
El Neolítico no solo nos muestra el potencial de la adaptación humana, sino también el eterno dilema entre el progreso y sus costes. Así, aunque la naturaleza se haya domesticado, la pregunta que aparece es si nosotros, como humanidad, somos también producto de nuestra propia domesticación.
Un magnífico ensayo para introducirnos en esta etapa de la prehistoria. Conciso, claro y un ejemplo de lo que debe ser la divulgación para los no expertos. Excelente.