En el Taipei de principios de los 90, Lazi narra su vida y la de un grupo de jóvenes universitarios con los que se relaciona. Todos ellos son queer, y cada uno lidia con ello a su forma y bajo sus propias circunstancias, pero de alguna manera se atraen entre ellos, encontrando los unos en los otros a un igual, a un semejante, a otra persona que está pasando por lo mismo que ellos, a otra persona que siente y vive al margen de lo que la sociedad y las normas del decoro dictan, a otro ser humano que sufre y padece las mismas dudas, las mismas incertidumbres. A través de ocho largos apuntes realizados por Lazi, descubriremos los sentimientos de esta hacia la vida, hacia los demás y hacia sí misma.
Cualquier lector que lleve gran parte de su vida leyendo, sabe de buena tinta que a lo largo de esta, son muchos los libros que nos van a apasionar, consiguiendo crearnos adicción mientras los leemos, provocarnos felicidad o hacernos echar alguna lagrimita. Muchos de estos pasaran a convertirse en parte de nuestros grandes favoritos, libros que al pensar en ellos logran sacarnos una sonrisa, producto de esa gran experiencia que produjo su lectura y que aún se mantiene en nuestro recuerdo. Pero los lectores también sabemos que, lo que no pasa con tanta frecuencia es que un libro te arañe la piel hasta desgarrártela, que se introduzca dentro de ti y te retuerza las tripas, que te encoja el corazón hasta tal punto que te sumerjas entre sus páginas aterrado, no porque sea un libro de terror, si no porque en él puedes ver reflejado tus peores miedos, tus momentos más vulnerables. “Apuntes de un cocodrilo” ha significado todo esto para mí.
La incertidumbre persistente, el dolor que provoca la falta de aceptación de la sociedad, lo cual repercute en la propia, y la sensación de estar constantemente sobreviviendo es algo que cualquier infancia, juventud e, incluso, madurez queer ha experimentado. Enfrentarme a personajes como Lazi, Shuiling, Chukuang, Mengsheng, Tuntun o Zhirou, verme reflejado en sus sentimientos, en sus inseguridades, en su búsqueda infinita para descubrir quienes son, su propia autodeterminación como personas libres que desean, ha sido duro. En ese sentido, leer este libro ha sido toda una catarsis para mí, mientras me empapaba de cada página de esta obra de Qiu Miaojin, sentía incomodidad y desasosiego, por el recuerdo de demasiados pensamientos intrusivos que me resultaban familiares, pero sentía también mucha comprensión, y esa sensación de sentirse comprendido, de comprobar que las vidas de las personas queer, incluso aunque estén separadas por diferentes continentes, no están tan alejadas, y todos pasamos por lo mismo, todos tratamos de sobrevivir como mejor podemos, también tienen un increíble efecto sanador.
Y estas ganas de sobrevivir, de encajar es sobre lo que todo el tiempo reflexiona nuestra protagonista, hasta el punto de tratar de contener su propia naturaleza, de suprimir lo que es, lo que siente, para ajustarse a lo que la sociedad espera de ella. Lazi lucha contra si misma, contra la atracción que siente por otras mujeres, y esto la sumerge en un mar de dudas y de sufrimiento. Sin embargo, uno es lo que es, y su verdadero ser siempre vuelve a emerger a la superficie, por más que trates de esconderlo en el fondo del mar, así que tanto Lazi, como el resto de personajes, navegan continuamente en la contradicción resultante de lo que son y lo que tienen miedo de ser. Por ello, la violencia inunda la vida de estas personas, se castigan a sí mismos y a otros, sus sentimientos pasan del amor al odio, y de la exaltación de este afecto al desprecio que les genera disfrutar de dicho sentimiento. El suicidio como única forma de salvación y descanso, se convierte en un tema recurrente para los personajes.
"Apuntes de un cocodrilo" no es una historia sencilla, y no solo por su dureza, sino también porque funciona como un diario de anotaciones de su protagonista, en el que va plasmando sus sentimientos y vivencias para desahogarse de su dolor, tratando de comprender lo que siente y encontrar una cura para sus heridas, por lo cual, es una lectura compleja y profunda. Además, hay tanta cantidad de verdad en esta novela, que está plagada de reflexiones y pensamientos que te dejan pensando durante horas, por eso la mejor manera de leerla, es con los cinco sentidos puestos en ella, sin perderse ni una sola palabra.
La historia muestra a la propia ciudad de Taipei como un personaje más, sus calles se funden con sus personajes, un Taipei que avanzaba hacía la modernidad, pese a la reticencia de los más anticuados, aportando ese punto de ambientación que termina de redondear esta exquisita obra. Si ya tenía ganas de poder visitar algún día Taiwan y ver con mis propios ojos Taipei, está novela ha conseguido intensificar aún más si cabe este deseo. Mención muy especial merece la metáfora del cocodrilo, que quizás resulte desconcertante inicialmente, pero que va tomando forma poco a poco hasta que las piezas comienzan a encajar y todo queda perfectamente plasmado.
Me he sentido completamente identificado con el personaje de Lazi, y muy conectado con al autora, ya que, a poco que hayas leído algo sobre su vida, sabes que esta historia, pese a ser de ficción, habla sobre ella, sobre sus sentimientos, su identidad y su dolor. La vulnerabilidad de la propia autora traspasa las páginas y es imposible no conectar con ella, de entenderla, de saber que has pasado por eso, que sabes lo que es. Aprovechando que la propia autora cita varias veces a Haruki Murakami durante la obra, quería acabar mi opinión sobre esta joya compartiendo una cita del autor que para mí refleja muy bien porque he sentido que traspasaba las páginas y hablaba directamente con la propia autora, esa joven taiwanesa que luchaba por aceptarse en un mundo que no quería aceptarla, como si de tú a tú nos abriéramos el uno al otro, pese a los miles de kilómetros y años que separan nuestras vidas. Por favor, leed a Qiu Miaojin, leedla. La cita es la siguiente:
“Los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen, mas bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Ésos son los cimientos de la verdadera armonía”.