The war on drugs is a war on ordinary people. Using that premise, historian Richard Lawrence Miller analyzes America's drug war with passion seldom encountered in scholarly writing. Miller presents numerous examples of drug law enforcement gone amok, as police and courts threaten the happiness, property, and even lives of victims―some of whom are never charged with a drug crime, let alone convicted of one. Miller not only argues that criminal justice zealots are harming the democracy they are sworn to protect, but that authoritarians unfriendly to democracy are stoking public fear in order to convince citizens to relinquish traditional legal rights. Those are the very rights that thwart implementation of an agenda of social control through government power. Miller contends that an imaginary drug crisis has been manufactured by authoritarians in order to mask their war on democracy. He not only examines numerous civil rights sacrificed in the name of drugs, but demonstrates how their loss harms ordinary Americans in their everyday lives. Showing how the war on drug users fits into a destruction process that can lead to mass murder, Miller calls for an end to the war before it proceeds deeper into the destruction process.
This is a book for anyone who wonders about the value of civil liberties, and for anyone who wonders why people seek to destroy their neighbors. Using voluminous examples of drug law enforcement victimizing blameless people, this book demonstrates how the loss of civil liberties in the name of drugs threatens law-abiding Americans at work and at home.
"The War on Drugs is a War on Ordinary People." Though a bit dated now, this book is an excellent analysis of the many social implications of our drug policies. Miller writes about the dehumanizing process that drug users now face and compares it to the similar practices of Nazi Germany towards the Jews. Highly recommended!
En Drug Warriors and Their Prey, Richard Lawrence Miller, apoyado en el estudio de la maquinaria burocrática de destrucción humana descrita por Raul Hilberg en su obra magna sobre el holocausto (La destrucción de los judíos europeos, 1963), lleva a cabo una disección de la persecución legal, política y social a la que se han visto sometidos los usuarios de drogas ilegales en Estados Unidos desde la administración Nixon y la compara con el conjunto de artefactos y leyes que fueron utilizados por el nazismo para primero condenar al ostracismo y posteriormente eliminar a la población judía en Europa.
Al autor le basta con dar lugar en su obra a una recopilación precisa de los abusos autoritarios llevados a cabo por el brazo ejecutor de la ley estadounidense representado por la policía y otros órganos gubernamentales, fundamentalmente la Drug Enforcement Administration (DEA), y del conjunto de tropelías judiciales anticonstitucionales que se vieron amparadas por la deriva social guiada por la manipuladora propaganda política antidrogas iniciada en los años 70, para poder trazar los paralelismos existentes entre la situación vivida en Estados Unidos por los usuarios de drogas ilegales y el conjunto de leyes y mecanismos institucionales que se desarrollaron en la Alemania nazi en contra de los judíos.
Ante la avalancha de datos de investigación periodística aportada en este libro el lector no puede sino sobrecogerse ante la impunidad con que el gobierno más poderoso e imitado del planeta definió al usuario de drogas como el enemigo número uno de su propia sociedad y se embarcó en el desarrollo de una maquinaria de poder kafkiana en su lucha contraria a las libertades más básicas del ser humano. Una lucha que como se empeña con éxito en señalar el autor, se fundamenta en una serie de medidas que son tan contrarias a la Constitución de los Estados Unidos de América como al derecho internacional instaurado por las Naciones Unidas tras los juicios de Nuremberg (1945-46).
La laxa e interesada determinación de todo usuario de drogas ilegales como un ser enfermo y criminal con el que hay que acabar; los mecanismos de estigmatización, aislamiento y destrucción de oportunidades sociales impuestas por los denominados “guerreros de la droga” en contra de los consumidores; el enriquecimiento del Estado y de las estructuras policiales a partir de las confiscaciones y los embargos de la propiedad privada de las víctimas de la guerra contra las drogas; el consecuente empobrecimiento que puede llevar a la muerte precipitada de los damnificados por estas medidas... Todo esto queda recogido en este libro que no he podio sino leer con la rabia y la impotencia propia de quien se siente defensor de los derechos humanos y las libertades individuales y observa una injusticia de este calibre; sobre todo cuando uno es sabedor del fracaso absoluto al que se ha visto abocado esta irracional batalla contra la libertad del humano para decidir sobre sí mismo.
Si bien se trata de un libro un tanto desactualizado por haber sido publicado en 1996, se me antoja una obra fundamental para entender los orígenes de la ya desde un inicio frustrada batalla contra las drogas, así como el fracaso de la “justicia” en la que se amparó el gobierno estadounidense para cometer crímenes contra la humanidad tanto en su propio estado como a nivel internacional por ser su modelo de prohibición el modelo de referencia a nivel mundial. Un absoluto fracaso de la historia de la política postdemocrática que si bien ha ido diluyéndose muy lentamente con el tiempo, aún sigue afectando a niveles alarmantes tanto a los propios Estados Unidos como al resto de países prohibicionistas que han importado, bien por conveniencia o bien por imposición, la base ideológica de la lucha contra el consumo de drogas, o lo que es lo mismo, la lucha contra un rasgo de carácter inseparable de la naturaleza humana, la lucha contra la libertad del individuo para actuar sobre su propio cuerpo.
Probablemente lo más doloroso para el que estudia la historia de la ilegalización del consumo de drogas es el darse cuenta de que en ningún momento los directores de orquesta de la prohibición tuvieron buenas intenciones para con el ciudadano, sino que siempre se trató de lo mismo: un mecanismo de criminalización de seres humanos normales que da lugar al mantenimiento de un gobierno autoritario sobre la población y que es apoyado por un conjunto de ciudadanos incapaces de pensar por sí mismos que dirigen su energía negativa hacia la opresión de un chivo expiatorio definido desde las esferas de poder.
"La guerra contra las drogas enmascara una guerra contra la democracia". Eso piensa R. L. Miller y yo no puedo estar más de acuerdo.
As a drug warrior I am in agreement with the description of the costs of the drug war on our society and body politic. Everyone should read this book while we still have any semblence of a constitution