Al final de la lectura existe una sensación densa de incertidumbre y angustia que se queda en mi pecho. Dormiré con ella. Es más palpable la sensación de un ciclo interminable, de un limbo, cuando al leer no sé que día es o cómo terminan las cosa (algo común en la literatura japonesa, la no existencia de finales tajantes o su percepción para el lector occidental). La vida no termina, prosigue la angustia y una casi rueda karmica que la lleva un peldaño más abajo de su deplorable situación de pobreza o uno más arriba, que basta con la amabilidad de los otros y los momentos breves de algo similar a la felicidad, algo que provoque las lágrimas de conmoción.
Su prólogo fue más un graznar de cuervo, una advertencia, que una bienvenida. Provocó que continuara para asomar mi mirada al interior de su vida. Me encantó, al punto que querer aproximarse a otras obras suyas en cuanto tenga la ocasión.
Sin embargo, puede parecer difícil para entender considerando la época que refleja la autora, desconociendo elementos de la cultura o menciones uno regresa a las notas de pie para aclarar o continuar ignorando esos elementos extranjeros (lo que me parecería un error). La naturalidad dada del diario hace inevitable conocer, sino experimentar abstractamente su tiempo, sus costumbres y su vida. Además, se presenta un rico panorama de autores japoneses y extranjeros, que desconocía, y que si el lector es curioso (como yo), saltará a buscarlos después en wikipedia.
Incluso el vacío presenta un atractivo. Aquello saltos de meses, que mi curiosidad inherente pide llenar, se presentan en su inexistencia como parte de la verosimilitud en la noción de un diario (que no pide constancia sino desahogo al necesitar relatar lo que se vive) conforme su situación precaria y vagabunda. Incierto, todo se presenta así. Brilla también una posibilidad: la conversión del lector a co-autor, si se permite continuar la historia de Fumi o imaginar aquellas partes vacías.