“El primer día pierdo la noción del tiempo, la dignidad y una muela. A cambio, ahora tengo dos hijos y una gata. No recuerdo cómo se llaman, salvo la gata, la Señorita Tinky.”
Con un comienzo así, Mi dulce niña (2019), de la alemana Romy Hausmann (1981-), ya ha captado toda tu atención. Si a continuación aparece un personaje magnético que te seduce por su originalidad (una niña llamada Hanna) y si, apenas leída la cuarta parte del texto, ya te ha regalado dos giros inesperados, creo que ya puedes tener claro que estás inmerso en una novela que no vas a poder abandonar y solo aciertas a cruzar los dedos para desear que mantenga ese nivel inicial.
Aunque la parte central no es tan impactante, continúa generando sorpresas que amplían aún más la intriga, sin que seas capaz de adivinar a donde te va a conducir la historia ni su resolución. Porque no es hasta la parte final donde Mi dulce niña vuelve a ser como una traca de fuegos artificiales, llena de golpes de efecto y en la que se cierran adecuadamente todos los cabos sueltos.
El tema (la familia que vive secuestrada por el padre) no es nuevo (me viene a la memoria la estupenda La habitación, Emma Donoghue), pero la historia no se reduce al mundo doméstico, sino a la vida de los personajes implicados, las investigaciones, las relaciones psicológicas e incluso se atreve con las posibles causas. Encuentro mucho de negra nórdica en ese análisis de la retorcida mente humana.
“Así es el amor. Por muy enfermizo, retorcido y mal entendido que sea, sigue siendo amor. El amor que nos impulsa. Que nos convierte en monstruos, a cada uno a su manera.”
Si lo que buscas en una novela negra es intriga y un ritmo imparable, Mi dulce niña cumple con creces esta función, porque, además del argumento y de una trama bien elaborada, la autora recurre sin complejos a todos los recursos posibles para conseguirlo: más acción que descripción, abundante diálogo, frases cortas, un uso complejo de las múltiples voces, cambio de perspectivas, cliffhangers (estoy cansado ya de este burdo recurso), avance constante, personajes que siembran dudas, información muy bien dosificada, pistas ambiguas bien planteadas, varios plots twists, etc.
En general suelo resistirme a conceder cinco estrellas y aún más en novelas de género negro, con excesivas similitudes, pero Romy Hausmann ha conseguido no darme ni un momento de reposo, y, definitivamente, no me he podido resistir al placer de los giros argumentales (plot twists) por los que siento verdadero debilidad.
CONSEJO: ¡No leáis la sinopsis! La mayor sorpresa de la novela la airean sin ningún pudor. ¡Es ridículo!