Escrita en retrospectiva, gran parte de la historia recrea la infancia de quien narra esta especie de autobiografía, que está situada en la casa familiar en el campo chileno. La casa opera como una condensación de la existencia y sus posibilidades, de distintos tipos de personas y sus destinos. El hogar en el que crece la ciega es una especie de depositario para todos aquellos miembros de la familia que no han podido encontrar su lugar en el mundo o que han sido expulsados de él. Esta particular casa de campo alberga, entonces, a los raros. El único denominador común de esta comunidad marcada por la excentricidad es precisamente su rareza; es decir, su diferencia.
Perteneció a la Generación Literaria de 1950, junto con Mercedes Valdivieso, María Elena Gertner y María Carolina Geel. Algunas constantes en su obra fueron: mostrar un enfoque de género en la construcción de los mundos literarios; presentar la institución familiar como un centro productor de conflictos y caracterizar los personajes femeninos como habitantes de un espacio vital restringido. Elisa Serrana no intentó efectuar una crítica explícita a las instituciones patriarcales, sino más bien, poner en evidencia la necesidad de un cambio en las relaciones de género en la sociedad chilena. Del mismo modo, privilegió su atención en la mujer burguesa terrateniente, del mismo modo que su coetánea María Luisa Bombal.
Es un libro que debe leerse lento, con cuidado. La escritura de la autora es maravillosa y sus descripciones trabajan la subjetividad hasta provocar en los lectores un reconocimiento de la experiencia femenina sensible. Los personajes son precisos, detallados, multidimensionales, y llenan la historia de su propio encuentro. Leer este libro fue un viaje difícil y poco frecuente. Con pasajes oscuros, con la muerte, el silencio y el abuso. Quién entre en él, no saldrá de la misma manera.
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