Hace unos días me encontré con mi vecino de noventa años. Cuando habla, nunca sabes muy bien por dónde va a salir. Esta vez, además, tuve la sensación de que se perdía un poco más de lo habitual. Empieza una historia, la abandona a mitad, vuelve atrás, se corrige… y de repente suelta una frase que te deja clavado, como si todo tuviera sentido durante un segundo. Luego se recompone. O eso parece.
Y eso es exactamente lo que ocurre con el viejo pianista ruso que protagoniza Autorretrato con piano ruso. Lleva dentro un universo entero de notas, silencios y recuerdos. Pero la memoria aquí no es un archivo ordenado: es algo que se deforma, se mezcla, se traiciona a sí misma incluso cuando no debería.
Wolf Wondratschek construye una novela que se parece más a una conversación en la penumbra que a una historia al uso. Un narrador anónimo escucha a Suvorin, un pianista soviético que ha vivido lo suficiente como para no fiarse ya ni de sus propios recuerdos. Viena, Moscú, la vejez… todo aparece como fragmentos que no terminan de encajar, pero que siguen ahí, insistiendo. Y eso es importante: aquí no hay relato limpio, hay restos.
Yo la leí con la sensación constante de que la novela no avanzaba como esperaba, sino que se movía a su propio ritmo, como si recordara en lugar de contar. Y lo hace con una prosa que a veces te arrastra y otras te expulsa. Leerla es como escuchar a un pianista tocar a solas en una habitación oscura: hay momentos de una belleza brutal… y otros en los que casi quieres que pare. Wondratschek te mete dentro de la cabeza de un hombre que ya no organiza su vida en líneas claras: “Cuando cuenta algo sobre él, a veces no sabes de qué está hablando… Setenta años de vida no pueden esfumarse entre las frases tan fácilmente”. Y ahí está el juego: no intentar entenderlo todo.
Porque aquí no estás ante una sinfonía de Beethoven o Mahler. Se parece más a esas piezas de Ligeti o Schoenberg en las que la música deja de agarrarte de la mano y te obliga a escuchar de otra manera. No hay melodía a la que aferrarse, solo una corriente que va y viene, como pensamientos que no terminan de fijarse. Si te resistes, te pierdes; si entras, hay algo.
Bajo la voz de Suvorin aparecen muchas cosas: el desgaste de un sistema, el precio del arte, el exilio… pero no como discurso, sino como residuo, como algo que se ha quedado pegado a la forma de hablar, de recordar, de callar. Hay un momento especialmente revelador: su esposa quería ser enterrada en su tierra, pero no regresaron, así que la tierra viajó hacia ella. Un gesto absurdo y profundamente lógico, porque el exilio no es solo una cuestión de geografía, es una forma de quedarse suspendido entre tiempos.
Y en ese mundo, decir lo que piensas nunca fue una opción: “Nunca digas lo que piensas, especialmente en una dictadura…”. No hace falta mucho más. Se entiende.
Pero lo que realmente sostiene la novela es la música. Está en la forma en que avanza el texto, en cómo se detiene, en cómo repite y corta las frases como si siguiera un ritmo propio. Wondratschek no intenta describirla: escribe de tal manera que acabas sintiéndola. Todo tiene cadencia, incluso los silencios. Y ahí Suvorin es muy claro: lo que le importa no es el aplauso, ni la puesta en escena, ni el reconocimiento, sino ese instante previo al ruido, ese momento en el que la música todavía no ha sido contaminada por nadie. “Todavía no se ha desvanecido del todo la última nota… y ya empiezan los vítores, ¡cállense! …”. Ese instante lo es todo. Y quizá por eso dejó de tocar: no por fracaso, sino por incompatibilidad.
La novela también juega constantemente con algo incómodo: nunca estás del todo seguro de quién habla. El narrador, Suvorin, otros recuerdos… las voces se mezclan y a veces tienes que reconstruir lo que está pasando casi a ciegas. Y sí, hay momentos en los que te pierdes, pero no es un error: es el precio de entrar en ese tipo de memoria.
Suvorin no intenta explicarse. Bebe, recuerda, se contradice, se encoge de hombros y asume que “siempre son decisiones equivocadas”. Y lo dice sin dramatismo, como quien ya no espera hacerlo mejor. Lo que queda es eso: una vida que no se ordena, que no se justifica, que simplemente sigue.
Y aquí es donde la novela se vuelve incómoda de verdad.
Porque ya no va solo de la Unión Soviética, ni de la música, ni siquiera del exilio. Va de lo que queda cuando todo eso ha pasado, de cómo suena una vida cuando ya no tiene estructura.
Este no es un libro que se deje leer rápido. Ni falta que le hace. A mí me obligó a bajar el ritmo. Hubo momentos en los que tenía que parar, releer, incluso aceptar que no estaba entendiendo del todo lo que tenía delante. Y eso, lejos de sacarme del libro, terminó siendo parte de la experiencia. Pide pausa, pide atención y, sobre todo, aceptar que no todo va a encajar. Para algunos será un caos; para otros, una experiencia muy rara… pero difícil de olvidar.
Y al final, cuando cierras el libro, la pregunta sigue ahí: ¿se puede medir el peso de una vida en la música que ha dejado atrás? ¿Quién está hablando realmente? ¿Suvorin, el narrador, alguien más? O quizá da igual, porque la música —como la memoria— no dura. Vibra un instante, se deforma y desaparece.
Y si llegas al final de esta novela con la sensación de que no la has entendido del todo, tampoco te preocupes demasiado. Uno no tiene por qué entender la Sinfonía Inacabada de Schubert para gozar de ella, ¿verdad?