Cualquier intento de exégesis de la obra de Philip Dick merece encomio y vale, como mínimo, el intento. Y valga decir que si he terminado este libro, ha sido ante todo y sobre todo, por Philip Dick, pese al flaco favor que Barlow le hizo con este libro.
Ya ni siquiera voy a entrar en el tema de la traducción y la maquetación de la edición de AJEC, que son penosas y terribles, ambas dos, y por supuesto van contra la experiencia lectora.
Pero es que aunque la traducción y la factura del libro fuesen impecables, tampoco habría por dónde cogerlo.
Ni unos preliminares, ni unas conclusiones, Barlow se limita a acumular argumentos, repetirlos, darles la vuelta, enunciarlos del derecho, del revés, en diagonal y en ortogonal, para acabar diciendo lo mismo, muchas veces, demasiadas veces, sin llegar a enunciados claros, y cuando de vez en cuando llega a alguno, lo repite una y cien veces, muy probablemente porque sabe que en realidad, a pesar de haber leído mucho a Dick -o más bien, mucho Dick-, no tiene apenas nada nuevo que decir sobre él que no hubiesen dicho mucho antes y muchísimo mejor exégetas muy superiores como Stanislaw Lem, Emmanuel Carrère o Pablo Capanna.
Un despropósito de consideración.