Pensamos en Mozart como un niño prodigio que tocaba ante los poderosos de Europa y que componía todo tipo de obras antes de cumplir los quince años. También sabemos que sus obras de madurez forman una parte esencial del repertorio de la música sacra, la música orquestal – sinfonías, concierto para piano y otros instrumentos –, la de cámara, la de piano solo, y de ópera; tres de sus obras de este género – Las bodas de Figaro, Don Giovanni y La flauta mágica– han permanecido en el canon del género desde hace más de 250 años. Estoy convencido que una forma de disfrutar de este regalo que el Mozart dejó a la humanidad es el conocimiento del entorno en el que el compositor escribió sus obras, así como ampliar un poco lo que sabemos de Mozart el hombre y despejar algo de la leyenda que se ha tejido a su alrededor.