La fama de la desapacible Kimberly Clark Weymouth, una pequeña ciudad eternamente aquejada por heladas ventiscas y mucha nieve, y donde Louise Feldman ambientó el clásico infantil La señora Potter no es exactamente Santa Claus, permitió a Randal Peltzer abrir una exitosa tienda de souvenirs. Cada día, la ciudad recibe a lectores de la excéntrica escritora y, a regañadientes, vive de ella. Pero ¿qué pasaría si, harto de un destino que no ha elegido, Billy, hijo de Randal, decidiese cerrar la tienda para mudarse a otra ciudad? ¿Podría Kimberly Clark Weymouth permitirse dejar de ser el lugar que ha sido siempre y convertirse en otra cosa?
Bajo la exuberante prosa y la imaginación sin límites de Laura Fernández, se esconde una sólida historia sobre la maternidad, la creación y la renuncia, el arte como refugio y la soledad del incomprendido, en este cruce entre una novela de Roahl Dahl para adultos y un alocado y digresivo T.C. Boyle que hubiera leído más de la cuenta a Joy Williams. La señora Potter no es exactamente Santa Claus pretende hacer saltar por los aires la sola idea de la existencia del relato, o del relato único de aquello que somos, porque si algo somos es una infinidad de posibilidades.
Kimberly Clark Weymouth podría ser la protagonista de la novela. Sin embargo, pese a su carácter humano, furioso y desapacible, se trata del pequeño pueblo en el que transcurren los acontecimientos de la novela La señora Potter no es exactamente Santa Claus. Esta localización inhóspita, donde siempre nieva y hace frío, se ha convertido en el retoño de la escritora Louise Cassidy Feldman, la cual odia con toda su alma a su famosa creación. No es fácil ser madre. Tampoco es fácil ser hijo. Esto parece tenerlo claro una de las autoras nacionales que más está sorprendiendo en este último año con su nueva novela.
Laura Fernández crea un microuniverso lleno de personajes estrambóticos y situaciones surrealistas, que se inician con la llegada de Stumpy MacPhail, agente inmobiliario que soñaba con vivir en Kimberly Clark Weymouth, lugar en el que estaba basado el cuento infantil La señora Potter no es exactamente Santa Claus (un guiño metaliterario muy bien llevado a lo largo de sus seiscientas páginas). Una vez aposentado, halla la posibilidad de vender la casa de Billy Bane Peltzer, el actual propietario de la tienda de souvenirs inspirada en el famoso clásico.
Esta lectura supone un reto lector considerable, teniendo en cuenta la gran cantidad de personajes que pasean y deambulan por las calles de Kimberly Clark Weymouth. La novela está llena de episodios excéntricos, rozando en ocasiones el humor absurdo que me llevaba de vuelta a Wilt y la literatura de Tom Sharpe. Sin embargo, mientras que el autor inglés ofrecía historias ligeras, cómicas y amenas, Laura Fernández aporta, desde una comicidad absoluta, un trasfondo más trágico, humano y doloroso.
Todos los personajes de la novela están perdidos en su propia vida, y no consiguen escapar ni ver la luz. ¿Pero cómo ver la luz si nunca sale el sol? El pueblo, como una bola de nieve de Navidad, está preso entre sus propios muros invisibles, y sus gentes son incapaces de romper esas barreras, por miedo al cambio y, sobre todo, por miedo a la sociedad. Todo ello envuelto en el principal tema que va a guiar las decisiones de los protagonistas: la maternidad. Se contrapone, de una forma muy realista y acertada, las obligaciones familiares con el anhelo de libertad. Hay padres que están presentes, pero se encuentran alejados de sus hijos; otros que no están presentes, y sin embargo viven bajo el mismo techo. Todos estos lazos están presentes en la novela, navegando entre la incapacidad de ser madre, las expectativas inalcanzables para ser un hijo ejemplar y la búsqueda de un sentido coherente en lo que se refiere a la institución familiar.
Su estructura se mimetiza perfectamente con la experiencia lectora. Está llena de repeticiones y redundancias que favorecen la musicalidad de la novela. La autora utiliza con gran ingenio las comas, los paréntesis, la cursiva y las mayúsculas, pese a que en ocasiones se exceda con la ausencia de puntos: lleva las frases al límite, superponiendo oraciones como si fuesen muñecas rusas que frenan el ritmo de lectura.
Porque, si había una palabra que me venía a la mente mientras leía La señora Potter no es exactamente Santa Claus, esa es exceso, tanto para lo bueno como para lo malo. Se convierte en una experiencia en ocasiones abrumadora, que te atrapará en muchos episodios (me guardo a los Benson como uno de los matrimonios mejor creados y más delirantes) y te soltará en escenas que no avanzan la trama y disminuyen el interés. Sin embargo, Laura Fernández siempre te vuelve a coger de la mano y te lleva de vuelta al camino hacia Kimberly Clark Weymouth, ese lugar desapacible que, como cualquier hijo, en ocasiones necesita un poco de amor.
Cuando mires atrás y te preguntes qué tal estaba este libro recuerda: - El principio te cautivó y querías más, más, más. Es estridente, explosivo, expansivo. Eso te enganchó. - Cuando llevabas unas 200 páginas estabas exhausto. ¿Qué hacer? ¿Seguir adelante? Era una emboscada. Venga, para adelante. - Hay una cantidad INSANA de personajes, nombre y lugares que tu mente es incapaz de retener. Te rindes ante este hecho. Hay que seguir y salir de aquí. Te esperan otras lecturas. Te dejas llevar por la verborrea. - ¿Te ha gustado? Sí, pero estás cansado de dar vueltas. De tomar desvíos exuberantes que aportan poco a la historia. La narración es maximalista, agotadora.
¿Se lo recomendaría a alguien? Tanto como que alguien se tome un puñado de pastillas de éxtasis y una botella de vodka.
No son muchas las veces que recuerdo poder vivir dentro de una novela. Y con vivir me refiero, por supuesto, a que una vez cerrado el libro, mi cabeza se puede trasladar hasta allí y pasear un ratito. Quizá si en Hogwarts por una temporada, en el Neo Seul de Somni-451 y en el Londres de Abajo de Neil Gaiman. Ahora, evidentemente, se suma la Kimberly Clark Weymouth de Laura Fernández. La fría y desapacible Kimberly Clark Weymouth donde la escritora Louise Cassidy Feldman creo a la famosa Señora Potter, un cuento infantil que dio toda su fama, tanto a la autora como a la ciudad. La fría y desapacible Kimberly Clark Weymouth donde existe la única tienda de souvenirs para los lectores de la excéntrica escritora. La fría y desapacible Kimberly Clark Weymouth aficionada a la investigación vecinal por culpa del show televisivo Las hermanas Forrest investigan. La eternamente fría y desapacible Kimberly Clark Weymouth, donde Billy Peltzer está harto de su heredada vida y decide cerrar la tienda de souvernirs de su padre para mudarse a otra ciudad. ¿Podrá sobrevivir Kimberly Clark Weymouth sin La señora Potter no es exactamente Santa Claus?
El festín de historias
La señora Potter no es exactamente Santa Claus no es solo una historia. Ni dos. Vale, ni tres. Es un festín de historias disparatadas repletas de humor absurdo y una ternura absorbente que te atrapan por completo. El descarriado Billy Peltzer, la madre en el exilio Madeline Frances, la pobre escritora de un solo éxito Louise Cassidy Feldman, el audaz agente inmobiliario McPhail o mis favoritos, los escritores más famosos de terror absurdo, los Benson. La amalgama de personajes nos llevan desde la sonrisa tímida a la carcajada, de la carcajada a la ternura, y a veces de la ternura, a la lagrimilla. Todos los personajes, principales y secundarios, tienen algo de perdedores. De patosos sociales con los que identificarnos, que fracasan intentando ponerse a la altura de lo que la sociedad espera de ellos. En Kimberly Clark Weymouth uno vuelve a abrazar a su niño interior, y quizá por eso, no quiere salir de allí.
El lenguaje propio de Kimberly Clark Weymouth
Si por una casualidad (y debería darse dicha casualidad) has abierto la nueva novela de Laura Fernández en alguna librería, te habrá, probablemente, llamado la atención la forma en la que está escrita. O también, puede que la casualidad, te haya llevado hasta esos títulos tan largos que funcionan como resumen del capítulo. Tendrás, digo yo, infinita curiosidad por saber por que hay tantas palabras entre paréntesis, en mayúsculas o con cursivas. La respuesta es fácil. Toda la narración de La señora Potter no es exactamente Santa Claus esta plagada, además de diálogos eternos donde los personajes hablan y hablan (y hablan), de intromisiones del propio narrador a través de paréntesis, de mayúsculas que crean efectos de sonido y de cursivas que nos dan claves de las referencias que se mueven en Kimberly Clark Weymouth.
Kimberly Clark Weymouth es nuestro Stars Hollow particular
Si hay un mundo de ficción televisiva en el que muchos querríamos vivir, no dudo que saldría (muy) alto en la lista nuestro querido Stars Hollow de Las chicas Gilmore. Un pueblo de lo más disparatado, con acontecimientos casi semanales de lo más peculiares, diálogos endiabladamente rápidos y un cosmos en si mismo de personajes entrañables que no encontrarías en ningún otro lugar. Eso, está claro, hasta que llegues a Kimberly Clark Weymouth. Laura Fernández crea su propia ciudad inventada en la que conviven una amalgama de personajes inolvidables que actúan, junto con su singularidad, como una especie de radio patio vecinal al más puro estilo Aquí no hay quién viva sin chascarrillos. Al final, la ciudad no deja de ser un decorado nevado de cartón piedra con un cosmos absorbente del que admito, es difícil despedirse. Un escenario autorreferencial en sí mismo, repleto de marcas, shows televisivos e incluso libros, que solo existen en ese curioso universo.
Hablando de muchas cosas a la vez
La amalgama de tramas e historias en La señora Potter no es exactamente Santa Claus compite (fuertemente) con la cantidad de temas que toca casi sin darnos cuenta. Historias de abandono y la reconstrucción de uno mismo, o sobre la literatura y el mundo de la creación como un refugio para sobrevivir. También, como dejamos de llevar a cabo nuestras ideas por que esa idea solo siga siendo una posibilidad infinita en nuestra mente y nos da miedo. Asimismo, y más de cerca, el papel de la prensa y como (casi) siempre es una especie de teléfono escacharrado, dado que contar la realidad siempre es distorsionarla desde tu punto de vista, por mucho que quieras ser objetivo. Pero, sobre todo, si algo merodea por las esquinas de las páginas La señora Potter no es exactamente Santa Claus es la idea de la creación como una energía cósmica que saca todo lo que llevamos dentro, y arrasa por delante a todo lo que tiene. Tanto ciudades como personas.
Capítulo 1. En el que intento escribir una reseña, pero tengo el cerebro (FRITO) y me siento abrumada por (TODO) y no sé muy bien qué pensar, porque ha sido una (MONTAÑA RUSA) que me ha divertido, emocionado, perdido y agotado al mismo tiempo, pero, qué diablos, es todo tan, oh, (TIERNO) que lo vamos a dejar en las (TRES ESTRELLAS Y MEDIA)
Este libro... ¿Me ha gustado? A veces sí. ¿Lo recomendaría? ... no lo sé. No es un mal libro, pero desde luego no es un libro para todo el mundo ni para todos los días. Es largo, digresivo, y para mi gusto, no tan bueno como me lo han pintado. Ni siquiera tengo una reseña, solo una ristra de conclusiones e impresiones que iba anotando mientras miraba al infinito de la prosa de la autora: - El libro es pesado. No por lo largo (que también), sino por el estilo. Las frases-párrafo son habituales. - Hay muchísimos personajes. Coge una libreta y apunta porque te vas a perder. - Es divertido por lo absurdo. Aunque a veces lo absurdo se me hacía inaguantable. - Está bien escrito. Eso es cierto. Aunque sea un estilo digresivo y pesado, es un estilo bonito. Me gusta cómo describe a los personajes a través de los ceños. - Este libro me ha llamado tonto a la cara. Me resultaba facilísimo perder la concentración en mitad de una frase, o no recordar quién coño es Teddy McTeddious Trendy (la taxonomía del libro también es pa estudiarla) En general, para mí este libro ha sido como una montaña, alta y nevada, en la que tienes que poner esfuerzo y ganas para llegar a la cima. Y a veces parece que te rindes, que te vas a quedar a medio camino, pero empujas y subes que para eso has venido al pico Kimberly Clark Weymouth. Y lo haces porque sabes que aunque cansa, vas a disfrutar de las vistas y el paisaje. El problema es que creo que estaba nublado y el paisaje lo he visto a medias. Tendré que volver cuando el tiempo sea más amable.
Abandono Tras cinco días peleándome con La señora Potter no es exactamente Santa Claus decido abandonarlo. Debía haberlo hecho antes, en cuando supe que la forma en la que está escrito no me iba a permitir ya no disfrutar, sino centrarme en la historia. Las mayúsculas, las onomatopeyas y esas continúas muletillas que utiliza Laura Fernández y que he decidido calificar como rococós conseguían ponerme nerviosa, muy nerviosa, cada vez que cogía el libro. "La rara y sin embargo famosa Louise Cassidy Feldman", "la imaginación de la inclasificable pero sin embargo famosa Loiuse Cassidy Feldman"... creo que el día que en un mismo párrafo leí estas y alguna otra muletilla de este tipo, supe que no era para mi. Respecto a la historia no puedo decir mucho. He llegado hasta la página 120 y únicamente he asistido a la presentación de algunos personajes cuanto menos curiosos. No es para mi
Es difícil que puntúe con menos de tres estrellas un libro porque a estas alturas de mi vida suelo ser muy selectivo al elegir el tipo de autores y libros que leo y suelo acertar pero en este caso ha llegado la decepción del año. Lo he leído porque vi que había recibido varios premios el año pasado entre ellos el de las librerías y por la sinopsis pensé que me iba a encantar pero no. El libro es ambicioso en su construcción y original en la forma en la que está escrito pero se me ha echo larguísimo con tantos personajes que en vez de engancharme me sacaban del libro. Para colmo intenta ser un libro de humor loco con situaciones estrambóticas al estilo de la conjura de los necios o wilt por poner un ejemplo y a mi no me ha conseguido sacar ni una carcajada.
Otra de esas novelas que ensalzan los amigos para que luego la autora los halague a ellos en los medios donde colabora y así todos son los mejores escritores de su generación, geniales de forma absoluta, una orgía de guays. Oh, sí, por favor, señora Potter, ¡somos únicos! La novela es un ejercicio inútil de reescritura de las fantasías que cualquiera puede tener después de fumar orégano viendo pelis americanas un domingo por la tarde. ¿Van a perder su tiempo con esto?
Aún estoy reposando esta monumental obra tan difícil de clasificar y que ha sido escrita a lo largo de cinco años. Si decidís adentraros en Kimberly Clark Weymouth, la invernal ciudad ficticia donde se desarrolla la novela, me entenderéis y no tardaréis en comprender los elogios y el éxito que el libro está cosechando.
‘La señora Potter no es exactamente Santa Claus’ es la novela más ambiciosa que he leído este año. Desde la primera página desprende una personalidad abrumadora con su atípico estilo narrativo; un texto repleto de frases largas e imposibles, onomatopeyas y diálogos desconcertantes. Nos narra la historia de una ciudad donde siempre nieva y donde todo el mundo se conoce. Esta ciudad es enormemente conocida y visitada, al ser el escenario en el que una escritora ambientó el libro navideño que la hizo famosa, y veremos cómo este hecho ha afectado a los peculiares vecinos que allí viven, sus sueños e inquietudes.
Con esta premisa Laura Fernández crea un divertido, absurdo y dramático universo donde se mueven más de 50 personajes, todos únicos y muy bien definidos; Laura nos lo pone fácil y pese a la complejidad de la obra no se hace difícil seguir el ritmo, gracias al uso recurrente de repeticiones y a la singularidad de los protagonistas.
Una novela exigente pero muy gratificante y asombrosa en su derroche de personalidad e imaginación. Todo un descubrimiento muy recomendable para leer ahora en invierno y dejarse llevar en este vivo y gélido mundo que la autora ha construido alejado de cualquier normalidad.
¡Wow! Vaya pedazo novela ha escrito Laura Fernández. A la altura o incluso superando a Vonnegut. Divertidísima. Absurda y desternillante. Más que una ciudad, Laura Fernández ha creado un planeta. Súper fan. Es, no sé, a veces me recordaba a "Pinocho en Venecia" de Robert Coover a tope de risas. Y muchos párrafos, diálogos, pensamientos, me recuerdan al Foster Wallace más cómico. Un placer.
4,5⭐ Una novela diferente y original. Al principio me costó entrar en ella, pero una vez que me acostumbré al estilo, la disfruté.
Kimberly Clark Weymouth es una ciudad fría e inhóspita, conocida por ser el lugar donde una conocida escritora, Loiuse Feldman, ambientó el clásico infantil La señora Potter no es exactamente Santa Claus. Esa publicación propició que Randal Peltzer, abriese una tienda de souvenirs. Ahora, su hijo Billy la quiere cerrar. ¿Le permitirá la ciudad hacerlo? Hasta ahí lo que nos dice la sinopsis.
¿Qué es lo que destaco?
La portada. Además de ser bonita, es alusiva a Louise Feldman, a su libro, a la tienda de souvenirs y la propia ciudad. ¡Una preciosidad y un acierto!
Los títulos de cada capítulo. Laura Férnandez ha emulado en ellos el estilo de novelas de otros tiempos, eso sí, con un toque muy personal. Brillantes.
El estilo narrativo. Original, especial y en ocasiones abrumador. Empezar cada capítulo es como entrar en un laberinto. Te lleva a tantas partes, que a su vez llevan a otras y a otras más, que temes perderte sin remedio. Cuando comencé el primero estuve a punto de sacar la libreta y hacer un croquis. No fue necesario. No sé cómo lo hace Laura , pero en el momento preciso, con una simple frase, te reconduce y te sitúa de nuevo. Es una constante durante toda la novela y siempre lo logra. Hay que señalar también, el dominio de la cantidad de recursos que utiliza, paréntesis, parráfos enteros con mayúsculas o cursiva, comas muy bien sitúadas, etc. Todos ellos contribuyen a crear ese ese ambiente especial que tiene el libro.
La propia ciudad. Kimberly Clark Weymouth es un personaje más, quizá el más destacado. Como ya dije antes, es un lugar frío e inclemente. Pese a su eterno aspecto de postal navideña, o quizá por ello, da grima y ganas de salir corriendo. Ventiscas que te sorprenden a la vuelta de la esquina, montones de nieve que caen de repente. El cielo perpetuamente blanco, el resto perpetuamente helado. Con todo, lo peor no es ese invierno eterno, sino que la ciudad se ha convertido en una prisión para sus habitantes. Un lugar que no cambia y que no permite cambiar La mayoría de sus ciudadanos desea que todo siga siempre igual, lo que les lleva a situaciones de lo más surrealista.
Los personajes, muchos y todos de nota. Madre mía qué grupo. La autora ha trazado un conjunto muy bien perfilado, muy bien definido y de lo más estrambótico. Cada uno de ellos mirando su ombligo, sumergido en su propia vida. Hay que leer la novela para entenderlo. Todos ellos protagonizan situaciones de lo más curiosas. No sabría con cuál quedarme, pero desde luego los Benson dan ellos solitos para varias novelas más.
El manejo del humor absurdo. Imagino que todos los que hemos leído a Tom Sharpe, nos hemos acordado de él ante las situaciones excéntricas que se dan en la novela. Sin embargo, aunque tiene muchos momentos hilarantes, no es una novela de humor. De hecho, ese humor absurdo parece ser un recurso más, que emplea Laura, para perfilar a sus personajes, para que comprendamos sus sentimientos y emociones, sus frustraciones y sus anhelos. Le bastan dos mayúsculas y un paréntesis, para que pasemos de la risa a la reflexión, a la emoción o a la compasión.
La maternidad y los conflictos madres, padres e hijos. Nos ha retratado muchos tipos de progenitores y muchos tipos de hijos. Padres presentes que están ausentes. Madres ausentes pero siempre presentes en la mente de sus hijos. Madres que no son capaces de serlo y se van. Hijos que quieren escapar de las expectativas maternas, pero da igual donde vayan porque las llevan puestas. Hijas que han renunciado a existir para sus padres. Todo un elenco de casos que da qué pensar.
Por último, señalar algo que me ha llamado mucho la atención, el cómo retrata Laura a los escritores. A cuál más rarito y surrealista. No deja títere con cabeza.
En conclusión, una novela distinta con una estructura original. Me ha gustado y he disfrutado con ella. Recomendable.
Tenía muchas expectativas con este libro pero la cosa no ha salido bien. Este libro no ha sido para mi y eso que la historia prometía y he continuado hasta el final porque me picaba la curiosidad. El problema ha radicado principalmente en la escritura que me ha parecido caótica y muchas veces sin sentido de la autora. Dando detalles que poco importan o no afectan a la trama. Me hubiera gustado que me encantara pero no ha sido así y bien que lo siento porque un pueblo como el que se describe en el libro, con ventiscas y nevadas todo el año es mi paraíso ya que no soporto el calor y era un soplo de aire fresco para estos calores adelantados que estamos teniendo.
Este libro es maravilloso. Combina humor, una imaginación magistral, sarcasmo y escenas inverosímiles o absurdas a través de las cuales representa sentimientos demasiado reales. A veces me reía de lo estrambótico, y acto seguido me emocionaba con los sentimientos de los personajes. En cuanto a estos: son muy variados, todos increíblemente bien perfilados y con personalidades definidas. Han sido uno de los grandes fuertes de la novela. En resumen, este libro lo podría resumir como un cuento de hadas socarrón.
Definitivamente esta novela es única, de lo mejor que he leído este año. Creo que no había leído nada igual, y me alegra haber decidido hacerlo. No le doy las 5 estrellas porque en su narración incluye muchas explicaciones y a veces se me hizo algo denso.
Abandono. Edición en ebook de la novela de Laura Fernández. Sabía que esta novela se salía de mi zona de confort, pero aún así decidí empezarla. Con todo el dolor de mi corazón, dejo de leerla en la página 100. No le pillo el punto y prefiero abandonar. No entiendo qué me quiere contar y no me siento atraída por la historia, ni por los personajes. Tampoco ha conseguido engancharme la forma tan peculiar en la que está escrita. No es una novela para mi. FIN.
Al principio me recordaba a series como "Picket Fences" (hija bastarda de "Twin Peaks") y "Doctor en Alaska"(Northern Exposure) con ese pueblo lleno de personajes excéntricos donde pasan cosas raras y la gente se confabula para enredar a un joven de las formas más absurdas y locas, creí que me iba a encantar... pero se alarga tanto, pero taaaannnto, que aburre y el final es tan correcto...tan sin sorpresas...tan pero "si esto se ve venir desde hace 200 páginas"...que después de leerlo, pues eso, solo quedó el regusto a algo ya visto, sin sorpresas y para colmo demasiado largo.
He llegado a creer estar dentro del mundo de la novela y a olvidar que estaba leyendo. Distinta a las novelas que he leído antes, terriblemente emotiva y divertida. Aunque se me ha hecho un tanto largo y confuso en algunos puntos, he disfrutado mucho de esta lectura y sobre todo del choque de mundos y realidades que ha creado la autora. La magia del capítulo 22 me ha conquistado por completo. Es la primera vez que acabó un libro teniendo un capítulo favorito en concreto.
Una verdadera locura de novela, demasiados personajes, con demasiados nombres y sus "apodos"correspondientes. En varias ocasiones he pensado abandonar su lectura, pero quería darle una oportunidad, debido a algunas muy buenas reseñas. Me ha costado meterme en la historia, y cuando lo conseguía, al siguiente capítulo me volvía a salir. Aún así, he conseguido terminarla y creo que algo he entendido de todo el lío imaginario que se ha formado en sus muchas páginas . Definitivamente no la he disfrutado, más bien la he padecido, pero sobre gustos .....
A mi que me encantan los disparates no me han podido fascinar más los personajes de este libro. La autora se preocupa tanto tanto tanto de cada personaje que la historia funciona a través de ellos, se cuenta a través de ellos y no al revés. La manera en la que usa la tipografía, el estilo, los pequeños detalles y referencias de los nombres....buah. He llorado como una auténtica desgraciada con el capitulo 39. Dios te salve María. Tengo muchas cosas que decir sobre esta novela y podría tirarme 5 años comentándola, los mismos que tardó Laura Fernández en escribirla.
Un libro que se enreda y se enreda en conflictos que me resultan poco atrayentes, con personajes (MUCHOS) que me estomagan y que hacen que pierda el interés en todo cuanto les acontece. Además, el estilo me ha aburrido bastante, hay formas mucho más elegantes de tirar a lo absurdo. Las utilizadas en esta novela me resultan facilonas y, cuando se quiere poner seria, hasta un pelín cursis.
Absoluto y completo galimatías repleto de nombres y más nombres. La historia podría resultar curiosa y poco más, nada inaudito que pretende serlo x la forma en que está contado. Un claro NO para mí, los experimentos, mejor, con gaseosa…
Ojalá parar a tomar café algún día en el cerebro de Laura Fernández. No he podido estar mejor acompañada estas navidades cuya absurda realidad tanto se ha parecido a la de Kimberly Clark Weymouth.
ABANDONADÍSIMO. Y cuando digo abandonadísimo es porque lo dejé a la tercera página. TERCERA.PUÑETERA.PÁGINA. A pesar de no haber leído este libro, tengo que darle una estrella (por no poder darle cero), no por la trama, que no sé cuál es, sino por la redacción. La maldita redacción de este libro ha provocado que me sangraran los ojos y me explotara el cerebro. Gracias a la redacción tan horrorosa no he podido pasar de la tercera página y estoy muy cabreada, indignada y anonadada, con los ojos como platos. Mira que he leído libros malos (generalmente, son por lo que me hice una cuenta en Goodreads, para valorar los libros que ponen por las nubes pero que luego son en realidad horrorosos), pero este es el peor libro que he leído en cuanto a redacción con diferencia, que también he leído libros redactados malamente, con expresiones rimbombantes, palabras vacías..., pero este libro parece que está redactado mal a propósito. ¿Por qué digo que la redacción es horrorosa? Muy sencillo. Palabras en cursiva cada dos por tres, palabras entre paréntesis sin venir a cuento, onomatopeyas molestas inundando las páginas, oraciones que ocupan un párrafo con comas donde no corresponden que entorpecen la lectura. Pero vamos por partes: En primer lugar, las palabras en cursiva. Las cursivas se usan con un propósito, ya sea recalcar una palabra que es un neologismo y que aún no registra la RAE o una palabra que está en otro idioma (por ejemplo, los nombres científicos de las especies, como están en latín, se deben poner en cursiva; anglicismos, etc.). ¿Cuál es el propósito aquí? ¿Me estás diciendo que tienes que poner en cursiva las palabras "fría", "atractivo" "forrar" o "afortunada" (en la primerita página, no tiene pérdida)? ¿Qué es esto? ¿Por qué lo haces? ¿Para enfatizarlas? Una buena redacción, o una redacción corriente y moliente en condiciones, mínimamente decente, no requiere de este recurso (mal empleado) para recalcarlas. Me ha cabreado muchísimo. Y ya no porque es gramaticalmente incorrecto, que también, sino por la estética a la hora de leer. Me ha recordado mucho a cuando en la niñez nos poníamos a juguetear con el Word y poníamos palabras en amarillo fosforito y otros colores llamativos. Es irritante para la vista y, por tanto, para continuar la lectura. Es como una mosca que quieres apartar. Me he encontrado a mí misma dándoles toquecitos a las páginas para quitar las cursivas como si fueran un insecto que estorba (no es broma). Seguimos con las palabras entre paréntesis que no vienen a cuento, todas en mayúscula. ¿Por qué? No tengo ni idea. Es una lógica de la autora que no llego a comprender, lo siento. Estas palabras entre paréntesis parecen acotaciones de una obra de teatro. Bueno, no, no lo parecen. Lo son. En una obra de teatro donde solamente contamos con diálogos de personajes, pónmelas, de alguna manera tendremos que saber cómo tienen que vestir los personajes, qué hacen, qué muecas ponen, qué pasa alrededor... Pero ¿en una novela? Son datos de sopetón que convierten a la redacción en mecanizada, robotizada, como si fuera un croquis de lo que la autora quería contar en vez de contárnoslo. Y las onomatopeyas... Ay, esas onomatopeyas. Voy a explicar un poquito por aquí de qué va la vaina: las onomatopeyas son una figura literaria destinada a remarcar, no el emisor ni el receptor de la comunicación, sino el propio mensaje. Por tanto, su uso es una forma de mimar, limar el contenido de lo que se quiere transmitir. Las figuras literarias abundan en la poesía y forman parte de la denominada función poética del lenguaje. En el género narrativo, por definición, nos encontramos la función referencial. Es que es la función del lenguaje por antonomasia de una novela. Evidentemente, también podemos encontrarnos otras funciones, como la apelativa (que pretende llamar la atención al lector o a otro personaje), la expresiva (como su nombre indica, pretende transmitir cómo se siente algún personaje o el propio autor, parte de la subjetividad) o la fáctica (en los diálogos, por ejemplo). ¿Se puede encontrar la función poética en una novela? Claro que sí, pero no abunda, que es lo que sucede en este libro. Si cada vez que un personaje fuma me pones "(FUU)" para dejar claro que está dando una calada al cigarro (cosa que he visto en otras reseñas, yo repito que solo llegué a la tercera página), me estás dejando claro que no tienes ni idea de redactar. Y ya que me sobrecargas a onomatopeyas, ponme otras figuras literarias, por favor. Después de esta clasecilla de gramática, ¿seguimos? Seguimos. Las oraciones interminables. No puedes poner oraciones larguísimas. En estos momentos recuerdo cuando estaba en clase de lengua castellana y literatura en el instituto. Nos mandaron de deberes redactar un texto argumentativo y cuando tuve en mis manos la corrección de mi texto, la profesora me puso una nota baja advirtiéndome de que no es correcto alargar tanto las oraciones. Yo me quedé a cuadros, porque no tenía errores gramaticales, pero me di cuenta de que llevaba razón (además, ella era filóloga y yo, no). Quise hacer una redacción tan compleja y tan perfecta que acabó siendo un churro. ¿Y ahora esto se encuentra en libros publicados que han pasado por una editorial? Ahora entiendo a mi profesora al cien por cien. Además, la combinación de lo robotizadas que resultan las palabras entre paréntesis y tantas comas plagando el texto... Es impresionante los estragos que estas dos cosas juntas pueden causar. Cuando pones muchas comas, lo que estás haciendo es aislar un conjunto de palabras de otras, en proposiciones. Para que nos entendamos, como en cajoncitos separados unos de otros. Abusar de las comas provoca que no haya cohesión en el texto. Es como transmitir: ahora esto. Ahora lo otro. Luego lo otro. Vale, pero la información no está unida. Al final, si las oraciones son kilométricas también, ya no sabes ni lo que has leído. De hecho, es lo que me ha pasado. Me ha costado acabar cada oración y, como no conseguía captar un significado completo, las volvía a leer, y cada vez me resultaba más tedioso y complicado. En resumidas cuentas: nos venden este libro diciendo que la autora tiene un estilo muy personal. No, perdona. Esto no es un estilo personal. Esto es una chapuza y un insulto a todas las personas que nos hemos hinchado a realizar comentarios de texto, análisis sintáctico de oraciones, redacciones de textos argumentativos y análisis funcional de palabras para selectividad. Y quiero dejar muy clarito que yo no he hecho una carrera de letras, pero tengo un conocimiento básico de gramática castellana. Me gustaría aclarar también que no creo que sea toda la culpa de la autora. ¿Hola, editorial? ¿Qué están haciendo los editores? Hay que hacérselo mirar.
Tenía muchas ganas de leer este libro, h aunque ya había visto cosas bastante malas le quise dar una oportunidad. . La historia en sí es original, de verdad, y cuando lo acabas te das cuentas de que todo está hilado… el problema viene cuando hay tantísimos personajes que te acaban sacando de la lectura porque ya ni con chuleta sabes quién es quien… . Otra cosa que me ha costado muchísimo es la forma en la que está escrito…esa forma de narrar, intenta ser una narración humorística con situaciones un poco locas… el nivel de concentración para leerlo tiene que ser tremendo y aún así … me he perdido muchas veces… . Entiendo que haya a gente que le guste pero a mí me@han sobrado 300 páginas, y muchos personajes… me quedo con la ambientación, y con el esfuerzo de cinco años de la autora para escribir esta novela.
Uno de los libros más ¿raros? ¿diferentes? que he leído y, a pesar de eso, o gracias a eso, uno de los que más recomiendo. La cabeza de Laura Fernandez y su forma de escribir es increíble y hace que este libro se sienta como beber una taza de leche caliente, como entrar en un laberinto y como leer muchos libros a la vez. Me ha absorbido tanto que ahora que lo he terminado siento que he vuelto a casa de un viaje y estoy con la bajona post vacacional.
Kimberly Clark Weymouth es una pequeña ciudad siempre desapacible, fría y horrible debido a las constantes ventiscas y nevadas. Es una ciudad a la que un día llegó Louise Cassidy Feldman y se inspiró para escribir el clásico infantil La señora Potter no es exactamente Santa Claus. Es una ciudad en la que Randal Pelzer abrió el único establecimiento dedicado a vender merchandising de la señora Potter y que cada día recibe lectores de la escritora. Es una ciudad en la que sus habitantes están obsesionados con investigarse unos a otros imitando una serie que todos ven, Las hermanas Forest investigan. Es una ciudad de la que Billy el hijo de Randall quiere escapar, quiere cerrar la tienda, vender su casa e irse a otro lugar pero "aquella casa no podía venderse porque podía significar que el mundo tal y como lo habían conocido hasta entonces, aquel mundo repleto de turistas encantadoramente despistados, se acabará. "
Esta novela es de las que hay que leer y de las que no hay que hablar para no meter la pata contando lo que no se debe. Está llena de historias, tantas como personajes y tantos como habitantes de la ciudad. Está llena de enredos, intrigas y rumores. Está maravillosamente ambientada. Está maravillosamente escrita, con una prosa rica y llena de imaginación que trata muchos temas desde la maternidad y el abandono hasta el fracaso y la creación literaria como un refugio al que acudir. Está llena de humor y risas pero también de ternura y emociones. Y también de tristeza, pero no de la abrumadora sino de la nostálgica.
Y no os digo más, solo que a pesar de ser fría, llena de ventiscas y de nieve y con personajes estrafalarios, me encantaría seguir viviendo en Kimberly Clark Weymouth porque esa es la sensación que he tenido leyendo, que vivía y formaba parte del universo creado por Laura Fernández.
Todavía estoy digiriendo a Kimberly Clark Weymouth y lo que ha hecho Laura Fernández. TREMENDA NOVELA, 608 páginas trepidantes, como un cóctel desatado de surrealismo y sensibilidad.
La he devorado en poco más de un mes (laborable). Y bueno, sí, claro, es un juego y tienes que entrar en él, así que no podría decir que es para toooodo el mundo pero desde luego a mi me ha encantado. Desde entonces mis correos están llenos de mayúsculas, onomatopeyas y dibujitos.
Recuerdo hace tiempo, comentando con un amigo El arco iris de gravedad de Pynchon en que me confesaba que le había gustado mucho pero que con tantas páginas, había partes mejores y partes más prescindibles. De estas 608 páginas no sobra ni una coma. (Oh, vale, la de Pynchon son 1100 pero se me entiende, verdad?)
Y aunque termina de una forma redonda genial, lo lamenté mucho. Añoro a todos esos personajes, de nombres tramposos, con miserias cotidianas y a la vez esperpénticas. Y sonrío cada vez que los recuerdo.