Eric Schierloh sostiene que la escritura es una práctica diferente a la de la literatura en el contexto de la industria editorial actual, y está más cerca, en cambio, de la llamada edición artesanal, es decir, de la producción y manufactura de sus soportes materiales. Esta concepción ampliada de la escritura conduce, inevitablemente, a repensar el sistema industrial de publicación, los roles de escritorxs y de autorxs, la dimensión problemática del trabajo con las palabras, su diseminación digital, el acceso a la cultura y, por fin, el libro como dispositivo, instrumento y posibilidad de autogestión editorial. La escritura aumentada, como testimonio de una acción en torno a la edición y publicación de libros hechos a mano, se vuelve un libro ineludible: por un lado, al momento de repensar las prácticas inherentes al campo de la edición; luego, como revisión del concepto de escritura; y, finalmente, para imaginar nuevos futuros posibles.
No creo que colapse el sistema industrial de publicación, ni que se desarrolle mucho más la edición artesanal. Si ya lo explicó Žižek hasta la risa. El capitalismo tardío no colapsa por entrar permanentemente en crisis. Al revés, se fortalece. Pareciera que Schierloh tiene razón en todo lo que dice, es que la mística situacionista es pura fruición. Se suman magníficas intuiciones y diálogos con gigantes de la historia de las ideas. Y una estética godardiana. Pero no. Un análisis que controle el entusiasmo romántico benjaminiano, adorniano, de la crítica hiperlúcida de la cultura, quizás lleve a otra visión. La reforma agraria de la escritura quizás sea un entusiasmo genuino, razonable, pero quizás también sea ingenuo al ser puesto en contexto. Este libro se puede leer como un manifiesto estético revolucionario que intenta resolver un problema monstruoso de la macroeconomía antropófaga -el libro- que hace ya mucho tiempo resultó devorado por el sistema económico mundial. Quizás en un enésimo Walden lograría algún equilibrio provisorio o fetichista. No en el primero de tres sillas, ni en el segundo conductista, ni en el tercero neoconductista. En cualquier caso, qué bueno sería que la escritura aumentada en el sentido benjaminiano se instale en el imaginario literario. Una Gesamtkunstwerk para artesanos del libro que lo escriben o traducen, lo editan, imprimen y distribuyen. Es un extraño caso de wagnerianismo posmoderno que contagia auténtico entusiasmo.