Leo en la faja del libro un «Un acid western de aires tarantinescos. Un abanico de historias con el sur como obsesion. Un híbrido de Lorca y Cormac McCarthy» y lo primero que se me viene a la cabeza es que en el tema de vender libros, o autores, hay quien los tiene muy gordos. Y pesados.
Nos transladamos a una Andalucía difusa, fronteriza, pretérita de personajes marginales. A mi me remite más a un Intemperie cambiando Badajoz por Almería, que de entrada no sería mala cosa antes de querer ser Cormac. Encontramos un personaje que podía haber salido, si no ha salido, de una canción de Kiko Veneno, Dieguico el Morato, vestido de blanco y llevando pistolas en un relato donde «todo el mundo sabía que iba a pasar lo que acabó pasando», que diría Santiago Nasar.
La atmósfera es correcta, el lenguaje, insisto, vuelve a remitir a Intemperie, pero la chicha del primer relato es, bueno es poca, se pasa medio relato creando la atmósfera y un personaje pintoresco pero a la hora de la verdad parece que se le olvida darle un uso adecuado. Ha puesto el hueso de jamón, la berza y el tocino, pero se le han olvidado los garbanzos.
Digo relatos porque nadie te advierte, pero es un libro de relatos. No pasa nada, pero se dice, se advierte al lector y al menos sabe a que viene o donde se gasta los cuartos. No es culpa del autor, pero bueno, es lo que es.
¿Tarantino? pues hombre, ¿que Quentin, el de Reservoir Dogs o el de Kill Bill? supongo que había pistolas y violencia antes de Quentin. ¿Lorca? No, Federico no inventó el olivo.
En fin, libro de relatos, alguno mejor que otro, en general bien escritos desde el punto de vista estilístico pero alguno de ellos que te deja un poco con el culo torcido. Crear una textura o una atmósfera está bien, pero no deja de ser una guarnición. Si pretende ser plato principal y acompañamiento, pues el plato cojea y se queda en algo pobre.