El descubrimiento de estas veintitrés cartas enviadas a una dama cuya existencia ignorábamos conforma una deliciosa novela epistolar. Marcel Proust ya sufría el incordio del ruido entre las paredes forradas de corcho de su dormitorio cuando el doctor Charles D. Williams, dentista estadounidense, trasladó su próspera consulta al piso de arriba, en el número 102 del boulevard Haussmann. Proust y Marie Williams, la esposa del doctor, una mujer culta y sensible de temperamento artístico, pronto se convertirían en asiduos corresponsales, rivalizando en cortesía y estilo. Las cartas tratan, ante todo, del ruido de las obras en el piso de los Williams, que torturan a Proust durante las horas de sueño y trabajo; pero también de música, pues la señora Williams es una apasionada melómana y toca el arpa, de rosas, naturales y metafóricas, intercambiadas con las cartas, de la enfermedad –la suya y la de su vecina– y de la soledad.
Marcel Proust was a French novelist, best known for his 3000 page masterpiece À la recherche du temps perdu (Remembrance of Things Past or In Search of Lost Time), a pseudo-autobiographical novel told mostly in a stream-of-consciousness style.
Born in the first year of the Third Republic, the young Marcel, like his narrator, was a delicate child from a bourgeois family. He was active in Parisian high society during the 80s and 90s, welcomed in the most fashionable and exclusive salons of his day. However, his position there was also one of an outsider, due to his Jewishness and homosexuality. Towards the end of 1890s Proust began to withdraw more and more from society, and although he was never entirely reclusive, as is sometimes made out, he lapsed more completely into his lifelong tendency to sleep during the day and work at night. He was also plagued with severe asthma, which had troubled him intermittently since childhood, and a terror of his own death, especially in case it should come before his novel had been completed. The first volume, after some difficulty finding a publisher, came out in 1913, and Proust continued to work with an almost inhuman dedication on his masterpiece right up until his death in 1922, at the age of 51.
Today he is widely recognized as one of the greatest authors of the 20th Century, and À la recherche du temps perdu as one of the most dazzling and significant works of literature to be written in modern times.
Una delicia de libro en forma de píldora epistolar que vuelve a mostrarnos la delicadeza de Proust, su mala salud, su elegancia... y su sensación de soledad. Aunque, realmente, tiene muchísimos conocidos y amigos, la inmovilidad a la que le obliga su delicada salud le deja muchísimas horas que no solo dedica a recuperarse de sus ataques si no que emplea en trabajar en su obra y, en cartearse con todo el mundo, incluida la exquisita vecina que vive ¡dos pisos! por encima del suyo. Apenas se visitarán, pero su maravillosa correspondencia, aunque nos falte la parte femenina, nos permite compartir con el autor hechos cotidianos y destellos de su sensibilidad y cultura. Demasiado corto.
n'hi ha que són més interessants que d'altres, però la cosa epistolar em captiva encara que només sigui: podeu fer el favor de parar de fer soroll? merci. sensacional.
¿Sabías que Marcel Proust tuvo un “casi algo” con su vecina, que ésta estaba casada y que, además, tuvo un trágico destino?
Así lo corroboran 23 cartas que el escritor mandó a Marie Pallu (de casada Williams) a lo largo de seis años (1909-1916). Esta curiosa relación epistolar se forjó en la cercanía, ya que Marie era vecina de Proust. Su marido regentaba una clínica dental en el tercer piso, justo encima de la cabeza de Proust, que tenía fobia al ruido. Por todos es sabido que el escritor francés tenía forradas de corcho las paredes de su habitación para evitar el ruido, donde pasaba largas jornadas de escritura casi recluido. Además, en estos años, Proust ya estaba gravemente enfermo. Desde los 9 años, luchaba contra un asma bronquial que le impedía hacer una vida normal y que le causaba grandes episodios de tos y asfixia.
A sus problemas respiratorios que le imposibilitaban descansar correctamente, durante esa época se sumó el ruido de las obras que el matrimonio Williams realizó en el inmueble, además de la maquinaria utilizada por el señor Williams en sus quehaceres como dentista. Estos años fueron clave en la vida de Proust, ya que en ellos nació su obra más larga e importante, ‘En busca del tiempo perdido’. Poco se sabe de Marie, más allá de lo que Proust comenta en sus cartas. Los señores Williams eran americanos, él ejercía como dentista, ella tocaba el arpa, no era su primer marido (ni sería el último), tenía un hijo (probablemente de su marido anterior) y no era feliz en su matrimonio actual, puesto que el señor Williams pasaba largas temporadas de viaje.
Poco a poco, ambos forjaron una amistad epistolar (aunque solo se conservan las cartas de Proust y no las respuestas de ella) que, de no ser por la enfermedad del escritor y su reclusión para escribir, habría llegado a una relación sentimental. Tal y como se menciona en las cartas, ambos se vieron en persona solamente un par de veces, a pesar de ser vecinos, coincidiendo con la visita que Marie le hizo debido a un ataque de asma que sufrió Proust y alguna ocasión más con su hijo, con quien Proust tuvo buena relación.
En las cartas (sin fechar, algo habitual en él), Proust despliega cierta seducción, aunque bastante comedida, pues es consciente de la situación sentimental de Marie y de que cualquiera pudiese tener acceso a las misivas. También trata temas más personales como la enfermedad, la soledad o la guerra, hecho que impide que salgan a la luz el 2º y 3º volumen de ‘En busca del tiempo perdido’, cuya fecha de publicación acabaría retrasándose.
«No conozco ninguno de los países de los que me habla. Pero he soñado a menudo con ellos; y usted, con sus palabras pictóricas y soleadas, ha hecho entrar el color y la luz en mi cuarto cerrado. Su salud, me dice, va mejor y su vida se ha vuelto más bella. De veras me siento feliz. No puedo decir lo mismo de mí. Mi soledad se ha vuelto más profunda aún, y del sol solo sé lo que me dice su carta. Ha sido usted, pues, una mensajera bendita, y, contrariamente al proverbio, esta única golondrina ha hecho para mí una primavera eterna».
Esta relación epistolar tuvo su fin cuando, tanto Proust como el matrimonio Williams, abandonaron el inmueble como consecuencia de la venta del mismo en 1919. Nadie conocía la peculiar relación entre ambos, y no se han podido encontrar las últimas cartas enviadas por Proust. Quizá, en las mismas, había una despedida conmovedora. Jamás se volverían a ver, ya que ambos correrían destinos similares, aunque lejanos.
El matrimonio Williams acabó por romperse. Marie se casó con el pianista Alexander Brailowski, cumpliendo así su sueño de estar cerca de alguien dedicado a la música, como ella, aunque no por mucho tiempo. Proust moriría en 1922, a consecuencia de una bronquitis. En 1931, ocho años después, Marie se acabaría suicidando.
«A pesar de lo triste de estos días, quizá le gustarían unas flores. ¿Y “cuáles”, como diría Verlaine?».