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113 pages, ebook
First published July 1, 1999
Una vez lanzada a rodar, si una leyenda encuentra un eco positivo en los sentimientos y necesidades populares, el hombre común la adopta y la embellece para su propia satisfacción; la incorpora a su vivir cotidiano, la modifica, la pule, adapta los personajes y su entorno a los tiempos que corren, cambia los ejes de atención, amplía o reduce el protagonismo de los participantes y finalmente la comenta y la transmite, pero rara vez la pone en tela de juicio.
Es entonces cuando la leyenda se transforma verdaderamente en un patrimonio universal: la cuentan los bardos y narradores en las tabernas, la relatan las ancianas a sus nietos junto a la chimenea, se hace copla o canción en las fiestas y se convierte en víctima de sesudos análisis por parte de literatos, críticos y otros personajes incapaces de crear sus propias obras.
-Realmente siento haber tenido que matar a tu perro, Cullainn. Entrégame un cachorro suyo y me comprometo a entrenarlo para que llegue a ser tan valiente como su padre. Y mientras tanto, ¡yo mismo cuidaré de tu casa, como ningún perro podría hacerlo jamás!
Cullainn agradeció un ofrecimiento que sabía sincero, y todo el séquito de nobles aplaudió la salida de Setanta quien, desde ese instante, quedó rebautizado con el nombre de CuChulainn, que significa, literalmente, "el Mastín de Cullainn".
En el centro del salón, junto a una de las inmensas columnas de ébano, sentado en una silla de marfil adornada con dos águilas de oro, se encontraba un anciano de cabellos blancos. Frente a él se sentaba una muchacha tan hermosa, que su vista encandilaba como la del sol en todo su esplendor. Lucía una camisa de seda blanca cerrada sobre el pecho con dos broches de oro rojo, y un vestido de seda dorada, recamado en piedras preciosas.
ReynoldsCuando Maxen se aproximó, la muchacha abandonó su silla, le echó los brazos al cuello, y ambos volvieron a sentarse en la silla, tan juntos que el mueble no pareció más ocupado que antes. Pero los sonidos del salón, suaves y armónicos, fueron trocándose en ruidos discordantes: los perros sacudían sus correas, los escudos se entrechocaban contra las espadas y los caballos piafaban y relinchaban inquietos, anticipando la trompa de caza.