El aristócrata escocés Lord Edward Glenarvan descubre, durante un viaje de recreo en la costa escocesa, en el estómago de un tiburón martillo un mensaje dentro de una botella lanzada por Harry Grant, capitán del bergantín Britannia, que ha naufragado dos años antes (1862) junto con dos miembros de la tripulación. A petición de Roberto y María, los hijos del capitán, decide lanzar una expedición de rescate, cuya principal dificultad consiste en que los datos del mensaje lanzado por los náufragos son ilegibles, excepto la 37º S.
¿Cómo debería ser una historia de aventuras? Julio Verne responde a esta pregunta con Los hijos del capitán Grant.
La obra brilla gracias a una galería de personajes inolvidables: desde la determinación de Mary y Robert Grant, hasta la valentía de Lord Glenarvan y el contrapunto cómico —pero brillante— del entrañable Jacques Paganel. La trama nos sumerge en situaciones extraordinarias, comenzando con el hallazgo del mensaje en el tiburón del primer capítulo, hasta peligrosos encuentros con piratas. Pero es el viaje lo que realmente cautiva: una odisea que sigue el rastro del paralelo 37, llevándonos desde las costas británicas hacia los Andes en Sudamérica, para culminar en los exóticos y peligrosos paisajes de Australia y Nueva Zelanda. Es, en esencia, el abecedario de la aventura clásica.