Segunda entrega de la saga de Ed y Am Hunter y listo, tiramos la casa por la ventana. Porque en apenas un año, Brown pasa de emular ejemplos evidentes del hard boiled contemporáneo (en su anterior novela de la dupla, La Trampa Fabulosa) para generar una impronta personal, única, y diversificar el propio género negro en dirección a sus más caros intereses: lo surreal, lo onírico, lo bufo y carnal. Ha pasado un año también para nuestros héroes y el joven Ed (19 años) vive ahora con Am, su tío, concentrado por completo en la vida de un feriante. Así es, la feria de atracciones y entretenimientos a la que ambos pertenecen -con un puesto de tiro al blanco con bolas- recorre el medio oeste estadounidense sin pausa y sin prisa, y Ed se encuentra cómodo y contento con su nuevo hogar, entorno y -ni que hablar- familia. Pero las cosas se ponen extrañas cuando aparece un enano asesinado en el predio -y no, no es el enano que viaja con la feria- al que nadie conoce pero que es la punta de la madeja de un oscurísimo misterio, uno al que no le faltarán cuotas de absurdo, las que casi lo llevan al límite de lo fantástico. Un policial redondisimo, donde Brown da rienda suelta a su prodigiosa imaginación, a su gran talento cómo creador de atmósferas y personajes. Una trama perfecta que sorprende y que tan sólo se ve algo disminuida por repetir algunas pautas -sobre todo el accionar de Am desde su lugar secundario- de la novela anterior (lo que resta algo de sorpresa). Otra relectura tremendamente feliz (complementada, además, por los inmensos artículos de Javier Coma que acompañan “La viva imagen”, cómo así está traducida mi edición, que cuenta con tapa de -nada menos- Jordi Bernet).