Hay costumbres que tenemos muy arraigadas, vicios, tal vez; acciones de nuestras vidas que tenemos tan naturalizadas que se han convertido en paisaje y las damos por hecho. Hay muchas, claro, pero hoy me detendré en una que es común para muchos de nosotros: enfermar e ir al médico.
Es tan común que incluso antes de ir ya hasta sabemos qué nos dirán y qué nos ordenarán tomar: gripa, descanso y líquidos; alergias, líquidos y loratadina; gastritis (y todas las dolencias del estómago), omeprazol o cualquiera de sus sucedáneos en ayunas. Es más, me atrevería a pensar que no vamos al médico con la ilusión de una cura, sino de una incapacidad, porque la medicina se ha vuelto eso, una parte más del sistema que nos lleva a consumir, a pagar, nos convierte en zombies de droguerías; lastimosamente la medicina actual (al menos la más difundida) está centrada en las consecuencias y no en las causas. A usted le solicitan exámenes de laboratorio para saber qué recetarle con mayor precisión, pero no para tratar de entender las causas de aquello que lo aqueja. Nos acostumbramos a eso, pero ¿Qué tal si existe otro camino? ¿Qué tal si la medicina puede servir de otra manera?
Siendo honesto, no se trata de un interrogante que tuviera muy presente o que fuera una pregunta que necesitaba resolver. Este interrogante se fue gestando en mí gracias a un ser maravilloso que me ha regalado mucho de su tiempo y su conocimiento y ha aceptado llevarme con paciencia por caminos para mí desconocidos pero muy gratificantes y uno de ellos es la Medicina Funcional.
Y aquí hay que tener pies de plomo, pues se trata de una disciplina relativamente desconocida, que cuenta con más detractores que entusiastas, aunque hoy puedo decir con orgullo que me encuentro en el segundo grupo.
La Medicina Funcional cambia el paradigma y esto es el primer escollo en su comprensión. Habla de las causas de las dolencias del cuerpo y no de sus consecuencias. En ese camino, que implica leer, investigar, estudiar, comprender, se encuentra uno con una sensación extraña: la de darse cuenta paulatinamente que toda su vida ha hecho las cosas mal; y aceptar que uno siempre ha estado equivocado es un obstáculo que se debe eliminar en el camino hacia una mejor salud. Y allí voy, allí vamos.
“El milagro metabólico”, un nombre un poco rimbombante que deja alguna inquietud porque estos títulos a veces no van acompañados de un buen contenido, esconde un montón de conocimiento que llega como un bálsamo a la mente y como una brillante luz de esperanza: se puede vivir de otra forma.
El Doctor Carlos Jaramillo, en un lenguaje claro y práctico, pone en nuestras manos muchas herramientas para iniciar un camino de sanación del cuerpo y por qué no, de la mente. Con sólidos argumentos científicos y un enorme respaldo bibliográfico nos explica en términos generales que la raíz de muchos de los problemas de salud que nos aquejan de manera cotidiana están en la información que le damos al cuerpo, y esta información no es otra cosa que … ¡La alimentación! Tan simple y tan complejo como eso.
En la comida está la respuesta, la puerta de entrada hacia un camino que nos permitirá vivir de otra manera, reinventar nuestras costumbres y posibilitarnos un modo de pasar bien los años que nos quedan. Con “El milagro metabólico” entendemos el funcionamiento de las principales hormonas del cuerpo, nos muestras cuáles son los alimentos más perjudiciales para la salud, nos ilustra sobre cuáles son los principales errores que cometemos en la alimentación de los niños y nos invita a vivir mejor con un simple viraje de nuestras costumbres.
Y digo simple, aunque soy consciente de que es un proceso arduo y lento; suprimir el azúcar, las grasas malas, el gluten y los lácteos es algo que lleva a muchos a pensar ¿Entonces qué como? Pero no se queda simplemente en la crítica y en el regaño, le da al lector elementos para iniciar el camino hacia una mejor salud (En las últimas páginas incluso hay recetas hasta de postres), para entender que no hay que conformarse con el ciclo interminable de enfermar y tomar pastillas. Se puede vivir sin enfermar, sin naturalizar el dolor en el estómago y los gases después de comer; sin comerse la pizza sabiendo que nos va a llevar al baño, sin comer algo que sabemos que nos va dar reflujo: se puede vivir mejor.
Este es el camino que he empezado a entender y sé que muchos que lean este libro lo agradecerán, porque no se trata de un libro propagandístico como muchos que pululan por allí ofreciendo milagros y fórmulas mágicas. Es un libro, como dije antes, con un gran soporte científico y escrito en un lenguaje que facilita su comprensión. No es el final del camino, es el principio. En el canal de Youtube del Doctor Jaramillo además hay mucha más información que nos servirá, si decidimos revisar nuestras costumbres y apostar por un mejor estilo de vida.
Nos corresponde seguir documentándonos, leyendo y teniendo la suficiente humildad para aceptar que estábamos equivocados, que por mucho que amemos a nuestras familias, a nuestras mamás, las costumbres alimenticias con las que crecimos y legitimamos a lo largo de nuestra existencia, no eran las mejores. Comprender esto es el primer paso, el segundo es entender que el camino es largo y el tercero es, empezar el cambio.
No se trata de llevar una vida de monje budista, ni de tener que comprar lo más caro que haya en el mercado. Es un asunto más de amor propio, de amor por el cuerpo, que es el único con el que contamos y se merece todo el respeto posible. Es paradójico que hoy haya gente que cuide más su carro que su cuerpo. Es triste, pero es así.
Bueno, si aún está leyendo esta reseña que me salió más larga de lo que imaginé, no me queda más que invitarlo a que le dé una oportunidad a la Medicina Funcional. A lo mejor “El milagro metabólico” obra un milagro en usted. Por lo menos el cambio en mí ya está iniciando y lo agradezco.
Gracias al Doctor Carlos Jaramillo por obstinarse en su noble labor. Pero, sobre todo, gracias a mi Lu. No sabes el valor que esto tiene para mí.