Los niños del agua, Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, cuenta con siete crónicas: El teléfono del viento, Paraíso en el mar del dolor, Jizo san, La bella durmiente, Los niños del agua, , La carpa de mis sueños y Butsudan. En ellas Hiram Ruvalcaba explora dos temas centrales: las relaciones culturales, religiosas y literarias entre México y Japón y el destino espiritual de los niños, los bebés y los fetos muertos. Es el segundo libro de Ruvalcaba en Tierra Adentro.
Es licenciado en letras hispánicas por la Universidad de Guadalajara e ingeniero ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores. En 2016 fue ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013) y Me negarás tres veces (2017), así como, en colaboración con Sandra Ruiz, la antología Kwaidan. Extrañas narraciones del Japón antiguo
Estas crónicas relatan, en su mayoría, el peregrinaje, físico y espiritual, que hizo el autor por Japón para aliviar el peso de la muerte de su hijo Tristán.
Asistimos con él, por ejemplo, al teléfono para hablar con los muertos, al ritual de los niños del agua, y al tutelaje que Jinzō san —un personaje entrañable del panteón budista que es uno de los hilos conductores de la narración— hace de los niños que murieron sin conocer las enseñanzas del Buda, quedando imposibilitados, “en teoría”, de seguir las enseñanzas para alcanzar la Tierra Pura.
Con una prosa refinada, autocontenida, y llena de referencias de primera mano a la cultura japonesa, su literatura y sus parajes, Hiram Ruvalcaba crea en estas páginas una atmósfera intimista, silente y reservada, pero vívida, que captura de manera insuperable el espíritu característico del Budismo y el respeto rayano en lo místico que anima a las tierras del sol naciente.
Tal vez lo único que desentona con el objetivo principal que se plantea el autor desde su primera crónica, sea el impromptu donde narra, en una crónica más cercana al reportaje, el encuentro entre Octavio Paz y Kenzaburo Oé en el Colegio de México en la década de los noventa; sin embargo, es fácil interpretar este ‘faux pas’ como un intermedio que aligera la carga emocional tan intensa que permea este libro.
No conozco a Hiram Ruvalcaba, pero después de leer este libro personalísimo me dan ganas de conocerlo y darle un abrazo.
La frase típica de “no juzgar un libro por su portada” me choca a veces, o más bien constantemente. Este libro, sinceramente, al verlo en la librería me llamó la atención su portada: una ilustración súper linda de unos peces koi que prefiguraban lo que contiene el texto. Creo que los textos son en su generalidad muy lindos, delicados, con un gran conocimiento de la cultura japonesa que es algo importante sobre todo cuando se establecen en conexiones con otros ámbitos culturales. Esto lo pienso mucho cuando veo escenas de algo mexicano en alguna película o cualquier otra obra desde una perspectiva extranjera y que suelen ser muy exotizante, no me parece que exista esto acá, sino un trato muy respetuoso, familiar. Ejemplo de esto se expresa en el hecho de que el autor usa muchas palabras japonesas en lugar de poner sólo su traducción: pone su pronunciación, la palabra en japonés y luego la traducción. Y claro el núcleo y eje rector principal del libro que es el fallecimiento de su hijo y la búsqueda de sanar es profundamente conmovedor, humano en encontrar similitudes dentro de las diferencias culturales. Como menciona otra reseña, el único artículo que como que desentona un poco con el resto es el de la visita de Kenzaburō Ōe, pero como se señala igual es es entendible para aliviar un poco. Además de que se disfruta el chismecito literario.
Siete relatos cortos, escritos a manera de crónica. Historias situadas en el estado de Jalisco y Japón. La temática: pérdida, muerte de niños-bebés, budismo, reflexiones filosóficas y existencialistas.
Mi relato favorito fue Butsudan: "¿Le canto una canción de tumba?", duele y perturba la imagen del abuelo de Hiram Ruvalcaba paseando con su bolsa de plástico de hospital en hospital, qué relato tan desgarrador.
Teléfono del viento: la oportunidad de comunicarse, una entre un millón y después de hacerlo ¿cómo sigue la vida? ¿qué pasa en la mente y en los sentimientos? Los rituales para los niños del agua, tan igualitarios, sin juzgar. La carpa de mis sueños, con la metamorfosis de humano-pez koi. Jizō San, esa pequeña escultura de piedra que acompaña a los muertos. Paraíso en el mar del dolor, una reflexión del uso de productos agrónomos y las consecuencias en la contaminación ambiental principalmente del agua. La bella durmiente, chismesito literario con Rulfo, Ōe Kenzaburō, Gabriel García Marquez.
Este libro es una crónica de Hiram en su viaje por Japón con el objetivo de lavar el recuerdo de su hijo muerto Tristán. Un libro bien documentado, una guía en usos, costumbres, ritos y similitudes entre México y Japón en cuanto al culto a los muertos.
Vale la pena leerlo, una voz desde la paternidad con la esperanza de la salvación
Más que un libro es un viaje catártico en el que acompañamos a Hiram en su camino de dolor, nostalgia y recuerdos, por su propia pérdida y otras que nos va narrando tanto en Japón, como en su familia. Al mismo tiempo comparte su recorrido sobre la visión de la muerte y sus ritos, creencias y la esperanza que compartimos desde cualquier parte del mundo, de que los niños del agua se encuentran bien, porque tal como describe el autor, la muerte de un niño es una llaga que se abre en el mundo y no termina de cerrarse...
BRUTAL. Uno casi que puede sentir el dolor entrar por los ojos en algunas crónicas. La primera y la última, devastadoras emocionalmente. Una no me encantó, pero es más bien por un gusto personal. Una exploración del duelo, un viaje a Japón y el contraste de culturas que, en ciertas circunstancias, lidian con el dolor de forma muy similar.
Me gustó un montón, me hizo llorar, creo que es la primera vez que veo el punto de vista de un hombre sobre un aborto y la muerte de un bebé que no alcanzó a vivir y sin embargo el espacio pequeño de tiempo donde existió marca a los padres.
Me parecía rara la comparación entre Jalisco y Japón, pero supongo que todos los vivos lloran a sus muertos porque las similitudes son asombrosas.
Me conmovió, me puso triste y pude ver el homenaje del autor a la vida de su hijo amado
Historias del fallecimiento de hijos pequeños y los no nacidos en México y Japón y como ambas culturas les rinden culto para que nunca mueran.
“En ese pequeño espacio reside el deseo de los padres sin hijos, en el reconocimiento de la vida que no fue, y sin embargo, seguirá latiendo a nuestro lado, porque los niños del agua no se van realmente, se funden con nosotros mismos hasta que es imposible distinguir donde empieza la vida de uno y termina la del otro”.
En cuanto terminé este libro, supe que quería hablar de él, pero no sabía qué decir o cómo abordarlo. Me di un tiempo para escribir un comentario porque quería procesar muy bien todo el viaje que emprendí con él.
Es de las primeras crónicas que leo en mi vida y ya siento que será mi referente o modelo de comparación cuando lea más de este género.
Cuando digo que emprendí un viaje con este libro, no es por reutilizar una expresión común cuando se habla de la lectura. "Los niños del agua" es un viaje entre México y Japón como territorio, como literatura, como imaginario colectivo, como tradiciones, como historias de gente que ha sufrido el arrebato de un infante con las olas de la muerte, como formas de ver el mundo.
Si bien estos países y sus culturas son los espacios donde se desarrolla la crónica, la relación entre la infancia y la muerte son los temas principales: La muerte infantil, la muerte como un sueño profundo y tranquilo, la muerte como resultado de un capitalismo ambicioso, entre otras perspectivas sobre este inevitable sucedo. Es un escribir con el corazón hecho pedazos por la muerte temprana, pero también regocijado por la esperanza de lo que hay después de la muerte y lo que depara a esa alma que siempre será inocente.
Me faltan palabras y me sobran emociones porque la crónica de Ruvacalba se hace desde la vulnerabilidad para llegar a generar toda clase de emociones en mí y en el resto de sus lectores.
Soy fiel creyente que lo que consumes llega a ti en su debido momento. Intente leer este libro hace como año y medio, sin embargo aunque tenía la intriga de acabarlo, no lo hice por alguna razón que no puedo explicar. Creo que no estaba listo para leerlo, en muchos sentidos. Un libro que transita temas entre la muerte, como muta nuestro dolor entorno a él, yendo de la mano con archivos de similitudes entre la cultura latinoamericana con la Japonesa, y como sus relaciones tanto diplomáticas como intelectuales y personales hacen una simbiosis entre ambas. Al principio pensé que sería un libro de cuentos, relatando diferentes perspectivas de la muerte, mas específicamente de lxs niñxs. Sin embargo me di cuenta que es más como un archivero/diario del escritor, relatando una historia de un joven, que perdió a un hijo antes de nacer cuando era adolescente, mientras acontece hechos históricos, narra prácticas religiosas y culturales tanto latinoamericanas como japonesas. Me encantó como siempre cambiaba el autor de perspectivas, transportándonos entre espacio, tiempo y personajes de una manera tan fluida, al igual que cambia entre prosa y verso múltiples veces, para dar a entender que el formato de este libro no solo es una historia.
Creo que este libro llegó a mi en este momento para poder abrir un poco más los ojos ante la pérdida de mi abuelo, que todxs vivimos con ese dolor de la partida de alguien que fue tan cercano a unx. En varios momentos, me encontraba al borde del llanto, con escalofríos al leer sobre las interpretaciones de tanto el protagonista como diferentes escritores que referencia sobre la muerte.
Es un libro que recomiendo altamente, lo único que le veo en “contra” es que a veces al relatar hechos históricos que abarcan capítulos completos se me hacía pesado, como si estuviera leyendo un ensayo académico. Que, aunque entienda el porqué esta dentro del libro, siento que se pudo haber implementado de maneras más sutiles en ocasiones
Fuera de eso, no tengo nada más en contra de este libro
“Un altar es un amuleto de amor, un faro que se enciende contra el olvido, nuestra manera de decirle a nuestros muertos que jamás renunciaremos a su memoria”
“Un altar es un amuleto de amor, un faro que se enciende contra el olvido, nuestra manera de decirles a nuestros muertos amados que jamás renunciamos a su memoria.”
“…la vida ya nunca será igual sin ti. Pero sigo esforzándome. Todos los días. Siempre.”
#bookquotes
Hablar de la muerte siempre ha resultado complicado, incluso en la sociedad mexicana que ofrenda y celebra anualmente el regreso de sus muertos. Sin embargo, la historia resulta mucho más compleja cuando el tema se combina con infancias o incluso con no natos. Este libro contiene siete relatos a modo de crónica en donde el común denominador son las pérdidas; gracias a este punto en común, pese a no ser una novela, los textos se antojan hilvanados, dando la percepción de ser una misma historia que va creciendo. El autor parte de su experiencia personal sobre la pérdida de su hijo para iniciar este imposible camino.
Un libro lleno de reflexiones profundas y párrafos conmovedores. Toca y profundiza temas complicados y sumamente dolorosos. Todas las historias tienen algo de desgarrador, sin embargo, la de Francisco Javier roba todo el aliento. Pese a ser un libro sumamente conmovedor, no produjo lo esperado, con lo cual habrá que regresar a él más adelante. Igualmente se recomienda sin duda alguna.
Este libro me dejó shockeado, destrozado, enternecido y sin ganas de ser papá nunca jamás en la vida. Son siete crónicas en las que el autor logra entrelazar historias personales con algunos elementos de la cultura japonesa.
El hilo conductor es el dolor de perder a un hijo no deseado, pero que quisieron traerlo al mundo. El duelo del padre lo lleva a reflexionar y hacer cosas simbólicas, como hablar en una cabina telefónica cerca del mar. Me parece bellísimo que incluso cuando algunas de esas cosas las hacía estando en Japón, la empatía de las personas borraba cualquier brecha cultural.
Sin embargo, también tiene otras crónicas que se salen de lo personal, me pareció efectivo para que el tema no saturara al libro. Hay unas que están cerca de la unidad temática, por ejemplo, una sobre niños envenenados por plaguicidas. Otra, la más lejana a todas, pero no menos interesante, sobre la visita de Kenzaburo Oē a México.
La verdad es que es uno de los mejores libros, ya no digamos de crónica, sino así a secas, que se ha escrito recientemente. Búsquenlo en su educal de confianza porque es una joyita que los va a conmover y les hará pensar en la manera que vemos la muerte de los infantes.
Nadie tendría que enterrar a un hijo, ni padecer su brevísimo paso por el mundo y su larguísima ausencia, como expresa Hiram en su peregrinación por Japón tras la muerte de su hijo, Tristán. Durante las 7 crónicas en que narra este tránsito por el país y su paso por la muerte nonatal e infantil, Hiram nos enseña de la intimidad que hay en la cultura japonesa frente a este duelo. Mis capítulos favoritos, El teléfono del viento y Paraíso en el mar del dolor, por la interesante y costosa realidad que la memoria de Japón carga consigo en la recóndita costa de Iwate, y en la región de Minamata. Quizá también de mis favoritos es el último capítulo, Butsudan. Durante este último, busqué recordar sin éxito el nombre de los hermanos perdidos de mi amiga Luz y de mi papá Octavio. No podría recordarlos si es que alguna vez supe esos nombres que los padres de Luz y mis abuelos habían padecido sin yo poder comprenderlo. Lo que sí pude fue comprender los nombres que no tendría problemas en recordar jamás. Que de no haber sido por dicha pérdida, Luz no sería ella, no habría sido ese rayo de espeanza que llegó para alumbrar una herida que sangra más allá del tiempo de sus padres y su hermano mayor vivo; y que mi padre no sería el octavo hijo, no sería él, quizá ni Luz ni Octavio hubieran nacido. Cómo dice Hiram, vivir no es otra cosa que caminar de lado con nuestros muertos amados hasta que se funden con nosotros mismos. Este libro es el propio altar que deja Hiram para los niños del agua, y un altar es un amuleto de amor, un faro que se enciende contra el olvido, nuestra manera de decirle a nuestros muertos amados que jamás renunciaremos a su memoria. Sólo lamento que abril sea el más cruel de los meses, como lo fue también para Cecilia Lavalle y su hijo Alejandro
¿En qué se parecen México y Japón? Incluso, más específicamente, Jalisco y Japón. Este escritor, mexicano pero con una profunda conexión con el país del Este, nos entrega en una serie de textos, que van desde lo más íntimo y confesional hasta lo que por momentos es un ensayo de crítica literaria, muchas conexiones entre estos dos países, entre dos regiones aparentemente disímiles pero con más puentes invisibles de los que uno se imaginaría: del exvoto al butsudan, de las creencias mexicanas del más allá a las niponas, de Kenzaburo Oe y Yasunari Kawabata a Juan Rulfo, de los concilios vaticanos a la alimentación de las carpas koi todo articulado en torno a la columna vertebral de "Los niños del agua", esos que murieron sin conocer la basura ni el polvo. Desde la propia pérdida hasta la actual vida, Ruvalcaba nos transporta y nos conecta con ese kokoro no naka, el sentimiento que, del corazón, obliga a hacer.
Crónicas favoritas: "El teléfono del viento" y "Butsudan". Podría ser el mejor libro que he leído de Tierra Adentro. No he leído tantos como para que esa afirmación tenga algún peso 😅. Este libro de crónicas aparenta ser un libro de viajes sobre el tiempo del autor en Japón. En realidad es un texto en el que procesa el luto por la pérdida de un hijo no deseado, pero que no por eso duele menos, a través de la cultura nipona y sus rituales en torno a la muerte de los bebés. Tiene un par de textos que se salen un poco del tema, incluyendo uno sobre la relación de Kenzaburo Oe con México, que va de Pedro Paramo a actividades nocturnas que hicieron sonrojar a las autoridades del Colmex 😅😥 Lo recomiendo ampliamente a los fans de ese país oriental o que hayan perdido a un ser querido.
Primera obra que leo de Hiram Ruvalcaba. En este libro podemos encontrar siete crónicas en donde se aprecian las semejanzas que tienen la cultura mexicana y la japonesa. Los temas centrales son la vida y la muerte. El autor nos comparte desde lo más profundo de su corazón, sus emociones, sus sentimientos y nos explica cómo ha sobrellevado la muerte de su hijo Tristán, a quien se considera como un niño de agua (feto o recién nacido que fallece). A partir de esto, nos adentramos a la perspectiva que tienen distintas culturas sobre la muerte, y donde el autor logra intercalar historias personales que resultan muy interesantes a pesar de estar tocando temas tan sensibles.
"¿Cómo te preparas para la muerte de tu hijo? ¿Con qué palabras lo envías a la eternidad?"
Un viaje y un libro catartico, nos sumerge en la profundidad del mar a todos aquellos que hemos enfrentado la muerte de un niño pequeño y de un hijo. Va entrelazando ritos y tradiciones tanto japonesas como mexicanas y sabes el el dolor es el mismo en cualquier lugar del mundo y que se requiere algo de que sostenerse para liberar un poco el dolor que permanecerá para siempre en el corazón de los hemos pasado por una pérdida así, de un suceso que simplemente no tiene nombre.
La lectura es triste, pero a su vez es un bálsamo para el alma.
Un relato melancólico de lo que significa perder un hijo, y la belleza que surge en los rituales, estatuas y símbolos que acompañan esa muerte. En el centro del libro hay una crónica muy larga fuera de tema y la letra es diminuta.
"La muerte de un niño es una llaga que se abre en el mundo y no termina de cerrarse. Aunque pasen las décadas y el mundo se olvide de que existe, la herida está ahí. Y nos sigue doliendo a todos".
Hiram Ruvalcaba se mantiene como uno de los narradores —y profesores, también— que más admiro actualmente. Una gran serie de crónicas en torno al duelo de la pérdida de un hijo y cómo se manifiesta esto en la cultura japonesa y mexicana. Mas que una labor expositiva y de contraposición cultural, forma un ejercicio de paralelismos entre Japón, México y la propia cercanía de Ruvalcaba a la muerte infantil. Recomiendo altamente este libro y su libro hermano, Padres sin hijos.
Los niños del agua de Hiram Ruvalcaba es el tercer libro que leo del autor y gratamente me vuelve a sorprender. El mizuko, Jizo san, el Santo Niño de Atocha.... el libro evoca emociones y puede sentirse la relación espiritual y cultural entre México y Japón.
Recomiendo el libro Veneno y Feminidad de Hiram Ruvalcaba y Alfredo Hermosillo que también te sorprenderá.
Hiram Ruvalcaba sabe combinar la literatura con su vida personal de formas fascinantes. Saber de Tristán, sentir la necesidad de consuelo de los padres entre cada crónica y llevarse una grata información sobre la convergencia que existe entre Japón y México con respecto a la muerte de infantes y no natos, es intrigante. Tengan pañuelos a la mano, yo me la pasé llorando en cada página.
Enfocado en la muerte de los hijos específicamente, un trabajo de contraste entre la cultura mexicana y japonesa respecto a este tema, partiendo de la propia vivencia del autor jalisciense quien perdió a su hijo Tristán. Incluye apreciaciones personales y aportes un tanto académicos, dada su formación en estudios de Asia
Creo que peco en sentir que merezco historias que se que no me tocan; quería que expusiera su alma y me dijera que oyó en esa llamada. No me enseñó su alma, pero si me enseño su añoranza, contextos, y las historias/palabras de otros para explorar el dolor—innombrable en español. Al ser menos y más que su autor, Hiram Ruvalcaba es el curador del altar Los Niños del Agua.
Es una buena reflexión sobre la muerte y como es y será siempre parte de nuestra vida. Cuenta con varias crónicas e historias que entrelazan la cultura japonesa y la mexicana, y como, ante esta situación nos parecemos más de lo podríamos pensar en primera instancia.
Aún al finalizar la lectura, te deja reflexionando sobre esos temas tan trascendentales en la vida de toda la humanidad.
La manera en que los relatos fluyen desde lo general hasta lo más íntimo y viceversa, es maravilloso. Una conexión entre dos culturas a través del amor, el dolor, la pérdida, esperanza y la lucha contra el olvido. Mi favorito: La carpa de mis sueños (:
Siempre me ha parecido admirable esa capacidad de crear conexiones muy sutiles. Este libro lo logra: la relación de lo mexicano con lo japonés. Además, creo que el testimonio del duelo de un padre es poco usual. En este caso, está bellamente tratado.
Una interesante perspectiva sobre la pérdida de un hijo, compartida a través de relatos bien armados, interesantes, documentados y con una narrativa honesta y personal. Hiram logra crear un altar a los niños del agua con sus palabras. Excelente libro.
Leí este libro el año pasado y hasta ahorita me sigue llenando el corazón de una nostalgia por algo que alguien más pasó en su vida, sin duda esta crónica es lo mejor que pude haber leído para lidiar con la pérdida de un ser querido. Este libro me enseñó a seguir conviviendo con la ausencia.