Los desprolijos del paisaje saben que el viaje es hacia adentro. Pero también saben que en banda la experiencia se magnifica, se expande, brilla, y hasta los ilusiona con que las fugas planeadas, al fin, sean posibles. Las pupilas dilatadas le hacen de espejo a Carla, la voz primera, con vista de caleidoscopio; seguida de cerca por Felipe, Renata, Lara, el Gordo y el Dani, ese que viene a dar el aviso que ninguno está dispuesto a escuchar. Porque adentro, bien adentro, en lo profundo, la música está siempre al palo, el transcurso de alucina y la espiral los mantiene despiertos, juntos, rotos, hasta eyectarlos a un nuevo estadío de lo que ya, entre tanta gira, sería pecado llamar conciencia. Una toxicidad montevideana corre vertiginosa por los sistemas nerviosos y espirituales de estas atomizadas e irónicas comadrejas que avanzan, consumen, cogen, bailan, juegan, odian, transan, hasta el inevitable descenso que trae consigo el riesgo de que algo falle. En esta historia ruge el motor de una montaña rusa uruguaya que grita que ha sido un gusto en clave de amenaza. Un gusto, sí, de tiritos, chelas, fasitos, y pasas de uva con corazón alucinógeno. Porque así, y solo así, se puede flashear con que este asunto de andar vivos duela menos.
En un Montevideo en los early 2000 conocemos a Carla (Colo o Colombia) y su varieté de grupo de amigos. Todos en un viaje un tanto astral de tantas toxinas incorporadas por las drogas intentando encarar la vida entre el trabajo, los estudios, los cambios y la vida.
Me costó mucho entrarle a este libro, incluso terminarlo. Se me hizo cuesta arriba, no logré empatizar del todo con los personajes y su entorno. Destaco de que son personajes muy bien logrados y que te podes encontrar perfectamente en la vida real, pero no por ello me sentí cómoda con estos.
La novela tiene un montón de temas que están buenos para encarar como el suicidio, el cambio, el mudarse a la capital o a otro país y muchos otros más. Además de que la autora tiene una buena pluma y llevarte por esta historia, pero honestamente siento que no pude conectar y me lo devoré por cansancio.
Es un libro de lectura ligera. Narra la historia de un grupo de amigues modo fisura permanente, en Montevideo. Los personajes están muy bien logrados, atraviesan momentos de tensión desde el humor y el sarcasmo.
No sé hace cuántos años habré leído un libro por última vez, calculo que muchos. Tantos que si tengo que definir mi relación con la lectura sinplemente digo "no leo".
Dado que efectivamente no leo, es especialmente destacable haber leído este libro de un tirón. Se lee aunque no leas porque entretiene, porque se entiende, porque te hace reír, porque para qué parar de leerlo si querés saber qué pasa después.
Yo no llevaba en esos años la vida que llevan quienes protagonizan el libro: yo no sabía ningún sobrenombre para el LSD, todavía no había probado porro y trabajaba nueve horas a una hora y dos bondis de mi casa. Sin embargo este libro es la vida misma, habla de fiestas en las que seguro estuve, de amigues que seguro amé y quise matar a la vez, de boliches noches donde seguro les crucé y de dolores que seguro habité.
Me encanta cómo cuenta estas noches que no son mías pero un poco lo son, y espero que en este mundo lleno de gente que lee y gente que escríben haya siempre un registro tan fiel de noches y de amores así.
Además de ser una muy buena novela de un grupo de amigxs que están dando vueltas en el aire (casi literalmente), sobresale la capacidad de observación, la capacidad para describir una generación (Montevideo, año 2009, por ahí andan) y que aparezca citada la canción Gordo Droga de los Dead Menens ya la coloca en un lugar sublime. Ácida, divertida, por momentos dura, que se anota otros varios puntos al abordar no solamente un aire fiestero desesperado sino también la muerte, la violencia y la necesidad de irse a la mierda (literalmente).
Creo que le pondría 3,5/5. A mí me triggerean las historias de consumo de drogas o sustancias de manera abusiva, así que me costó avanzar. Es un libro crudo en el sentido de que los personajes no generan especial simpatía, aunque haciendo un análisis más general imagino que pueden llegarle a algunas personas por identificación. Me fui enganchando más en la segunda mitad, cuando se complejizó la trama y aparecieron aspectos más humanos de los personajes y de sus vínculos. El último 25% me encantó. Así que diría que fue una experiencia in crescendo.
Es un libro de lectura dinámica y ágil, que se asemeja a la adrenalina con la que conviven los personajes en su cotidianidad. La estructura narrativa y la evolución de los personajes hace que disfrutemos de las distintas miradas del relato. Me llevó a lugares reconocidos y vividos y a situaciones un poco más rotas que las de mi adolescencia. Recomiendo.
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