El 11 de julio de 1897, tres hombres partieron del archipiélago de Svalbard, un cúmulo de rocas y glaciares ubicado al norte de Noruega, rumbo al polo norte. Era un trío sueco: el ingeniero Knut Frænkel y el fotógrafo/científico Nils Strindberg, liderados por el físico, aeronauta y excéntrico Solomon August Andrée. La empresa en sí misma no era nada nuevo, el siglo XIX había visto desfilar una nutrida lista de expediciones más o menos serias con el mismo objetivo. Lo diferente, en este caso, sería el método. Andrée pensaba alcanzar el polo sin tocar el suelo, a bordo de un enorme globo de hidrógeno llamado Örnen (Águila), supuestamente maniobrable a través de un sistema de cuerdas y contrapesos.
Los nombres de Andrée, Strindberg y Frænkel no son muy recordados hoy en día por razones fáciles de adivinar: fracasaron. Escasos minutos tras despegar, el globo ya iba rozando el agua, forzando a los hombres a tirar por la borda 200 kg de arena, además de los 500 kg de cuerdas y pernos que se zafaron al instante. Sin este peso, Andrée y sus compañeros estaban a la merced del viento. Por 30 años, nadie supo su destino.
Un mundo sin orillas es una novela basada en la malograda expedición de Andrée, excepto que no lo es realmente, o no del modo esperado. La razón por la cual me permití relatar tanto de lo sucedido es que el desenlace de la expedición no es, en realidad, el destino del relato de Gaudy, sino su punto de partida. Los sucesos concretos y secuenciales de la trama de la expedición son secundarios; lo que está en el centro es una exploración sensible del vacío dejado por estos hombres a su partida, así como su gradual transformación en una presencia fantasmal, documental, fotográfica, por medio de la cual podemos reconstruir, intuir y asomarnos brevemente a su fortuna, pero nunca aprehenderla por completo.
Subyacente a su narración del viaje de Andrée y otros intentos desventurados de conquistar los límites del planeta, la novela plantea una crítica melancólica al proyecto de la modernidad: el ordenamiento del mundo, su completa medición, clasificación y posesión humana. Podemos pensar que estamos por encima de la naturaleza, que la sobrevolamos como los suecos pensaban hacer en su globo, pero al final Gaudy afirma que nuestras limitaciones y el poder del mundo terminarán por pasarnos por encima. Sin embargo, los escombros del naufragio también tienen valor: a la manera de Barthes, Un mundo sin orillas subraya con insistencia la facultad de la fotografía, en particular, para captar algo de la herida fundamental que hay en el fondo de las cosas, permitiendo su reconstrucción por miradas curiosas como la nuestra.
El resultado, más que una novela histórica, es una ficción documental conmovedora que también funge como un ensayo sobre las posibilidades del recuerdo y sus materializaciones, desarrollada en un estilo descriptivo y paciente cuya belleza a veces llega a lo arrebatador, si bien puede tornarse repetitivo en otros momentos, sobre todo si el lector ya conoce el rumbo de las historias clave de la exploración polar insertadas aquí como ejemplos bellos, pero secundarios.