La vida de Ernestico, retratada por Karla, es la vida de los últimos 50 años de Cuba. De los años dorados del socialismo latinoamericano de los 70 y 80, del periodo especial de los 90 que laceró la sociedad cubana, y sobre todo es conocer de la política exterior que promovió la Revolución fuera de sus fronteras.
La política expansionista de Fidel en África era un hecho más en la cotidianidad en la niñez de Ernestico y su familia, las noticias que llegaban por radio o titulares de prensa que encabezaban Granma, hasta que esa realidad pasiva y lejana les tocó a la puerta de su casa cuando su padre (António) es pasó a ser un voluntario en la guerra de Angola.
La niñez y juventud de Ernestico es una excelsa narrativa de la cotidianidad de Cuba, de su idiosincrasia caribeña, de su forma de sobrellevar el bloqueo, el cariño de sus tíos, el dominó, la fidelidad de su abuelo a la Revolución que sacrificó a uno de sus hijos, pero le dio un futuro al resto de su familia. Por eso su lealtad patriótica era más grande que el dolor de un padre que veía cómo la bandera cubana envolvía un espacio en el mausoleo de la Habana reservado para el más querido de sus siete hijos, António.
El trauma de la guerra no solo golpeó en los primeros años de la ausencia de António a su hijo Ernesto y al seno de su familia, sino que dejó preguntas irresueltas, la ansiedad que deja el ser amado que se va sin aviso, intempestivamente, que solo deja recuerdos de amor. El nuevo huérfano de apenas 12 años que apenas digería la noticia de ser el hijo de un héroe y ser tratado de forma especial por la sociedad cubana, creció en el pasado, añorando a su padre en cada momento de su vida y en cierta forma tomando su lugar en la vida de la familia. Se convirtió en el hombre de la casa que nunca se acostumbró.
El amor lo llevó a dejar su natal Cuba para convertirse en un inmigrante en Europa, donde desarrolló una especial fascinación por la guerra en Angola, convirtiéndolo en un coleccionista empedernido de datos y relatos de sus compatriotas que pelearon en ese país. Inconscientemente intentando reconstruir los últimos días de su padre, pensar como él, sentirlo cerca nuevamente. Es así como, por esos azares inexplicables de la vida conoce a Berto, un compatriota radicado en Portugal que al igual que su padre combatió en Angola y que desenredó buena parte de su dolor. Y fue justamente armando ese rompecabezas difuso, o como diría António “usando el músculo del cerebro” que descubrió el enigma que lo agobió desde que era un niño: las últimas horas de su padre.