Escribo como si boxeara. Hay una rabia infinita dentro de mí, una violencia infinita dentro de mí, una nostalgia infinita dentro de mí, una furia infinita dentro de mí, un arrebato ciego dentro de mí. Porque siempre, siempre, siempre, escribo como si boxeara. O, mejor, ¿por qué, siempre, siempre, siempre, escribo como si boxeara?
[...] sintiéndome tan feliz que, en el fondo, era como estar triste.
[...] un errante con hogar establecido,[...]
-Mi diablo.
Estoy trabajando con una libertad periodística que en la Argentina no tendría. Allí la crítica de cine está convertida en pildoritas con estrellitas: tres estrellitas, cuatro estrellitas, cinco estrellitas. Si hay que hacerlo se hace, pero hay que superar la instancia de esta crítica que dice "esto es largo, esto es feo, es malo, bueno, entretenido". Cuando uno se empieza a preguntar cómo lo hizo, por qué lo hizo, para qué lo hizo… eso es un progreso.
-Vida del señor sombrero.
Algún día me vuelvo por mi país. Ahora no. Pero mejor vivir acá. Acá persona muy amable. Más educados que campo. Yo en China, vivo en campo. Acá ciudad, gente más educada.
Pero la gente dice cosas horribles de los chinos acá.
No sé. Puede ser porque antes vino chino todo de edad grande. Y chino antiguo habla muy fuerte y acá gente habla muy suave, habla muy chiquito. Y alguno paisano no sabe eso, y la gente acá piensa que chino está enojado o trata mal, pero no, es manera de hablar. Acá gente cree que chino come cualquiera cosa. Una vez taxista me dice: "Salió en diario que chino come gato".
¿Y qué hiciste?
Nada. Dije: "Yo no como gato, pero en todo mundo hay gente espeshial".
-El amigo chino.
No se sabe si son más, pero Samid tiene, al menos, dos campos. Uno en la provincia de La Pampa, con vacas y avestruces, jabalíes y ciervos, algunos bautizados: el ciervo Saddam, el perro Bin Laden, el cerdo Bush.
-El rey de la carne.
Los críticos dicen que Reynolds ha querido borrar la frontera entre la psicodelia y la psicosis.
-Rock down.
Mirna -dice Facundo Cabral, y mira el cielo como si lo viera-. Yo tenía trece años y ella veintiuno. Un pedazo de mujer. Yo la seguía siempre y un día se paró y me dijo: "Pibe, vos me estás siguiendo". Y le dije: " Estoy enamorado de usted. Me imagino que le hago el amor". Y me dice: "Se te está yendo la mano, sos un nene". Y le dije: "¿Le puedo pedir un favor? ¿ Podemos hacer el amor?". Y se quedó mirándome extrañada. Para llegar a la casa había que pasar por un pasillo. Era una tarde de verano y ella empezó dándome una clase, medio en broma. "A ver, qué hace esto, qué hace lo otro". Terminamos haciendo el amor todos los días, a lo bestia. Ella se recostaba sobre un sillón verde, gastado, y yo la miraba con una vela.
La desmesura. La pompa y la sentencia.
El signo que a veces mejor dibuja. [...]
Una madre sola o abandonada era peor que una leprosa.
En la oficina de pagos de la empresa de celulares, Facundo Cabral espera en la fila frente a una de las ventanillas.
Adelante -dice una mujer, y Cabral avanza.
Hola. ¿Cómo es su nombre, mi amor?
Ivana.
Ivana, eres la luz de mi ventana, para mí la vida sin Ivana no es nada. ¿Cuánto es, Ivana?
Ciento once pesos, señor.
Ivana, Dios te perdone por cobrarme.
Aprendió a leer a los catorce y a los diecisiete caminaba por las calles de Tandil cuando un mendigo le gritó: "¡Príncipe!" A él, que sólo aspiraba a estar muerto.
-La leyenda de Facundo Cabral.
Para evitar que queden resquicios de tejido enfermo pero, sobre todo, para que el muñón sea funcional a la prótesis futura. Amputar es, sobre todo, fabricar un muñón, traer un muñón al mundo.
José Fosco decía, bajo el sol de siesta: " Nora es la patria de René". Alguien, que permanecerá en las sombras, decía esto: "Yo creo que se quieren mucho, cada uno a sí mismo. El fabuloso y la magnífica".
-René Lavand: mago de una mano sola.
El general Manuel Belgrano es un prócer argentino que peleó en batallas por la independencia y creó la bandera nacional, celeste y blanca. Cisterna creció leyendo, en revistas argentinas que llegaban a su pueblo, la historia de ese hombre que podía matar y coser una bandera y se habituó a pedirle: "Don Manuel, por favor, ayúdeme".
En la pared de un pasillo del segundo subsuelo hay un dibujo: dos máscaras iguales -la tragedia y la tragedia- y arriba una leyenda: Máster Plan.
-El hombre del telón.
… pero a Julito más que a nada ¡lo amo!
… no podría vivir… sin ella no podría vivir…
Yiya se queda muda. Revuelve el té. Susurra que siempre le pasan estas cosas, que sin ir más lejos el libro de su hijo la hundió, la hundió.
Me hundió. No sé por qué escribió ese libro. Me hundió.
En la página cincuenta y ocho de su libro, Martín Murano dice esto: "Desde que tenía cuatro o cinco años, empezó a nacer en mí un sentimiento de repulsión hacia mi madre. A ella se le hacía cada vez más difícil sostener sus mentiras y yo había aprendido a simular que le creía, a predecir sus actitudes. Me perturban, no obstante, las advertencias que me hacía sobre las calamidades que caerían sobre mí cuando ella muriera. Cada vez que me portaba mal ella me decía "Cuando yo ya no esté te vas a acordar de lo que te decía" [...] Su personalidad era dominante: antes que amigas o amigos, tenía seguidores. No sé atrevían a contradecirla. Ella hacía y deshacía sobre la vida de los demás".
-Tres tristes tazas de té.
Pero muchos ven la soja como una alternativa rentable. Cuanto más llevemos a un monocultivo en nuestro país, mayor riesgo corremos de producir desarraigo en el interior. Si tenemos un país donde cada vez haya más agricultores, podemos sostener la soberanía alimentaria. Y eso lo podemos garantizar los agricultores. No lo garantiza el agronegocio.
-Sobre un verde mar de soja.
Venía alguien y decía: "Quiero llevarte a tal lado". Y yo decía: "Encantado". Pero sabía que no me convenía. Entonces iba Óscar y sabía que tenías que decir que no. Siempre tenés que tener a alguien que diga que no. El artista nunca puede decir que no. (Luis Méndez)
-Un muchacho como yo.
René Dubos, un microbiólogo citado por Peter Marsch en una nota publicada en la revista colombiana El Malpensante, decía que "entre las funciones de un doctor está la de lograr que a sus pacientes les sea posible seguir haciendo las cosas agradables que les hacen daño -fumar en exceso, comer y beber en exceso- sin que se maten antes de lo necesario". La frase es de 1960. Hoy, probablemente, el hombre sería acusado de mala praxis sólo por decirlo.
-Enfermos de salud. Diatribas contra los guerreros del mijo.
Madura quería decir que yo no contradecía sus órdenes y que, por lo tanto, nadie me había besado ni tocado y que, aunque a escondidas leyera Justine del buen marqués y me agarrara bruta calentura, las cosas seguían bien porque nadie se enteraba.
El oficio me llevó a hacer entrevistas con madres solteras , casadas, divorciadas, adolescentes. Todas recitan que los hijos te hacen olvidar las dificultades, que el único sacrificio que hace una madre es no poder estar con ellos tanto como quisiera. Ese consenso en el lugar común termina por no querer decir nada y despierta sospechas de sentimientos algo más bajos, inconfesables.
En esa exageración de la coquetería hay algo anacrónico, muy inocente y casi travesti. Algo de lo que soy incapaz pero a lo que, alguna vez, me gustaría jugar.
-Me gusta ser mujer… y odio a las histéricas.
Hace tiempo, en el Check Point Charlie de Berlín (el punto de control creado en 1961 por Estados Unidos, después de la construcción del muro, y que fuera hasta 1990 el único sitio de paso para los extranjeros que iban del oeste al este de la ciudad) cientos de turistas se tomaban fotos frente a tres disfrazados que posaban en la antigua caseta de control: un símil de soldado alemán, un símil de soldado ruso, un símil de soldado americano. Detrás de aquellas camaritas digitales nadie parecía pensar en las complejidades de una sociedad que, ahí donde tantos lo habían pasado tan mal, propiciaba estos fantoches a tres euros la foto. Pero si la realidad indica que las ciudades existen más allá de sus lugares comunes -que Salvador de Bahía es bastante más que el Pelourinho, que Manhattan tiene sitios mejores que las tiendas del Soho y que en Madrid se consiguen espacios más interesantes que la Plaza Mayor- en Planeta City Tour, Berlin, Manhattan, Salvador y Madrid son distintas versiones de lo mismo: ciudades con su plaza principal, su casa de gobierno, su catedral, su barrio elegante, su monumento con reminiscencia tràgica. Su fantoche a tres euros la foto.
-La pesadilla de los city tours.
Hace algunos años una mujer me contó el momento en que descolgaba el cadáver de su hijo, ahorcado en plena calle, y me dijo esto: "... lo bajamos y él se cayó conmigo. Se cayó arriba mío. Y estaba con sus ojitos abiertos, como diciendo mamá perdonemé. Perdonemé". Yo grabé y transcribí textual, aunque tambien hubiera podido escribirlo así: "Cuando lo bajamos mi hijo cayó sobre mí. Tenía los ojos abiertos y parecía pedirme perdón".
La idea es la misma, pero la segunda es su versión embalsamada.
Contra el grabador hay argumentos duros: que el aparato pone a la defensiva y entonces nces las personas terminan por decir cosas que no sienten, que el aparato produce inhibición y entonces las personas terminan por no decir nada. En cualquiera de los dos casos, parece, la solución sería no usar. Es curioso porque, amparados en este argumento, los fotógrafos podrían decir que, puesto que más cámaras inhiben a sus retratados, van a dejar de tomarles fotos para empezar a hacerles más inexactos pero menos inhibitorios retratos al óleo. [...] Y su nunca he visto un grabador apurado, aburrido, ególatra, cínico, inseguro, en cambio he visto esto: he visto periodistas que no miran a sus entrevistados a los ojos, que mueven los pies con impaciencia, que se distraen con cosas que pasan en la calle, que preguntan cómo quien llena un formulario, que interrumpen, que no escuchan, que asienten como muñecos articulados y sonríen como marionetas faldas, que citan cosas que el entrevistado jamás dijo, que citan libros que el entrevistado jamás escribió, que le dicen Alberto a quien se llama Alfredo y que creen que ser cruel es lo mismo que ser inteligente. [...] Pero, para ser sincera, lo que pienso casi siempre es esto' que culpar al grabador es un acto tan lúcido como matar al mensajero.
Pero para poder ver no sólo hay que estar: para poder ver, sobre todo, hay que volverse invisible. Aplicar discreción hasta que duela, porque sólo cuando empezamos a ser superficies bruñidas en la que los otros ya no nos ven a nosotros, sino a su propia imagen reflejada, algunas cosas empiezan a pasar.
Hay que haber mirado mucho para escribir tres líneas que lo digan todo. La confianza de un lector és un acto de fe que se conquista no pidiendo un milagro a san Benito sino con una voz segura en la que cada palabra visible está sostenida por invisibles diez mil.
Hay muchas cosas que pueden matar un perfil, pero su peor pinza es el lugar común. Cualquier historia sucumbe si se la salpica con los polvos como la superación humana, el ejemplo de vida o la tragedia inmarcesible.
Decir eso es fácil.
Más difícil es entender qué lugar común anida, también, en nuestros corazones bien pensantes, políticamente correctos.
Mientras tanto, hago lo que puedo. Y cuento historias de tipos buenos, o no tan malos, con algunos costados miserables.
Quizás por eso puedo decir lo que voy a decir: que, cuando entrevisto a alguien, y aunque no le crea, le creo, y quiero, sobre todo, escuchar su versión del asunto: no lo que es verdad sino lo que elige contar cómo verdad.
-La imprescindible invisibilidad del ser, o la lección de Homero.
Yo no estoy en el negocio de la felicidad. No estoy en el negocio de la alegría. No estoy en el negocio de la satisfacción, ni del placer, ni del gozo, ni de la dicha. Yo estoy en el negocio del miedo. Estoy en el negocio de "siempre salió bien pero esta vez puede salir mal". En el negocio de "quiero hacerlo como nunca lo hice antes pero es posible que no lo logre". En el negocio de "¿siempre tendré algo para decir?"
Ahora, por ejemplo, mientras escribo esto, sé que al terminar obtendré algo parecido al alivio. Pero sé también que el alivio durará poco y que, apenas después, el desasosiego volverá a comenzar y estaré asediada por las mismas preguntas de siempre: qué decir, cómo decirlo, para qué.
El otro día, en una novela de Rachel Cual llamada Tránsitos, leí un pasaje en el que ella describe la presentación pública de un escritor llamado Julián. Ese pasaje dice así: "Los escritores, continuó Julián, siempre trataban de llamar la atención: ¿por qué, si no, íbamos a estar sentados en ese escenario? Lo cierto, añadió, es que Nadia nos había hecho caso de pequeños, y ahora íbamos a cobrarnos esa diferencia. Según él, el escritor que negara el elemento infantil de la venganza en su producción era un mentiroso. Escribir era la manera que los escritores tenían de tomarse la justicia por su mano, nada más". Estoy de acuerdo.
-El negocio del miedo.