Der Shootingstar der jungen spanischen Literaturszene Eine zärtliche, skurrile und zugleich knallharte Familiengeschichte für Leser*innen von Douglas Stuart, David Sedaris oder Jonathan Safran Foer.
»Träume aus Beton« ist eine Geschichte von Angst, von Unangepasstheit und vom Leben am Rand, die atemberaubende Zärtlichkeit mit brutaler Wirklichkeit kombiniert. Der Roman erzählt die Lebensgeschichte von Curro, der wegen einer im Wahn begangenen Messerattacke seit über zwanzig Jahren in der Psychiatrie sitzt. Er hat eine illustre Gruppe Gleichgesinnter um sich geschart, mit denen er den Ausbruch plant. Auf einer zweiten Erzählebene lernt der Leser den jugendlichen Curro kennen, ein klassischer Außenseiter mit smarter Weltsicht, dem seine dysfunktionale Familie zu schaffen macht.
»Wie Trainspotting mit weniger Drogen und Graham Swift ohne Guinness (dafür Estrella-Bier).«
»Einer der kraftvollsten Romane, die ich in den letzten Jahren gelesen habe.«
»Kompromisslos, süchtig machend, unheimlich komisch – die Stimme von Kiko Amat ist eigen, die eines Predigers in der Popwüste, der jegliche Festlegung literarischer Hinsicht vermeidet.«
»Eine unerhört fesselnder Prosa mit hohem Suchtpotenzial.«
Kiko Amat (1971) nació en Sant Boi de Llobregat, en la periferia barcelonesa. Su padre era rugbista, y su madre, auxiliar del manicomio local. Abandonó los estudios a los diecisiete años para ser mod, cleptómano, disquero, cajero en McDonald’s, operario de cadena de montaje en Seat Martorell, vigilante de camping, cartero comercial y camarero de un gran hotel.
Ha publicado las novelas El día que me vaya no se lo diré a nadie (2003), Cosas que hacen BUM (2007): Rompepistas (2009), Eres el mejor, Cienfuegos (2012), Antes del huracán (2018) y Revancha (2021). También es autor de tres libros de no ficción, Mil violines (2011), Chap chap (2015) y Los enemigos (2022).
Escribe regularmente para El País y El Periódico, codirige el festival Primera Persona en el CCCB y coconduce el podcast Psycholand
A los doce años, ser raro debería salir gratis. A Curro Abad le sale carísimo.
Cuando lo conocemos, en 2017, lleva veinte años encerrado en un hospital psiquiátrico de Sant Boi. Está cansado de ser paciente, de que otros decidan qué puede hacer, adónde puede ir y probablemente hasta quién es, así que prepara una fuga con Plácido, su peculiar y eficientísimo acompañante, una especie de mayordomo británico trasplantado al Baix Llobregat y aficionado a citar a Churchill. La pareja podría haber salido de una comedia disparatada. Y durante unos minutos uno hasta se lo cree.
La broma dura poco.
La novela retrocede a 1982 y allí está Curro con doce años, sus tics, sus fobias, su incapacidad para hacer aquello que a los demás niños parece salirles de fábrica: ser uno más. Tiene a Priu, su mejor amigo y compañero en la rareza, pero alrededor hay una familia donde la frustración lleva tiempo haciendo su trabajo —una madre pendiente de lo que otros tienen, un padre agarrado a futuros que nunca terminan de llegar—, compañeros de colegio que han descubierto las posibilidades recreativas de pegar al débil y un Sant Boi hecho de bloques, descampados, torres eléctricas y calles donde la infancia podía ser bastante menos entrañable de lo que algunos anuncios de Nocilla nos han contado después.
Sabemos desde el principio dónde acabará Curro. Esa es una de las mejores decisiones de la novela. El Curro adulto está ya delante de nosotros, veinte años después de haberse roto, y esa certeza cambia la intriga: durante buena parte del libro miramos hacia atrás intentando descubrir cuándo empezó exactamente la grieta. Y la cosa se complica porque quizá nunca hubo un instante preciso. Quizá fueron cien. Una familia. El colegio. La violencia. La vergüenza. El miedo. La herencia. La clase social. La sensación de que los demás poseen un manual de instrucciones que a ti se les olvidó entregarte al nacer.
Ahí está, para mí, lo más doloroso de Antes del huracán. Hemos convertido al raro en una figura bastante prestigiosa. El diferente, el friki, el que escucha los discos que nadie escucha, el que va por libre: desde cierta distancia queda estupendo. Hasta parece una identidad apetecible. Pero Amat le quita todo el barniz heroico. Curro no quiere ser especial. Priu tampoco parece especialmente interesado en convertirse en emblema de nada. Son niños que desearían atravesar un patio de colegio sin activar el radar de los matones. A veces la aspiración más humilde del mundo —que te dejen en paz, que no se rían, que te admitan en la tribu— puede ser también la más difícil.
Y después está el extrarradio. Sant Boi es aquí cemento, distancia, familias llegadas de otros lugares, estrecheces, orgullo, brutalidad, ternura ocasional y esa conciencia temprana de que Barcelona está ahí al lado pero pertenece a otra gente. Amat conoce demasiado bien ese paisaje para idealizarlo, pero también para despreciarlo. Lo deja ser contradictorio. El lugar del que uno quiere escapar puede seguir siendo el único lugar que reconoce como suyo.
Amat tampoco cuenta esa vida en línea recta. El presente de 2017 se alterna con la infancia de Curro y con interludios, monólogos e informes médicos que van completando la historia familiar y dejando aparecer, pieza a pieza, aquello que el protagonista intenta comprender años después. La fragmentación tiene sentido: también nosotros vamos reconstruyendo a Curro a partir de los restos.
Todo esto podría haber producido una novela tristísima. Y de hecho lo es. Pero Kiko Amat posee una saludable incapacidad para guardar luto durante cuatrocientas páginas. Su prosa corre, exagera, acumula, se burla, mete una comparación salvaje cuando uno menos la espera y consigue que Curro y Plácido tengan momentos de comedia británica, casi wodehouseiana, mientras debajo se está abriendo un agujero. Hay escritores que ante la desgracia encienden una vela. Amat pone un disco, cuenta un chiste bastante improcedente y luego te da el golpe.
Ese humor importa muchísimo porque Curro podría haberse convertido con facilidad en un personaje diseñado para que sintamos pena. Por suerte, tiene demasiada personalidad para aceptar ese empleo. Puede ser irritante, divertido, absurdo, conmovedor y exasperante, a veces en la misma página. Lo mismo sucede con algunos de quienes lo rodean. Amat deja los certificados de culpabilidad a un lado y mira de frente esa mezcla bastante más turbia de daños recibidos y daños causados con la que se fabrica una familia. Comprender a alguien deja intacto lo que ha hecho, claro, pero vuelve mucho más difícil despacharlo con una etiqueta.
Ahora bien, la novela no mantiene siempre esa misma potencia. Para mí, su territorio verdaderamente formidable es Curro niño. Allí el miedo, la violencia, la familia y el humor negro se necesitan unos a otros y cada nueva desgracia parece acercarnos un poco más al hombre que ya conocemos. El presente del psiquiátrico tiene momentos magníficos y Plácido funciona como contrapunto cómico, pero la pareja no me produce el mismo efecto: por momentos noto más el mecanismo y menos la herida. Cada vez que la novela vuelve a 1982, yo también tengo la sensación de volver a su centro.
Quizá por eso la locura termina apareciendo como una frontera antes que como un diagnóstico. ¿Dónde está el punto en que una persona deja de poder soportar lo que otra soportó? Curro busca retrospectivamente una explicación y nosotros buscamos con él, repasando indicios como si en algún rincón de 1982 hubiese quedado escondida la pieza que permitiría ordenar todo lo ocurrido después. Nada termina de bastar por sí solo.
También hay momentos en que Amat parece empeñado en comprobar cuánto sufrimiento más puede cargar sobre Curro antes de que cedamos nosotros. Algún personaje podría haberse quedado por el camino y ciertos episodios prolongan una sensación que ya había llegado perfectamente. La acumulación forma parte de esa experiencia de estar atrapado en una vida que no concede treguas, pero en algunos tramos la insistencia se nota.
Con todo, le doy cuatro estrellas. Hay tramos que me sobran, pero Curro no. Antes del huracán habla de enfermedad mental, familia, amistad, clase y periferia, pero lo que se me ha quedado pegado después de leerla es algo mucho más pequeño: el deseo infantil de pertenecer. De que un día dejen de mirarte como al bicho raro. De aprender por fin qué hacen los otros para parecer normales.
Al terminar, uno recuerda, por supuesto, el huracán. Pero quizá recuerda todavía más todos aquellos días anteriores en que un niño siguió pensando que, si encontraba el gesto adecuado, a lo mejor lo dejarían entrar.
Una gozada de libro. Pocos autores actuales saben introducirte tanto en una historia como lo hace Kiko Amat. Y lo consigue con detalles y descripciones concisas que, en cualquier caso, aportan siempre a la historia. Muy fácil empatizar con el personaje de Curro: sufres, padeces y te ríes con él y cada una de sus aventuras. Me ha gustado la ambientación, el color y los olores de barrio, la nostalgia de la infancia, el regusto a los ochenta... El extrarradio de una gran urbe, una familia esperpéntica, la locura y la cordura llevadas a reflexión, unos futuros inciertos; Amat combina de forma magistral momentos hilarantes con otros de una tremenda dureza. Lo dicho, una gran novela que hay que leer.
"Yo nunca había visto llorar a mi padre. Hace solo medio minuto yo creía, de hecho, que los padres no lloraban; que lo tenían prohibido, o algo así. Todo se deshace. Ver a tu padre llorar es como ver la pared maestra de tu casa convirtiéndose en plastilina. Ya no hay fuerza de sostén. El eje está fuera de sitio, y todos los elementos salen volando a su aire, desperdigados, como cuando golpea el huracán."
Kiko Amat se ha hecho mayor. Todos nos hemos hecho mayores, ya no somos tan pop ni tan rabiosos, pero estamos más estropeados por dentro.
Ser normal, estar loco, en el fondo es lo mismo. Una novela de anti-héroes capaces de desatar la ternura del más imperturbable. Una novela sobre la familia, las circunstancias que nos hacen mayores. Una novela sobre la locura, sobre cómo todos caminamos por el filo de la navaja y una nimiedad puede hacernos caer o flotar.
Con una estructura muy bien construida, desvelando las peripecias de una familia que podría ser la de cualquiera y es única e irrepetible a la vez, el libro nos hace reír, tener miedo, despreciar la nostalgia tan de moda en estos días y entristecernos cuando termina, ¿qué ha pasado con los "secundarios" que acompañan a Curro en su viaje? Las diferentes voces narrativas, paradójicamente (o no) ayudan a cohesionar la historia, en continuo flash-back-forward.
Como escribió el propio autor: Some hope & some despair.
Qué fuerte e intensa esta novela. No es fácil encarar el tema de la locura sin caer en simplificaciones o sumarse a la idealización romántica del loco. Y el autor salva esos riesgos asomándonos a la complejidad de la historia del protagonista sin cerrar un sentido único, asumiendo que no hay respuestas definitivas que expliquen lo que le ha ocurrido. Hay una vida y una historia, que se cuenta en dos momentos: el presente de encierro en un hospital psiquiátrico y el pasado familiar que se va desvelando poco a poco. Es verdad que al comienzo hay cierta lentitud en el ritmo narrativo, pero también lo es que la segunda mitad de la novela es de una potencia impactante. Se crean grandes climas, hay prosa de calidad y momentos de tensión notablemente narrados. No es una novela fácil o agradable, pero es de una fuerza que la hace difícil de olvidar.
Luego, Curro supuso que buscando mantenerle interesado, Richard le ofreció cotilleos de gente del colegio salesiano, de su vieja clase, o del pueblo en general, lanzó apellidos con débil eco de una época antigua que pasaron a través de Curro como espectros sin masa ni peso. Curro quería llevarse bien con él, así que no le dijo que de joven sólo percibió la presencia de toda aquella gente de una forma muy apagada. Que él siempre había visto el mundo como un océano opaco y homogéneo repleto de kril amorfo, anideico, aburrido, en el que solo brillaban una pequeña minoría de personas. Que era una injusticia pensar así, por no decir terriblemente presuntuoso, pero no podía evitarlo. Alguna gente dejaba huella y otra no. No éramos en absoluto iguales. Priu dejó huella. Plácido la dejaría. Los demás... En fin. Estaba seguro de que Los Normales debían de tener alguna utilidad práctica en la configuración del mundo. Después de todo, alguien tenía que matar a las vacas y sellar los impresos, derramar alquitrán en las carreteras, ¿no?
"¿Por qué alguna gente permanece intacta hasta el día de su muerte, pero otra se parte en pedazos mucho antes? ¿Cuál es la ecuación de la locura? ¿Por qué nosotros?"
Hablaba en Málaga Kiko Amat a propósito de ‘Antes de huracán’ de que por primera vez, ya a sus 47 años, ha tenido que reconocer, con algo de pesar y mucha contrición, que “la ciudad es un personaje más” de su novela. Porque Sant Boi de Llobregat es la protagonista de al menos la mitad de esta historia, seguramente la mejor, la que completa esa geografía de la Gran Novela Barcelonesa con la parte que le falta, la del extrarradio del Baix Llobregat, esa zona de descampados y naves industriales que todo el mundo atraviesa para ir a otra parte. Pero además hay otro protagonista, los primeros 80, los de las Malvinas, el Mundial de Naranjito y Keegan, La Bola de Cristal y los ovnis de Jiménez del Oso y todo eso que le hace pensar a uno que no nació al mundo en Sant Boi ni en Málaga, sino en ese sitio que se llama 1982. Lástima que el contrapunto tragicómico del Curro ya internado en el psiquiátrico entorpece el relato, que mejora conforme se acerca al final y estas interpolaciones desaparecen.
No me terminó de convencer. Al principio prometía, generaba cierto interés (sobre todo cuando el narrador Curro joven describía a sus familiares), pero luego todo eso se diluyó. Me encontré leyendo sin atención, como queriendo que el libro terminara. Para mí, es una novela demasiado larga para lo que termina contando. Me pareció bastante intrascendente, y quizás me decepcionó mucho porque tenía muchas expectativas. No sé si el hecho de tener dos líneas temporales lo favorece, creería que no.
Me da mucho por saco el revisionismo nostálgico de los que fuimos niños en los 80. Lo de "Yo fui a EGB", y sobre todo la gran cantidad de conciertos de grupos que no tienen nada que ofrecer ahora mismo, y quieren monetizar el éxito de otros tiempos con resultados bochornosos (qué mal envejecen ciertos personajes y ciertos discursos), me produce muchísima grima. Por no hablar ya de los grandes pensadores de "extremo centro", los que más asco me dan, que van repitiendo sin parar aquello de "antes había más libertad, ahora no se puede decir nada sin que te crucifiquen". Afortunadamente Kiko Amat no está entre toda esa caterva. Y su libro, que transcurre casi íntegramente en una localidad del extraradio de Barcelona en los años 80, no usa ni abusa de la mirada nostálgica e idealista. Menos mal. Muy al contrario, muestra las penurias y las carencias de una sociedad en los ojos de un chaval de 13 años. Penurias morales, sociales, culturales, institucionales. Hasta las rieras-vertedero con yonkis pinchándose ahora son vías ciclistas, parques urbanos o tramos renaturalizados de arroyos un poco más limpios de contaminación.
Todo éso no quita para que yo, que comparto infancia y adolescencia con la época y el lugar (cambiando Barcelona por Madrid), no me haya visto identificado en muchos aspectos con los protagonistas y por tanto, me haya metido más de lleno en la narración. El relato es tierno y duro a la vez. Un chaval normal se va metiendo en una espiral casi de terror psicológico, que termina con un final trágico, como no podía ser de otra manera, que a la larga le arruina su vida. Ésa es la parte dura. El abandono institucional y el rechazo de una sociedad a los enfermos mentales, cuya única respuesta era encerrarlos de por vida por locos. Y la parte más sentimental es el cómo se te rompe el corazón al ver a ese chico, a esa edad, romperse por la desaparición de lo que era su familia, de su madre, sin capacidad de cambiarlo y con la carga de la culpa que le intentan echar encima.
A pesar del dramatismo, es un libro al que no le falta humor e imaginación, y que se lee con adicción (más que a los optalidones que forman parte del relato).
Y por hoy, se acabó lo que se daba, que a este paso no completo la búsqueda de los cromos que me faltan del album del mundial 82.
Me estreno con Kiko Amat con su novela «Antes del huracán», publicada en 2018 (la más reciente). A este autor le eché el ojo gracias a sus prólogos en otras novelas y me alegra haber decidido probar alguna una novela suya. Irreverente, directo, irónico, da rienda suelta al boli y menea la muñeca como si empuñase una siete muelles. «Antes del huracán» relata cómo cualquier psique puede un día fragmentarse del todo, sobretodo cuando hay un buen caldo de cultivo. El personaje principal es Curro, que lleva más de veinte años internado en un psiquiátrico. Le acompaña Plácido, una especie de Sancho Panza. Curro, antes del huracán, tuvo su infancia y su amigo Priu (primer Sancho), sus tebeos, sus cromos de fútbol y una serie de circunstancias (genética, familia y entorno) que le empujaron poco a poco al abismo. Analiza la sociedad de los ochenta y la critica en muchos aspectos. Hay cabida para la ambición, la envidia, la búsqueda de la -inalcanzable- familia perfecta, frustraciones y secretos que terminan asfixiando a los más vulnerables. El libro (420 págs.) ensombrece poco a poco tu humor, te adecúas al entorno en el que se mueven los protas. Aunque hay bastantes momentos que son para reírse, dejas de hacerlo de la forma -casi- irrespetuosa del principio: cachondeo sí, pero sin pasarse, esto es serio. Como cuando algo hace que te rías en un funeral y te arranca ese tipo de risa que es más fácil sobrellevar con unas gafas de sol puestas. Me ha flipado.
«A veces me pregunto cómo eran antes de lo que les sucedió. No nacieron así. ¿Se esperaban esto? Seguro que no. Nadie puede imaginar un futuro así. Ser uno más de los hombres rotos que babean bajo los plátanos de sombra, en los bancos de la rambla, fumando cigarrillo tras cigarrillo en la entrada del manicomio, apoyados en la tapia al sol, echando humo con muecas cómicas, la mirada opaca y los dedos amarillos, andando en círculos, interpelando a los transeúntes. Discutiendo con Dios. Creyendo que son Dios.»
La parte de la infancia es puro arte, podría sumergirme en los primeros años de Curro durante horas y horas; me recuerda al estilo Wolff, Bunker o Crews relatando la infancia. La parte del manicomio, en alguna ocasión, se me hizo densa, pero es totalmente necesario para crear el contexto y entender la vida de Curro. Si ya os gustaba Kiko Amat, este libro os va a flipar. Ha cambiado el "Hersham Boys" por "bambas Tórtola o J´Hayber", pero sigue siendo él, más ficcionado y serio en su plumaje, pero claramente Antes del huracán es un libro muy Kiko. Eso sí, no sé porque santos cojones usa la palabra quijada pudiendo usar mandíbula, pero bueno, se le permiten esas licencias poéticas.
Disfruté mucho el recorrido, aunque en la última parte fue un poco más pesado. También me reí a carcajadas y sufrí con algunos momentos. Destaco la forma de narrar, el excelente manejo de los tres tiempos que se entrecruzan y van armando una telaraña de sentido. Las descripciones me parecieron muy bien logradas, no son pesadas si no que acompañan las situaciones y emociones, aportan al momento y responden a la psicología del personaje, como cuando de chico dice que la sangre sabe a metal. También me llamaron la atención todas las referencias que hay a argentina y al nazismo. En la última parte me dejó pensando sobre lo que es la normalidad y la necesidad de encajar en sus parámetros, no sé, se me ocurre que el fondo de la historia habla de eso. De como todos queremos encajar y no nos gusta todo lo demás que somos y no entra dentro de lo aprobado. También la pregunta de cómo uno se vuelve loco, por qué algunos sí y otros no.
Historia que alterna presente y pasado, siendo los capítulos donde se narran hechos pasados los que me resultaron más interesantes. Muy buena ambientación y llegando o pasando la mitad del libro, presente y pasado generan el mismo interés, pero ahí la historia se empieza a debilitar y ablandar dejando un final con gusto a poco.
Da ternura y lástima. El salto entre la infancia y la adultez impuesta, hay mucho donde pararse a reflexionar y ver qué traumas nos han ido arrastrando nuestros padres en la educación
Kiko Amat es barrio, es calle y es macarra. No él, sino su manera de hacer que los márgenes y la periferia tengan más espacio. Es decir, su literatura. Y engancha, mucho, muchísimo. Si no lo habéis leído nunca, os invito a hacerlo. A mí no me falla nunca.
En “Antes del huracán” reconocemos las calles de Sant Boi. Su ermita de Sant Ramón y, sobre todo, su centro psiquiátrico. Curro es un chaval con una infancia dura, complicada, dolorosa. Y es el protagonista de este libro. Primero en un plano temporal de esta niñez combatiendo con Priu en los ochenta para sobrevivir; después, años más tarde, ingresado y debatiendo con su amigo Plácido.
Sí, mucha salud mental. Mucha locura y mucha cordura. Mucho vacío, clase obrera, abandono, transgresiones, miedos, tics y muchas frases para no olvidar.
"Curro no puede parar de escuchar, quiere echarse a nadar en las frases de todas esas chicas. Sumergirse ahí dentro. Parecen tan libres, tan vivas. ¿Fui alguna vez yo así? ¿Hubo una época en la que andaba así de decidido, sin miedo, por la vida? Debí de serlo, debí de serlo, se dice Curro, antes del punto donde empecé, donde me convertí en otra cosa".
Vaya sorpresa de libro. Antes del huracán es una novela imprescindible para entender la vida en la periferia de Barcelona. Una novela donde el escenario, el contexto, es un actor clave. Novela dura, pero que merece la pena recomendar.
Una historia bien escrita y muy dinámica. Muy potente en la construcción de esa familia obrera enriquecida cuya unidad se resquebraja, y un arco narrativo muy bien llevado en el caso del padre. En el caso de la madre me sobraron algunos clichés un poco peliculeros, pero es un libro muy disfrutón para devorar en un par de días.
Cuando me topé con este libro, lo compré por la portada, que me recordó a la portada del álbum Drowning in a Sea of Love de Nathan Fake. No tenía idea de que sería un viaje tan chistoso, nostálgico y trágico a través de la infancia, la inocencia, el presente, la memoria y de los «qué hubiese pasado si...». Un libro bello y doloroso. Con personajes tan reales y genuinos como atemporales.
Es el primer libro que leo de Kiko Amat, y puedo decir que me he enamorado completamente de esta historia y de la manera de escribir que tiene el autor. Ya tengo ganas de leer otro libro de Kiko.
Corroboro aquello que dicen casi todas las reseñas que he leído por aquí: es una historia completamente triste que trata el tema de la locura de una forma muy natural y bella. Me he quedado con un regusto agridulce al llegar al final. Me quedo con los capítulos que tratan la infancia de Curro, y sus descripciones magistrales, más gráficas imposible… La parte de la historia que trata la época actual no me ha gustado tanto. Pero la historia completa es de 10.