”The hardest lesson in life is learning to accept that there are some things we can’t change”.
Después de muchísimos años y de haberme enamorado por completo de la saga Inheritance, debo confesar que tuve miedo cuando Christopher Paolini anunció que su regreso sería con algo completamente diferente: una gran novela de ciencia ficción. Hoy, casi 900 páginas después, puedo decir que To Sleep in a Sea of Stars es un libro maravilloso y que le hace un homenaje fuera de este mundo al sci-fi.
Esta aventura espacial empieza con Kira, una xenobióloga que ha dedicado su vida a estudiar posibles formas de vida alienígena en diferentes áreas del espacio colonizado. Y en esta ocasión todo parece ser una misión de rutina… hasta que no lo es. Kira, por segunda vez en la historia espacial, encuentra un artefacto que parece hecho por otra civilización y, de repente, aquel xeno, aquella forma de vida, se fusiona con ella y la recubre, creando una especie de traje y desatando, sin querer, lo que sería la mayor guerra que el espacio colonizado haya visto jamás. Y entonces, Kira, que estaba planeando llevar una vida más tranquila, entiende que ahora el destino de la humanidad y de la nueva vida en el espacio depende de sus decisiones, de la valentía que demuestre y, sobre todo, de su habilidad para seguir siendo ella misma a pesar de su nuevo e intrusivo compañero xeno.
To Sleep in a Sea of Stars es un libro que te engancha desde la primera página y que te transporta a un universo completamente diferente, donde las posibilidades son infinitas, la tecnología va más allá de lo imaginable y los humanos seguimos siendo humanos: vulnerables, codiciosos y temerosos de lo desconocido. Es muy impresionante ver cómo, a pesar de los avances y de estar en el futuro, ciertos comportamientos humanos nunca cambian. Y Christopher Paolini explora muchísimo ese aspecto de nuestro pensamiento: el querer colonizarlo todo, reclamarlo como nuestro, dominarlo, controlarlo y siempre asumir que lo desconocido es peligroso. Sin embargo, en esta historia también nos encontramos con personajes como Kira o Falconi que se atreven a ir más allá, se arriesgan a adentrarse en lo desconocido y a dejar los prejuicios y los miedos de lado. Y es por eso que son ellos dos quienes realmente nos abren la puerta a todo lo que el espacio tiene por ofrecer.
Kira es, definitivamente, quien más cambia a lo largo de todo el viaje que es To Sleep in a Sea of Stars. No solamente porque ahora es uno con el xeno, con la Soft Blade, sino porque tiene que aceptar una nueva forma de vida. El camino de Kira siempre ha estado marcado por la curiosidad y por el deseo de estudiar las formas de vida alienígenas, pero cuando ella misma se convierte en ese objeto de estudio todo su mundo deja de girar. Además de las aventuras obvias que requiere el intentar parar una guerra de varios frentes interestelares, Kira tiene que volver a conocerse a ella misma, debe empezar a explorar sus nuevas habilidades, a perdonarse y, en ese proceso, ir reclamando un cuerpo que ya no siente como propio, pero que, a la larga, lo es.
Evidentemente, mi otro personaje favorito es Falconi, a quien podría describir como una especie de pirata o mercenario espacial. Este es un hombre que quiere desafiar lo que está establecido, que quiere ser libre y poder vivir su vida sin restricciones, comandos u órdenes que seguir. Desde el primer momento, supe que Falconi era un personaje que escondía muchísimo dolor y arrepentimiento y quizá esa es la razón por la que se lleva tan bien con Kira. Son almas que se entienden y que, muchas veces, dejan sus propios problemas de lado para sacrificarse por el bien de los demás. En serio, Salvo es excepcional.
Y, bueno, ¿qué sería de un libro de ciencia ficción sin una Inteligencia Artificial? Aunque, en el caso de To Sleep in a Sea of Stars es más bien como un súper cerebro y, de hecho, los llaman ship minds. La nave de Falconi tiene una de ellas y es bastante… peculiar. Se llama Gregorovitch y, joder, ¿cuándo los autores se pusieron de acuerdo para crear IAs (or somthing like it) que están desequilibradas y pueden llegar a ser francamente peligrosas, pero que, en el fondo, son adorables y hacen que el libro suba de nivel? Sí, también estoy hablando de AIDAN de los Illuminae Files. Madre mía, Gregorovitch está muy chalado, pero es como el amigo loco y tremendamente inteligente que todos quisiéramos tener. Cada que aparecía me sacaba una sonrisa y amé muchísimo la relación que creó con Kira y su amistad con Falconi.
Ya que estamos hablando de IAs y demás, creo que debo advertirles que To Sleep in a Sea of Stars es un libro denso, lo cual no quiere decir que el ritmo sea lento. Para nada. Con esta historia, Christopher Paolini está creando las bases de lo que conoceremos como el Fractalverse, un macrouniverso en el que situará muchos de sus futuros libros, así que es obvio que el worldbuilding aquí tenía que ser impecable. Y lo es. Paolini no sólo nos presenta un universo extensísimo, sino que nos introduce a los conceptos y a las reglas bajo las que se regirá. Así que prepárense para un montón de descripciones científicas y términos muy particulares, de verdad. Pero todo vale la pena.
Y lógicamente no puede acabar esta reseña sin que hable de los alienígenas: los jellies y los nightmares. ¿Ya ven cómo algunas películas representan a los extraterrestres como seres más bien antropomorfos? Pues aquí Paolini le dijo adiós a esos clichés y los representó como unas especies de calamares o criaturas bastante amorfas, en el caso de las pesadillas. Y… vaya, la verdad es que ambos son bastante asquerosos, pero más allá de eso, me impresionó la especie de lenguaje que creó para los jellies, el nearscent, si no estoy mal, que consiste más en sensaciones, esencias y una forma de lenguaje bastante indescriptible. Y es impresionante la cantidad de información que Paolini nos da sobre estas criaturas, pues eventualmente entendemos su fisionomía, cómo se crean, los diferentes tipos de jellies que hay dentro de los mismos Wranaui y… en fin, que es una maravilla ver cómo funciona la mente de Paolini y cómo se refleja en la complejidad del mundo que crea.
Antes de hablar del final (sin spoilers), quiero hacer una breve mención a la crueldad de Christopher Paolini en sus libros con respecto al romance. Todos sabemos cómo terminó esa situación de Eragon en Inheritance… Yo aún no supero el dolor y la maldad, de verdad. ¡Y lo hace de nuevo en To Sleep in a Sea of Stars! Joder, esos dos se merecían un poco más de felicidad que sencillamente haber estado juntos una noche antes de que pensaran que todos iban a morir. Y, claro, luego llega el final, que es una batalla absolutamente impresionante y que, como si fuera una película o una montaña rusa, te mantiene al borde del asiento y con una expresión de asombro tal que es imposible parar de leer una vez te faltan 100 páginas para acabar el libro. Y sí, la resolución de todo el asunto de la guerra de los humanos contra las pesadillas y los Wranaui es espectacular, y el destino final de Kira con el xeno también es algo que nunca podríamos haber visto venir. Y sí, hay algo de felicidad en todo el asunto, pero en general el libro termina en un punto agridulce (¡SOBRE TODO CON LA PAREJA QUE NO FUE!). Eso sí, admito que esos giros del final son muy inteligentes y, definitivamente, dejan abierta la compuerta espacial para que en el futuro veamos muchas más aventuras dentro de estas galaxias.